1 Leal

 

La última vez que estuvo en el Pirineo Español fue por un encargo de La Hermandad. Uno de esos encargos lucrativos y fáciles, tan mundanos que recibirlos a través de ellos podía considerarse casi una propina.

Coincidió con una semana de sol espléndido tras una buena nevada en cotas altas, por lo que la mezcla de trabajo y placer, para alguien aficionado el esquí, era previsible.

Como también previsible podía ser, si sus pesquisas sobre el objetivo eran correctas, que el placer del trabajo pudiera ir más allá del deporte de invierno. Siempre había trabajos más apetecibles que otros y aquel, tras los últimos acontecimientos, resultaba un bálsamo agradable.

Hakkon había silbado significativamente al ver la primera foto del objetivo, aunque después, al verla en la estación sus comentarios habían pasado por diversos estados de desprecio y aprobación, como solía.

Leal, por su parte, menos calenturiento y más pragmático, había soslayado el físico del objetivo, más interesado en su manejo de los esquís para poder trazar un plan de acercamiento discreto.

 

2 El objetivo

 

Elisa de Castro había reservado la semana completa en un hotel de Formigal con una buena amiga. El domingo por la tarde las dos habían brindado en el salón de la cafetería, entusiastas y decididas a pasar una magnífica semana de desconexión de sus ajetreadas vidas.

«Realmente necesito esto«, había confesado Elisa, la noche antes de que su amiga tuviera que volverse a Madrid por un asunto familiar.

  • Quédate, Kat, lo necesitas. Yo me tengo que ir, pero es tontería que te lo pierdas tú también. Está todo pagado. Esquía por las dos y lígate a algún magnate de esos franceses de cochazo y equipo caro…
  • Déjate de ostias. A esquiar sí que me quedo, pero nada más.

Por la mañana se habían despedido con gran tristeza y Elisa, libre ya de todo horario y toda espera, había danzado sin prisa hasta las pistas más cercanas al pueblo, en el autobús que llevaba a Sextas y Anayet.

Aunque habían comentado la opción de apuntarse a algún cursillo las dos juntas y mejorar sus habilidades con las tablas, Elisa agradeció no tener que atarse a grupos ni horarios restringidos y echó a subir, silla tras silla, hasta lo más lejos que sus opciones de esquí le permitían por pistas azules.

Descubrió una libreta en aquel viejo abrigo de nieve y en una de las bajadas se detuvo en un bar a explorarla. Había dibujos. Bocetos y notas rápidas de cuando aún dibujaba y soñaba con exponer algún día su arte. Después llegó el trabajo, el matrimonio, levantar de cero una empresa multinacional, el divorcio… Y aquel sueño bobo se fue perdiendo.

Así que aquella semana solitaria, sin tener que dar conversación a nadie, sin tener que acompañar, esperar ni seguir a nadie por las pistas, le brindó la oportunidad perfecta para recuperar esa afición.

Y allí estaba, dibujando los picos pedregosos, con apenas algunos neveros resistentes y las níveas pistas atestadas de chiquillos y monitores azarosos, cuando descubrió al hombre que cambiaría el resto de su vida.

 

3 Encuentros fortuitos

 

De entre todos los esquiadores expertos que cruzaban a toda prisa por su campo de visión, le llamó la atención uno porque sus movimientos no se parecían a los del resto.

Después de un largo rato sentada, estudiando a la gente pasar y tratando de retratarlos en su libreta, había sacado algunas conclusiones sobre los estilos de unos y otros, y aquel hombre se movía con la agilidad de un gato, pero sus trazadas tenían algo distinto, menos académico, más intuitivo.

El hombre se detuvo casualmente en un banco cercano. Dejó los esquís en un soporte y tras el pertinente paso por el aseo se sentó a pocos metros de ella a comerse una pieza de fruta.

Elisa aprovechó la pausa para intentar dibujarle, sin más interés que el puramente artístico, hasta que al retirarse las gafas de ventisca y fijarse ella en su rostro el corazón le dio un vuelco. Aquel hombre tenía la cara surcada de cicatrices. Una larga y recta bajaba de su frente por su pómulo, como una cuchillada que de milagro hubiera esquivado la cuenca del ojo. Otra de similar trayectoria cortaba su barbilla y el pómulo contrario, fundiéndose con dos más pequeñas, como de desgarros en el lateral de su mejilla derecha. Se advertían algunas más, casi borradas, sobre el puente de la nariz y en las cejas. Pero lo más llamativo de aquel rostro maltratado, semejante a un mapa de carreteras, eran los ojos grises y penetrantes, fijos en ella.

Elisa apartó la mirada, azorada. Guardó el cuaderno y sin volver de nuevo la mirada, cogió sus esquís y se lanzó pista abajo, recriminándose por el camino su falta de educación y discreción.

Después cayó en la cuenta de que el hombre probablemente ni siquiera había advertido que le estuviera mirando, ya que ella llevaba las gafas de sol puestas y durante largo rato había estado mirando la montaña y a los esquiadores por detrás de él.

Pero aquella mirada plateada e intensa la había turbado sobremanera, como si sí la hubiera descubierto espiándole.

Bajó hasta la zona de recreo de Anayet y oteó desde allí las pistas, pero no lo vio bajar. El resto de la mañana lo pasó buscándole, como entretenimiento. En una de las bajadas al valle del Portalet le pareció verle, pero en seguida tuvo que concentrarse en su propia trazada para evitar atropellar a la gente de los cursillos.

Debían ser más de las dos de la tarde cuando cogió el telesilla de Espelunciecha, tan contenta de poder cogerlo sola por la escasa afluencia de gente y en el último instante una sombra cruzó con ella los soportes para montar en el mismo remonte.

De primeras maldijo al inoportuno individuo. Habían subido dos sillas vacías y tras ella quedaba otra también vacía y el tipo había tenido que colarse con ella, pero al bajar el cierre de la silla y mirarle de reojo, descubrió que era el hombre de las cicatrices y de nuevo sintió un pequeño vuelco, pero esta vez no fue causado por la sorpresa de encontrar su mirada.

Tras confirmar que habían bajado la barrera, cada cual miró para su lado, disfrutando del silencio de la tarde. O eso pensaba Elisa, cuando la voz del desconocido la sorprendió.

  • Oye, tú estabas en la pista del Río antes, dibujando, ¿No?
  • ¿Perdón?

Elisa se volvió hacia él, queriendo hacerse la sorprendida para ocultar su vergüenza por haber sido descubierta, pero cayó rápido en la cuenta de que no había sido en el Río donde se habían encontrado por primera vez, sino en Anayet, así que con suerte el hombre no había percibido cómo le había mirado.

