AMENAZAS Y RECUERDOS

 

Familia Rochavella

Alanna llegó a la familia Rochavella creyéndose un bicho raro y acostumbrada a realizar sus hechizos sin ser descubierta, hasta que descubrió que la familia ocultaba aún más secretos que ella misma.

Desde entonces, censurados sus poderes a la espera de un tutor que la guíe en el mundo sumergido, estudia desde la distancia las consecuencias de su último hechizo.

Si el primer libro se centraba en la historia de Éire y el giro inesperado de su vida sentimental, resultado de la intervención de Alanna, en esta segunda entrega la atención recae en Balder y su aún más inesperada evolución, también relacionada con su encuentro mágico con la joven…

Balder

Morrigan dormitaba tumbada en la escalera cuando Balder llegó a la casa, entrada la madrugada. Los ojos de la gata se abrieron apenas le oyó cruzar el patio, pero esperó a que entrara en la casa para estirarse y acudir a su encuentro.

– Hola Morri…
– Tienes mala cara, niño. ¿No ha salido bien?
– Sí… están bien. De hecho, están más que bien…

Balder se sentó en la escalera, cogiendo a Morri sobre su regazo.

– Están tan bien que Éire se ha quedado allí.
– ¿Se ha quedado esta noche o se ha quedado ya para siempre?

El hombre suspiró y Morrigan arqueó sus ojos gatunos, asintiendo.

– Vaya… nos hemos quedado los dos sin la dulce Éire, ¿no crees?
– Eso parece…

Subieron los dos a la habitación de Balder y Morrigan se tumbó en el diván de la ventana a observar al hombre desvestirse.

– ¿Esto hacías con Éire? Y yo pensando que teníais encuentros sexuales desenfrenados…
– Lo siento, querido, pero tú no eres ella.

Balder sonrió de medio lado.

– Eso me temo… buenas noches, Morri.

No llegaba a las dos horas acostado cuando el estruendo le despertó. Morrigan ya había salido corriendo hacia el exterior, con forma humana, y Balder se asomó a la ventana tratando de entender qué había resonado así en el patio.

Las luces del exterior alumbraban el techo del cenador hundido y un amasijo de hierros, tableros y pizarras ocultaban lo que fuera que había caído allí. Encendió todas las luces que faltaban al salir, tratando de hacer visible aquello que hubiera caído en su patio.
Los tres habitantes de la casa se reunieron en torno a la estructura colapsada, tratando de discernir qué podía haber causado aquel destrozo.

Apenas se habían atrevido a acercarse cuando un estruendo similar, sobre el tejado de la carpintería les hizo volverse sobresaltados. Lo que fuera que había caído contra el tejado de pizarra había resbalado un par de metros antes de colarse en el interior, dejando un considerable socavón.

– ¿Nos están bombardeando?

Alanna preguntó aquello con una incredulidad que rayaba la sorna, pero los ojos de Balder y Morri reflejaban verdadera preocupación. No habían decidido hacia cuál de los dos proyectiles acercarse cuando la puerta de la carpintería se abrió y una figura salió de allí tambaleante.

Dos enormes alas le dificultaron el paso de puerta y al agacharse perdió pie y casi reptó hacia ellos. Alanna corrió a ayudarle, instintivamente, antes de plantearse qué demonios era aquel ser.

Sus alas eran negras como la noche, similares a las de los murciélagos y se veían dolorosamente rotas. Tenía un cuerpo con proporciones humanas, aunque sus piernas tenían flexuras animales y en lugar de pies lucía unas extraordinarias garras. Los brazos y el torso le asemejaban a un varón joven y su rostro medio oculto por la melena también tenía rasgos humanos, aunque de los laterales de su cabeza surgían dos pequeños cuernos afilados.

Se tambaleó en brazos de Alanna, señalando hacia el cenador. Sus ojos animalescos pedían a gritos auxilio. Pronunció varias palabras hasta que la joven, angustiada le respondió “no te entiendo” y la criatura tosió, esputando sangre oscura antes de insistir:

– Ayudadla… escondedla… no deben encontrarla… no debe ser descubierta… ayudad…

La criatura se desvaneció y a pesar de las atenciones de los tres, a cual más estupefacto, no lograron que despertara. Morrigan le buscó pulso en el cuello, sacudiendo la cabeza. Al instante se apartaron los