  • En un césped junto a la pista. Había una chica dibujando, me había parecido que eras tú…
  • Sí. Puede que fuera yo… ¿Estaban en medio los esquís o algo?
  • No, no, tranquila. Estaban bien apartados, solo que no es muy habitual ver gente pintando en las pistas. Me preguntaba qué estarías dibujando.

Elisa tragó saliva. Le resultaba difícil entablar conversaciones con desconocidos, pero aquella se planteaba tan fácil y tan directa, sin tener que hablar del tiempo ni de cosas sin sentido, que casi la hacía sentir cómoda.

  • .. Me gustan los paisajes de alta montaña.
  • ¿Se pueden ver esos dibujos?
  • Aquí no.
  • No, claro… Sería terrible que se cayeran ahí abajo, ¿Has visto la colección de palos y guantes que hay bajo las sillas?
  • Sí, hasta esquís he visto…

Elisa estaba tensa. Temía las conversaciones superfluas, porque se le daban fatal y odiaba los intentos absurdos de la gente por intentar llenar el tiempo en las sillas, pero lo que más la tensaba era que, de entre todas las miles de personas que había por la montaña ese día, se hubiera puesto a hablar con ella justo aquel hombre, al que había estado buscando en su cabeza durante todo el día.

Casi sin querer, siguieron conversando el resto del recorrido. Elisa confesó que se había quedado sola por un problema de su compañera de cuarto y que tenía contratado el forfait para cinco días. El hombre dejó caer que coincidían en cuanto a tiempo, pero su hotel no estaba en el pueblo, por lo que solo podrían cruzarse en las pistas.

Cuando la silla llegó arriba y se detuvieron a colocarse los palos, el hombre giró hasta situarse frente a frente con ella, justo a su lado y extendió una mano, sonriendo de medio lado.

  • Mi nombre es Oliver.
  • ..Elisa.

Estrechó la mano enguantada un poco en trance, sorprendida por la naturalidad con la que el tipo llevaba la conversación.

  • ¿Vas para allá?

El hombre señaló hacia delante.

  • ¿Que? No, yo…cogeré esa azul de ahí.
  • Perfecto, bueno… ha sido un placer, Elisa. Espero coincidir de nuevo en alguna otra silla. Y echar un ojo a esos dibujos.
  • Claro, seguro… Igualmente.

Oliver enciscó por una pista negra y en seguida se perdió de vista. La mujer estuvo un rato en lo alto, contemplando las montañas, pensativa. Había sido agradable conversar con él. Y a pesar de las cicatrices, que parecía no ser consciente de lucir, le había parecido un hombre atractivo. Tenía que contarle a Lucía que había ligado en una silla, se iban a reír mucho las dos comparando las opciones que habría tenido de hablar así con él de haber estado juntas.

Descendió por la pista de Rinconada hasta el edificio de servicios y decidió que era buena hora para comer algo. Al salir con su bandeja se encontró de frente con él, de nuevo, y los dos rieron por la casualidad.

  • ¡Vaya, que aproveche! ¿Qué hora es?
  • Cerca de las tres. Queda poco tiempo de esquí ya…
  • Bueno, queda mucha semana. Y dan sol para todos los días. Oye, también yo voy a comer ahora, ¿Te importa que te acompañe?

Elisa balbuceó una respuesta, pillada por sorpresa. El hombre rápidamente reculó.

  • Perdona, no pretendía ponerte en un aprieto. Es que uno se aburre un poco de comer solo… Pero aquí da gusto hacerlo, a solas con tus pensamientos. ¡Que aproveche!

Sin tiempo para reaccionar, Elisa se vio al otro lado de la puerta de cristal, mientras Oliver atravesaba el vestíbulo hacia la barra, llena ahora de gente. Se planteó esperarle, pero en seguida prefirió comer tranquilamente, a solas con sus pensamientos como bien había apuntado él.

El hombre salió al rato, la saludó de lejos y se dirigió al telesilla de Batallero, donde desapareció de su vista. No volvió a verle, y al llegar a Sextas a última hora para coger el autobús, se descubrió buscándole ansiosa en cada cara y cada silueta vestida de oscuro con la que se cruzaba.

Al llegar al hotel habló con Lucía y le contó sus encontronazos con el tipo de las cicatrices. Su amiga rió con la descripción de su cara y sugirió que debía tratarse de algún boxeador o similar.

Era media tarde y apenas hacía frío, así que dio un largo paseo por todos los rincones posibles del pueblo, cenó en el hotel y se acostó temprano.

La mañana del martes llegó a las pistas con más ilusión que el primer día. El planteamiento de la semana había cambiado sustancialmente con la simple posibilidad de cruzarse con el desconocido de la cara cortada.

Había adquirido un segundo cuadernillo la tarde anterior y equipado sus bolsillos con pilots y rotuladores. Si el hombre no aparecía, aprovecharía los ratos entre bajadas para dibujar. Y si aparecía, tendría una buena excusa para entablar conversación.

No fue hasta media mañana, sentada en el iglú de Izas y concentrada en darle sombras a un dibujo, que volvieron a encontrarse. Él bajaba desde una pista roja y frenó casi delante de ella, salpicando nieve a su espalda.

Elisa levantó la vista, dispuesta a imprecar la torpeza y falta de civismo del esquiador y de nuevo se encontró con la sonrisa burlona de Oliver, que desmontó su ferocidad y su argumento de queja retirándose las gafas de sol para mirarla sin barreras.

  • Espero no haber estropeado tus dibujos, te he visto al llegar abajo y venía a cotillearlos… ¿Puedo?

La mujer fingió esconder la libreta, solo para testar la reacción del otro y sonrió al ver su mueca de fingida decepción.

  • Ten… llevaba tiempo sin dibujar…

Oliver arqueó una ceja al ojear la libreta, desde los bocetos más antiguos a los dibujos de los dos últimos días.

  • Tienes talento… ¿No te dedicas a esto?
  • No, en realidad, dirijo una empresa. Lo cierto es que no me queda mucho tiempo para dibujar en mi día a día…
  • Es una pena. Lo que no se practica se pierde. Y un talento así no debería desperdiciarse… Yo no soy quién para juzgar el camino de nadie, pero creo firmemente que el arte natural debe ser explotado, no apartado como un hobby miserable.
  • Si fuera más sencillo vivir de esto, no habría montado una empresa para pagar las facturas.
  • ¿A qué se dedica tu empresa?
  • Software y cosas de ordenadores.
  • ¿Tuviste que estudiar para aprender a diseñar ese software?
  • Sí, claro.
  • ¿Y tenías experiencia en el sector? ¿Habías trabajado de algo de eso?
  • Bastantes años. No se funda una empresa de la noche a la mañana…
  • Ahá… Pues tampoco parece un camino fácil, ¿No? ¿Qué lo hace más asequible que vivir del arte?
  • Touché. No puedo contrariar un argumento tan sólido.
  • El mundo está lleno de artistas frustrados ejerciendo trabajos que ni les van ni les vienen, solo con la excusa de pagar facturas…
  • Sí, supongo que tienes razón…
  • Si pudieras vivir de ello; si tuvieras la certeza total y absoluta de que dibujo que hagas, dibujo que se vende… ¿Lo harías?
  • ¿El qué? ¿Dibujar?
  • Vivir de ello. Dejarlo todo y dedicarte a dibujar como medio de vida.
  • ¿A estas alturas? No lo creo. He perdido mucha mano. Ya no se me da tan bien cómo podría si hubiera seguido con ello….
  • No le pongas tramas a la imaginación. Si pudieras hacerlo, ¿dejarías todo para dibujar?
  • Si tuviera la vida resuelta y no tuviera que volver a trabajar nunca más… quizá.
  • ¿Sólo quizá?
  • También esquiaría hasta conocer todas las pistas del mundo, haría parapente y recorrería cada costa en una moto de agua.

Los dos rieron. Oliver asintió satisfecho.

  • No todo va a ser trabajar, claro. Son buenos planes.
  • Bueno, quién no los tiene…

La mirada del hombre pareció apagarse un instante, aunque sus labios continuaban sonriendo de medio lado. Parecía distraído de pronto.

  • ¿Comerás hoy en las pistas?

La pregunta le pilló por sorpresa.

  • Tenía pensado comer en el hotel, la verdad.
  • Vaya…
  • Aunque podemos comer juntos, si quieres.

Elisa sonrió, coqueta. Recuperó su libreta y se dispuso a marchar.

  • ¿Es una oferta en firme o la vas a retirar, como ayer?

El hombre arqueó las cejas, sin perder la sonrisa.

  • No quise sonar precipitado. Pero si a ti te va bien… ¿En Anayet otra vez?
  • Anayet está bien.
  • ¿Qué tal a las dos?
  • No te vayas si no llego a tiempo, ¿eh? Mi esquí no es tan profesional como el tuyo.
  • Puedo enseñarte algunos trucos, si quieres.
  • Oh… no querría ralentizarte.

La carcajada de Oliver la desmontó.

  • Te he visto esquiando. No vas precisamente lenta.
  • Pero hago mucha cuña. Tú vas mucho más rápido.
  • ¿Bajamos una juntos?

Elisa asintió y se encaramó a sus esquís. Pasaron el resto de la mañana probando pistas juntos. Los consejos que él le dio contradecían todas las instrucciones que había recibido en su vida, pero la ayudaron a deslizarse con más destreza incluso por pistas rojas.

En un momento dado se salió de una pista de forma estrepitosa, perdiendo esquís y deslizándose sobre la cadera derecha hasta frenar en un montículo. Unos chavales que hacían vídeos en el lado opuesto de la pista se rieron del evento y Elisa sufrió aquella burla más que la caída. Oliver la ayudó a levantarse, farfullando algo ininteligible. Cuando los chavales se echaron pista abajo se cayeron todos, uno tras otro.

  • Qué malo es el karma, ¿verdad?

El hombre dijo aquello con una sonrisa maliciosa y Elisa no pudo evitar reírse por lo bajo.

  • ¿A dónde ahora?

Estaba animada. Oliver la había enseñado a levantarse con más elegancia de como lo hacía y eso la hacía sentirse más confiada. El hombre señaló la siguiente pista y el remonte que llevaba a ella.

  • A Culivillas. Es una pista muy cortita, entre árboles.
  • ¿La de los domos geodésicos?
  • Esa

Descendieron hasta el remonte de Culivillas y a media subida descubrieron que en la silla de delante subían los mismos muchachos de la pista anterior. Elisa resopló con fastidio. No le hacía mucha gracia volver a bajar cerca de ellos. Él también se dio cuenta.

  • Mira, van delante los mamarrachos que se estaban burlando abajo. ¿Quieres dar envidia a esos gilipollas?
  • ¿Envidia?
  • Sí. Tú sígueme.

Aprovecharon que los muchachos se habían parado a atarse las tablas y el hombre la condujo con suavidad hacia uno de los iglús. Elisa hizo como él, retirándose los esquís a la entrada del recinto y accediendo con toda naturalidad. Después le susurró por lo bajo, divertida.

  • ¿Quieres hacerles creer que nos alojamos aquí? ¿Esa es tu idea de dar envidia?
  • No quiero hacerles creer nada.

Abrió y la hizo pasar al interior de uno de los iglús. Justo antes de entrar Elisa pudo otear las caras de sorpresa de los tres muchachos y eso la hizo acceder al domo mucho más alegre.

  • ¿En serio te alojas aquí?

Echó un vistazo al interior del iglú y las despampanantes vistas. La estancia estaba dividida por un sobrio tabique de madera, dejando frente al ventanal una cama enorme y una colección de mullidas colchonetas para acomodarse en distintos ángulos. Detrás quedaba la zona privada, de baño y cocinita y subiendo unas escaleras de diseño, un pequeño altillo.

Justo frente a ellos quedaba una pequeña estufa de estilo nórdico flanqueada por dos sillas cubiertas por mantas de pelo.

  • Sí. Toda la semana. Podemos comer en la terraza, si quieres. El restaurante no sirve a medio día, pero si te apetece quedarte a cenar puedo avisar.

Elisa estuvo a punto de aceptar la invitación, pero rápidamente declinó la oferta. Sin embargo, tras un agradable almuerzo en la terraza, charlando de todo un poco, se arrepintió de haberla rechazado tan rauda.

Siguieron esquiando juntos hasta casi el cierre de estación y Elisa volvió al pueblo rememorando el día. No había pasado nada entre ellos, no había habido siquiera un roce sutil, y sin embargo, tenía la sensación de haber intimado más de la cuenta con el hombre de la cara cortada y seguir sin saber absolutamente nada de él.

Mientras cenaba, y al día siguiente desayunando, se imaginaba las vistas que debía estar disfrutando y se dijo que, aunque solo fuera por aquella experiencia, merecía la pena aceptar la invitación.

 

4 El lado canalla

 

Había estudiado todos sus pasos y podía moverse por la estación tan deprisa y tan sutil que podrían no haberse cruzado siquiera en toda la semana. Pero eso le restaba entretenimiento a la caza.

Especializado en conversaciones superfluas y sonrisas enigmáticas, Leal hizo por cruzarse con ella varias veces, manteniendo la estrategia de acercarse y huir, a sabiendas de que despertaría su interés.

Después, una vez la hubo liado para esquiar juntos, hizo que Hakkon la derribara, para así poder posicionarse como el soporte ideal para la frustración de ella.

  • ¿Y qué hay de esos niñatos? ¿Pasa algo si los tiro también?
  • Será un placer verlo.

Hakkon disfrutó mucho de su breve interacción con la mujer y los tres chavales, materializándose lo justo para hacerles tropezar y caer. Pero después, la conversación que siguió le hizo menos gracia.

  • Qué malo es el karma, ¿verdad?
  • ¿El karma? ¿Ahora me vas a llamar así? Ten huevos y cuéntale que me has pedido tirarla. A ver si te ríe las bromas con la misma sonrisita bobalicona…

Durante toda la comida, Hakkon estuvo sugiriendo formas soeces de convencer a la mujer de pasar la noche en el iglú; burlándose de las trivialidades que comentaban y respondiendo de forma mordaz a cada pregunta y cada comentario que hacían. Claro que solo Leal podía verle y escucharle y había desarrollado una inigualable habilidad para ignorarle.

Horas más tarde, cerrada ya la estación, Oliver Leal contemplaba el silencioso atardecer apoyado en la barandilla de su terraza. No había nadie más que él y, sin embargo, conversaba en voz muy baja en un idioma que nadie en la actualidad podría reconocer siquiera. El fantasma junto a él seguía insistiendo en formar parte de la estampa.

  • ¿Cuándo la vas a matar, viejo?
  • El viernes.
  • ¿Por qué el viernes?
  • Porque me apetece esquiar.
  • ¿Y no puedes esquiar después de matarla?
  • El sábado habrá tormenta. El resto de la semana sol.
  • ¿Y?
  • Que quiero aprovechar la semana. El encargo exige que no vuelva a Madrid. Y hasta el viernes no tiene que volver.
  • Eso es que te la piensas tirar, ¿verdad?

El hombre no contestó.

  • No te estarás enamorando de esa zorrita, ¿no?

Leal arqueó una ceja despectiva. La chica era mona, sí, pero no estaba en sus planes enamorarse de nuevo. No tan pronto. Hakkon siempre sugería líos y compromisos, y cuanto más interés personal tenía en acercarse a alguna mujer, más intervenía.

  • Estaría feo que me hicieras sacarla de la pista y luego acabaras pillado. Podría reírme de ti largo y tendido…
  • Sigue soñando.

 

5 Miércoles

 

Cuando la excursión de raquetas desde Las Mugas partió del hotel, a las nueve de la mañana, Leal saludó amigablemente al guía, que le devolvió el saludo extrañado, preguntándose a qué clase de acuerdo habría llegado aquel hombre con la dirección del hotel para quedarse toda la semana en el exclusivo alojamiento.

Leal estuvo observando a la mujer largo rato antes de decidir acercarse. Era evidente que le estaba buscando, pero su cambio de atuendo ese día, de negro a blanco, tenía por objeto desconcertarla.

La siguió por un par de pistas, a sabiendas de que no le reconocería y esperó a que se sentara a dibujar de nuevo para acercarse al fin.

  • ¡Buenos días, Elisa! ¿Qué paisaje toca hoy?
  • ¡Oliver! Pues justo estaba dibujando tu hotel… mira, ahí estamos los dos, almorzando en la terraza.
  • ¿Es un recuerdo o una premonición? ¿Te apuntas a otra merienda en el iglú?
  • Bueno, si sigue en pie…

El hombre sonrió. Tenía una forma de sonreír enigmática y encantadora. Elisa abstrajo en su mente la imagen de su rostro, imaginándolo sin aquellas marcas. Había pensado mucho en él en las últimas horas. En las posibilidades de la semana. En su oferta de quedarse a cenar.   

  • ¿Qué tal arrancar con unas rojas?

La mañana de esquí pasó volando y de nuevo se encontraron sentados en la terraza del iglú, con sendas copas de vino y un plato de aperitivos entre ellos. Entre trivialidades y planes de futuros idílicos, Elisa al fin se atrevió a preguntar:

  • ¿Cómo te hiciste esas cicatrices? ¿Un accidente de esquí?

El hombre rio, esperaba la pregunta.

  • Era instructor de artes marciales.
  • Un aprendizaje duro…
  • Sí. Elegí mal los destinos para ejercer.
  • Así que eres de esos hombres que pueden matar con las manos desnudas…

Hakkon estalló en carcajadas y Leal difícilmente pudo ocultar la diversión en su mueca de inocencia.

  • Con las manos, con cuchillos, con espadas… incluso con esos esquís.

Elisa fingió asustarse.

  • Uy, creo que me llaman por teléfono… jeje.
  • Estás a tiempo de huir.
  • ¿Esquiando? Me alcanzarías en seguida.
  • ¿Asumes que no tienes escapatoria?
  • Asumo que no querría escapar de ti.

El hombre tragó saliva, despacio, teatral, alargando la pausa mientras sus miradas se clavaban la una en la otra.

  • ¿Es esa una oferta en firme o la vas a retirar?

Elisa sonrió sugerente y dio un trago lento a su bebida.

  • ¿Sigue en pie lo de cenar aquí?
  • Bueno, queda aún mucha tarde por delante.

La mujer sacó la lengua ante el tono burlón del otro. Se levantó, dejando la copa en la mesa y se despidió con una reverencia.

  • Si me disculpas, debo ir al servicio.

Leal se levantó también, caballeroso, y mientras ella entraba al servicio, aprovechó para recoger los aperitivos y fingir que preparaba el almuerzo. Eso le dejaba justo ante la puerta del servicio, y cuando Elisa salió de allí se encontraron los dos en un espacio reducido entre estantes, casi chocando.

  • ¡Oh! Perdona. No sabía que estabas ahí… ¿te ayudo con eso?
  • No, tranquila, pasa…

El hombre se apartó hacia la pared, dejándola espacio y cuando Elisa amagó con pasar se adelantó ligeramente. Estaban muy cerca uno del otro y la mujer sonrió con picardía.

  • ¿Vas a hacerme una llave o algo así si sigo avanzando?
  • ¿Es una invitación?
  • ¿Y si lo es?
  • Podría aceptarla.

Elisa cogió de su mano la lata que sujetaba y la apartó a un lado. Los dedos de él soltaron despacio y rozaron su mano. Sus miradas se encontraron y fue ella quien adelantó un paso para besarle.

Después, todo fue tan fluido como deslizarse por una pista de esquí. Se retiraron la ropa el uno al otro y Elisa se apartó un instante al descubrir el torso de él y la grotesca cicatriz que lo surcaba, desde la ingle hasta el cuello, oculta hasta entonces por la ropa de abrigo. Él sonrió, sacudiendo la cabeza y terminó de desnudarla, ya tendrían tiempo para aclaraciones.

La mujer le empujó contra la cama y se sentó sobre él. Llevaba tanto tiempo sin acercarse a nadie que no fuera su exmarido que se sentía como una quinceañera estrenando la experiencia. Cuando intentó recostarle, él la levantó en vilo, la giró y la puso a cuatro patas, frente al ventanal.

Elisa tuvo la impresión de que el tipo se movía con furia, aunque después la incorporó con suavidad y la tendió de lado con tanta ternura que terminó por desconcertarla. Y allí tendidos, apoyada la espalda contra su pecho también lleno de cicatrices y con la espectacular vista de las montañas frente a ellos, la mujer tuvo la impresión de que aquello era sin duda el paraíso.

  • ¿Me he matado esquiando y estoy en el cielo?

Leal soltó una carcajada y su pechó tembló de forma agradable. Elisa se giró para mirarle.

  • En serio. Podría pasar aquí toda la semana… si tú quieres.
  • Mmm… no sé, no sé… ¿y compartir estas vistas formidables y esta cama tan grande con una mujer preciosa? No sé si lo veo…

Volvieron a besarse y las manos de ella se deslizaron por la cicatriz más llamativa de su cuerpo.

  • ¿Esto también han sido las artes marciales? Tuvo que ser una herida muy fea.
  • ¿Sabes esas facas largas como un brazo que tienen en Sudamérica?… tuve un encontronazo con unos tíos en la selva y aún no era instructor de artes marciales…
  • ¿En la selva? ¿Y cómo sobreviviste?
  • De milagro. Nunca sabes dónde estará tu momento de morir y dónde el milagro que te salvará la vida…
  • Tuvo que ser muy doloroso.
  • La recuperación sobre todo…

Elisa se tumbó de lado también, de espaldas al ventanal, mirándole de frente.

  • ¿Y no te dan miedo los cuchillos después de eso? Yo estaría acojonada…
  • Las experiencias cercanas a la muerte cambian bastante tu perspectiva de las cosas…
  • Sí, eso dicen.
  • Imagina que te avisan de que vas a morir, ¿qué harías?
  • Bueno, supongo que depende de cuándo vaya a morir. ¿Voy a morir mañana? ¿El mes que viene? ¿Dentro de dos años?
  • Empecemos por dos años. ¿Qué harías si supieras, con total certeza, que en dos años estarás muerta?
  • ¿Cómo voy a morir? ¿Por una enfermedad terminal? En plan, ¿voy a irme deteriorando poco a poco hasta palmarla del todo? ¿O estaré sana hasta el día de mi muerte?
  • Imagina un paro cardiaco. Una muerte rápida e indolora.
  • Uff…. Dos años, ¿eh?

Elisa se estiró en la cama. Leal aprovechó para acariciar su pecho, aparentemente distraído. Intentaba obviar los comentarios sarcásticos de Hakkon, primero sobre su sesión de sexo salvaje y después sobre la forma aún más salvaje de avisarla de que iba a morir.

  • …supongo que cedería a las estúpidas pretensiones de mi exmarido. Le vendería mi parte de la empresa y me dedicaría a vivir a lo bestia.
  • ¿Problemas con tu exmarido?
  • Fundamos la empresa a medias. Ahora quiere quedarse con ella y llevarse el mérito del diseño del software, pero no pienso permitirlo. Llevamos meses de abogados y burocracia para repartir la casa y demás pertenencias. Cometí el error de casarme en gananciales con un gilipollas y ahora estoy pagando las consecuencias.
  • Imagina que en esos dos años ya te has librado de él… no estropees el momento.

La mujer sonrió y centró su atención, como sugería el otro.

  • Dos años de vida y sin tener que preocuparme de ese estúpido arrogante, ¿eh?… creo que esquiaría a menudo. Se conoce gente muy interesante en las pistas…

Dijo aquello guiñando un ojo al otro hombre, que la escuchaba con semblante indescifrable.

  • ¿Querrías repetir pistas? ¿No prefieres descubrir nuevos horizontes?
  • Querría descubrir nuevas pistas… pero dos años se pasan volando. Si tú quisieras, podría explorar todas esas pistas contigo.

El hombre sonrió de medio lado.

  • ¿Y si fuera solo un mes?
  • ¿Sólo un mes de vida? ¿Con qué presupuesto?
  • Ilimitado, claro. Estamos soñando.
  • Buscaría los lugares más espectaculares y saltaría en paracaídas en todos ellos y el último, cuando supiera que es mi último día, saltaría sin mochila.
  • Un final muy épico… ¿y si te quedara una semana de vida? Imagina que fuera esta semana. Aquí y ahora, y que el viernes fuera tu último día.
  • Eso es menos de una semana… ¡estamos a miércoles!
  • El sábado dan tormentas, se acaba lo bueno, para un final épico mejor que haya un sol radiante, ¿no?
  • Si solo me quedara esta semana de vida… no querría salir de este iglú.
  • ¿Ni para esquiar?
  • No lo sé… ya he probado todas estas pistas y no daría tiempo a andar contratando saltos, ni a hacer grandes viajes a países exóticos…

La voz de Elisa se iba apagando por momentos. Su mirada se perdió en el techo un momento, mientras los ojos se le llenaban de lágrimas.

  • Si muriera el viernes, lo mejor que hay en mi vida ahora mismo está en esta habitación. No querría salir…
  • Ey…
  • Mi vida era una mierda antes de esta escapada. Llevo un año luchando con la persona que debía hacerme feliz el resto de mi vida y no ha hecho más que amargarme, robarme y destrozarme la vida. Mi familia debía apoyarme y se pusieron de su parte. Aborrezco mi trabajo. Aborrezco mi casa y me da tanta pereza una mudanza que no he sido capaz de deshacerme de ella y huir de allí. Iba a ser un viaje perfecto y mi mejor amiga me dejó tirada por un asunto familiar. Y su familia no es mejor que la mía. Podía haberse quedado conmigo, pero le dio igual que yo necesitara su compañía… no creo que echara nada de menos si me muero este viernes… salvo vivir. He pasado los últimos dieciséis años dedicada al cien por cien a un trabajo que me enterrará en la mierda y luchando por gente que no me recordará cuando me haya ido… perdona.

Sollozaba. Se incorporó dándole la espalda y trató de huir en busca de un pañuelo o un espacio en el que desaparecer, pero el hombre la rodeó con piernas y brazos y la meció contra su pecho, apaciguándola.

  • Ssshh… tranquila… shhh… estás a tiempo de vivir, Elisa. Estás a tiempo de hacer lo que quieras con tu vida. Dejar todo eso atrás y disfrutar de cada día como si fuera el último…

Hakkon se llevó una mano a la cara, resoplando, y se volvió hacia el ventanal.

  • No lo hagas, tronco. No la líes…

Pero el hombre le ignoró, como acostumbraba. A base de besos y caricias logró serenarla y la fue recostando suavemente sobre el lecho. Una vez así, se esmeró en hacerla olvidar el mal trago, hasta que fue ella quien le obligó a tenderse y se encaramó a su cuerpo, cabalgándole con rabia. Después se quedaron tumbados, ella sobre él, en silencio. Hasta que advirtieron el cambio de luz.

  • ¡Las sillas han parado!
  • Puedes bajar esquiando hasta Anayet, aún salen autobuses hasta la noche… o puedes quedarte aquí y disfrutar de una cena gourmet en el restaurante.

No quedaba mucho para la cena y después de la tarde que llevaban, dormir allí no parecía descabellado.

6 Decisiones de última hora

 

Después de ver el atardecer y de la prometida cena en el restaurante del hotel, en el que coincidieron con otra pareja de huéspedes y disfrutaron de una estupenda velada, contemplaron el paisaje nocturno sentados en la cama, Elisa entre las piernas de él y apoyada en su pecho.

  • ¿Y tú qué harías?… si supieras que vas a morir.

El hombre guardó silencio. Ella no podía verlo, pero su sonrisa era triste.

  • Yo ya he hecho todo lo que quería hacer en mi vida. Si supiera que voy a morir, con total certeza, creo que no haría nada especial. Me dejaría llevar por la deriva hasta que la muerte me alcanzara y la abrazaría sin más.
  • Eso suena muy pesimista. No te hacía un melancólico…
  • Tú anhelas vivir y yo debería haber muerto hace mucho tiempo.

Elisa se volvió hacia él, confundida y el hombre señaló la gruesa cicatriz de su pecho. Su cuerpo lucía muchas otras cicatrices, algunas de ellas de heridas también sospechosamente mortales. Recorrerlas la había hecho fantasear con cruentas batallas y escenas sórdidas de lucha.

  • Es una suerte que no murieras entonces. Así has podido aparecer aquí y devolverme la vida.

La mueca en el rostro de él era difícil de leer. Chasqueó la lengua y sacudió la cabeza, como si hablara con alguien más y después la miró a los ojos.

  • No estoy aquí para devolverte la vida, Elisa. Estoy aquí precisamente para asegurarme de que no vuelves a casa.
  • ¿Qué?
  • Tu vida tiene fecha de caducidad. Imagina que fuera una enfermedad terminal. Imagina que fuera un médico el que te dijera que te quedan dos días de vida. Esa es tu fecha límite.
  • Pero ¿qué estás diciendo? ¿cómo que dos días de vida? ¿Qué locura es esa?…

La mujer se apartó de él, arrancando una sábana y cubriéndose con ella mientras se ponía en pie, asustada.

  • …No tengo ninguna enfermedad terminal. No tienen gracia ya esas hipótesis.
  • La tienes. Yo soy tu enfermedad terminal.
  • ¿Pero qué tonterías estás diciendo?
  • Mira, normalmente no correría el riesgo de contarte esto. Acabaría el trabajo y ya está, pero creo que podemos pasar buenos ratos juntos… si tú quieres.
  • ¿Se te ha ido la olla? ¿De qué ostias me estás hablando, Oliver? ¿Te estás escuchando?
  • Siéntate y escucha.
  • ¡No voy a sentarme! ¿Me estás diciendo que voy a morirme en dos días y esperas que me siente y te escuche?
  • Está bien. Sal ahí fuera. Márchate en medio de la noche. Seguro que te va mejor que conmigo.

Elisa miró a través del plástico del domo. Podía pedir ayuda en los iglús contiguos, pero no tenía claro qué debía decirles. Respiró hondo y se sentó en una de las sillas, bien lejos de la cama.

  • Está bien. Te escucho.
  • Me han contratado para matarte.
  • ¿Qué?
  • Tu marido. Ex marido, me ha contratado para matarte.
  • ¿Mi..? ¿Qué? ¿Esto es una cámara oculta o algo así?
  • Escúchame, Elisa. Raúl te quiere muerta.
  • ¿Cómo sabes su nombre? ¿Cómo que te ha contratado? ¿Qué..?
  • Presta atención. No vas a salir de este valle con vida, Elisa. Tu ex marido ha pagado una buena suma para asegurarse de que no regresas… por suerte para ti, el trabajo me ha sido asignado a mí y estoy dispuesto a proponerte un trato.
  • ¿Un trato? ¿Qué trato?
  • No puedo no matarte…
  • ¿Qué?
  • Escúchame… puedo matarte el viernes o puedo darte una prórroga, ayudarte a vivir todos esos sueños que tienes: volar, navegar, esquiar… pero tarde o temprano, tendré que matarte.
  • ¿Que tendrás que matarme? ¿Pero te estás oyendo? Mira, esto no tiene gracia. Quiero irme de aquí, Oliver. No quiero saber nada más de ti ni de tus putas locuras.
  • No lo entiendes, Elisa. Podía haberte matado el lunes. Podía haberte matado ayer o esta misma tarde. Pero no quiero hacerlo.
  • Oh, vaya, gracias…
  • No quiero hacerlo, pero no puedo no hacerlo. Podemos engañar a Raúl, pero no podemos engañar a La Hermandad. Solo podría conseguirte tiempo y para que puedas realmente disfrutar de ese tiempo, tendrías que quedarte conmigo.
  • ¿Me estás ofreciendo quedarme contigo, creyendo que algún día me matarás?
  • Puedes morir ahora, tal cual es tu vida hasta hoy, o puedes venir conmigo, disfrutar de todo aquello que quieres disfrutar y algún día, cuando no pueda seguir escondiéndote, morir igualmente. Todo el mundo muere.
  • ¿Y crees que me quedaría contigo así, sin más, sabiendo que vas a matarme? ¿Qué me impide ser yo quien te mate? ¿Qué me impide a mí huir durante la noche? ¿O ir a la policía? Todo esto es de locos…
  • ¿Eso es que no aceptas el trato?
  • ¡Claro que no acepto el trato, maldito psicópata! Quiero irme de aquí ya. Ahora mismo.
  • Está bien.
  • ¿Qué?
  • Ahí tienes tus esquís. Puedes incluso pedir ayuda, aunque no creo que nadie te haga mucho caso…
  • ¿Me amenazas de muerte y luego me dejas irme?
  • Sí.

Elisa frunció el ceño. Nada tenía sentido. Empezó a vestirse, vigilándole desconfiada, pero el hombre seguía sentado en la cama, sin mostrar ni el más mínimo interés en perseguirla.

  • ¿Me estabas vacilando?
  • No.
  • ¿Vas a quedarte ahí después de avisarme de que vas a matarme?
  • Sí.
  • ¿Por qué?
  • Porque puedo matarte cuando quiera, Elisa. Esperaba poder ayudarte a disfrutar todo lo que te ha sido negado y más, pero si no quieres aprovechar esa oportunidad, no voy a forzarte a ello.

La mujer abrió y cerró la boca. Era tan ofensivo, tan inusual y tan cruel lo que le estaba diciendo, que no sabía cómo reaccionar.

  • ¿Has dicho que puedes matarme cuando quieras? ¿Pero quién te crees que eres? ¿Rambo? Esto no tiene sentido… ¿dónde está la cámara? No me puedo creer que nada de eso sea en serio…
  • Puedes creer lo que quieras. Pero no va a cambiar el hecho de que no volverás con vida a tu casa.

El hombre se mostraba indolente ante su terror, en un momento dado pareció fijar la vista en un espacio vacío de la habitación, al que respondió.

  • Ya, ya veo que no es Sitxare. Tenía que intentarlo.
  • ¿Con quién hablas? ¿Qué significa sichare?
  • Sitxare fue una mujer extraordinaria a la que me encargaron matar hace mucho tiempo. Una reina del crimen, con muchos enemigos poderosos… ella sí aceptó el trato que te propongo. Pasamos juntos diez años maravillosos hasta que finalmente cumplí con mi encargo. Pero qué diez años… era una mujer con carácter, con grandes planes. Sin duda sabía pasarlo bien…

Parecía que lo estuviera comentando con otra persona. El último comentario incluso lo hizo mirando de nuevo al espacio vacío de la habitación. Elisa entendió en ese momento que aquel tipo extraño cubierto de cicatrices realmente había perdido el norte. Su mecanismo de defensa, mientras pensaba en un plan de huida, fue seguirle el juego.

  • Así que eres asesino a sueldo… ¿haces mucho eso de acostarte con tus objetivos?
  • Si merecen la pena y así lo desean, sí. Al final eso que se llevan. Yo no fuerzo a nadie a pasar un buen rato.
  • No, claro. Quédate conmigo hasta que te mate es el mejor plan que pueden ofrecerle a una.
  • No sabías que iba a matarte cuando te has lanzado a besarme, Elisa.
  • ¡Pero tú sí! ¿No es cierto? Toda esa maniobra, todo ese adular mis dibujos, invitarme a cenar… ¡sabiendo que pretendías matarme!
  • Tus dibujos son extraordinarios. Insisto en que podrías haberte dedicado a ello…

Elisa soltó un grito desesperado.

  • Mira, no me creo una palabra de lo que estás diciendo. No puedes ser tan hijo puta. Ni Raúl sería tan cabrón…
  • Raúl ha pagado medio millón de euros para liquidarte, Elisa. Tu seguro y el acuerdo empresarial cubren de sobra los costes y aún así le quedarán beneficios.

No eran las cosas que decía, sino cómo las decía, con aquella alegre parsimonia, sin alterarse ni un ápice lo que la ponía los pelos de punta.

  • No me creo una mierda de lo que dices. Me largo.
  • Como quieras.

Elisa salió del iglú. La noche estaba despejada y se veía una cantidad impresionante de estrellas en el cielo. Se abrochó las botas de esquí y el abrigo y antes de calzarse las tablas contempló el descenso por la pista de esquí, relativamente visible a la luz de los otros iglús y bajo el manto celeste. Era un suicido. Pero también lo era quedarse allí, al parecer. Se planteó pedir ayuda a los otros huéspedes, pero se imaginó a sí misma entrando en uno de aquellos niditos de amor en mitad de la noche relatando que el que habían conocido como su compañero sentimental la había amenazado de muerte, sin un solo rastro, sin una sola marca y supuso que la tomarían por loca. No podía esperar a la mañana siguiente. No podía quedarse a morir allí. Aunque según él, su vida caducaba el viernes, tenía dos días por delante para escapar de allí y contarle a la policía o a la guardia civil toda aquella locura. Con la cara como la tenía de marcas no sería difícil de encontrar. Lo denunciaría y la policía la pondría protección… después pensó en Raúl. Si de verdad aquel cabrón había pagado por matarla, daba igual que huyera de uno; otro vendría después y acabaría el trabajo. Era increíble pensar que su exmarido hubiera llegado tan lejos como para contratar un asesino para acabar con ella. No un asesino, sino a una agencia al parecer, por lo que aseguraba que si no lo conseguía el primero lo hiciera el siguiente… Y difícilmente ningún otro le ofrecería el trato de favor que en teoría ofrecía aquel descerebrado.

Después repasó la tarde extraordinaria que había pasado con él. Los tres días anhelándole y aquellas horas maravillosas degustándole. No podía decir que hubiera habido amor, pero sí buen sexo. ¿Y si pasaba follando con él las horas que le quedaban hasta que la matara? Al menos estaría calentita… la temperatura había caído una barbaridad al ocultarse el sol y ella seguía de pie en el sendero que separaba el iglú de la pista, decidiendo qué hacer.

Estaba hecha un lío. Repasó la conversación una y otra vez en su cabeza. Si no había mentido, y algo le decía que nada de lo que había dicho era falso, había un precedente. La tal Sitxare había sobrevivido diez años. ¡Diez años atada a su verdugo, sabiendo que la mataría! Era de locos. Pero quizá tuviera una oportunidad… al menos de llegar a la mañana. Le haría creer que aceptaba su trato y le abriría la cabeza con cualquier cosa que encontrara en la cabaña, así podría huir por la mañana… aunque si era cierto que era un maestro de artes marciales, poco podría hacer para sorprenderle. Qué situación.

Mientras sopesaba sus opciones, vio al hombre de las cicatrices salir del iglú, vestido con un pantalón de pijama y cubierto por la cazadora de nieve blanca. Se apoyó en la barandilla, de espaldas a ella y se quedó allí, contemplando el paisaje nocturno, tan tranquilo. Le dio la impresión de que hablaba con alguien, pero no había nadie más en la terraza.

Tras mucho pensárselo, volvió a la plataforma. El hombre se volvió hacia ella despacio.

  • ¿Te lo has pensado mejor?
  • No vas a matarme.
  • ¿No?
  • No vas a matarme. Vas a dormir ahí abajo y yo dormiré en el altillo, que pueda verte y mañana me iré de aquí, a plena luz y sin que me sigas.
  • ¿Y eso por qué?
  • ¿Cómo que por qué?
  • ¿Por qué has decidido volver y pasar esta noche en mi tienda?
  • Porque… no vas a matarme.
  • Esta noche no.
  • Ni mañana.
  • Probablemente.
  • Pues mañana me iré de aquí y olvidaré que hemos tenido esta absurda conversación.
  • Si así lo quieres… pero te advierto que la prórroga solo funciona si te quedas conmigo. Puedo hacer creer a Raúl que he cumplido el encargo, pero no puedo engañar a La Hermandad. Todo el tiempo que tú sigas con vida es tiempo que mi acuerdo con ellos peligra y no veo motivo para ponerlo en riesgo sin un beneficio suficiente…
  • ¿Un beneficio? ¿Te refieres al medio millón de euros? ¿Eso quieres?
  • No, Elisa. El dinero no es relevante en este trato.
  • Ah, claro. El dinero no importa. Porque matas por amor al arte, ¿no es eso?
  • No, mato por dinero. Pero ofrecerte seguir con vida no tiene nada que ver con la pasta. Era una propuesta personal.
  • Mira, no quiero seguir hablando contigo. Necesito un lugar donde pasar esta noche y no pienso pasarla acojonada creyendo que vas a matarme, porque no lo vas a hacer. Todo esto es algún tipo de broma pesada en la que no pienso caer. Voy a entrar ahí, voy a subir ahí arriba y tú no vas a acercarte siquiera.
  • Puedes estar segura de eso.

La mujer entró en la tienda, completamente convencida de que el otro no osaría acercarse a ella.

  • A ver si me he enterado… ¿Vas a matarla o no?
  • Sí, claro.
  • ¿Esta noche?
  • No se mata donde se duerme. Sigo teniendo de plazo hasta el viernes.
  • Esa cabrona te la va a jugar.
  • ¿Y qué puede hacer? ¿Matarme mientras duermo?

Hakkon soltó una carcajada.

  • Estaría bien eso. Se lo sugeriré mientras duerme a ver si se anima.
  • Buena suerte.

Leal entró en la tienda. Elisa le oteaba desde el altillo con desconfianza, no volvieron a cruzar ni media palabra durante el resto de la noche. La mujer apenas pudo pegar ojo, pero el hombre de las cicatrices dormía a pierna suelta, sin ningún temor.

En cuanto la luz fue suficiente, Elisa bajó del altillo, se vistió y salió al exterior, dispuesta a bajar esquiando. Había un bulto en la cama y no se fijó en que los esquís de él no estaban apoyados fuera. Sigilosa y aterrada, abandonó el iglú y se lanzó pista abajo en busca de su salvación… pero la pista aún estaba muy helada, tuvo una mala salida de pista y ya no se levantó.

Escasos minutos después, Oliver Leal llegaba desde lo alto de la montaña, de un paseo matutino recolectando un ramillete para la mujer con la que había pasado la noche. Saludó al personal del hotel, que empezaba a preparar el desayuno y que bromeó con el romanticismo de aquel detalle y juntos descubrieron, por radio, que había habido un accidente mortal en la bajada desde donde estaban. Llegaron corriendo a la pista desde donde otearon la recogida de un cuerpo. Al hombre de la cara marcada, que tan bien caía a todos los del hotel, le temblaron las piernas y tuvo que ser ayudado a sentarse.

  • Estaba dormida…

Todos le habían visto el día anterior, tan ilusionado con su ligue. Y se habían alegrado por él. Un hombre encantador, con un rostro difícil de casar, que había encontrado a una chica guapa en las pistas y se la había llevado a cenar al hotel. Era una bonita historia con un final trágico.

El hombre prestó declaración cuando la guardia civil subió a investigar al hotel. No tenía más relación con la chica que la que ya habían mencionado los testigos. Se habían conocido en las pistas, habían comido juntos, se habían acostado y a la mañana siguiente ella había decidido salir a esquiar antes que él, mientras él recolectaba flores para tener un detalle. Tal como ya habían apuntado los demás, él la había estado enseñando a esquiar, la había acompañado un par de días y se les veía muy alegres juntos. No lucía signos de violencia. No había huellas que indicaran que nadie la había empujado. Sencillamente había perdido el control al borde de la pista y había ido a parar con la cabeza contra un árbol. Mala suerte.   

Cuando todo hubo pasado, su maleta estuvo empacada y se disponía a bajar esquiando por la misma pista, el camarero del restaurante salió a despedirse de él, muy afectado, y le deseó mejor suerte en el futuro. También el chico del remonte, que los había visto subir varias veces y con el que había estado charlando a ratos aún antes de aparecer con la mujer, tuvo unas palabras de pésame. Leal se lo agradeció, con rostro apesadumbrado y fue descendiendo, muy despacio, hasta el punto de recogida de equipaje del hotel, en Anayet.

Nadie sospechó jamás. Nadie encontró huella alguna que pudiera relacionarle. Y La Hermandad realizó su pago puntualmente, como siempre.

Dos meses después, Raúl Vicada Morente, ex marido de la fallecida Elisa de Castro López, aparecía muerto en su apartamento, a puerta cerrada y sin signos de violencia. Junto a su cadáver, aunque nadie podía afirmar si aquello pertenecía a la casa o no, había un dibujo de un paisaje nevado, de alguna estación de montaña. Quizá murió recordando a su ex esposa.

 

OTROS TÍTULOS DE LOS CLANES SUMERGIDOS

∇∇∇

Familia Rochavella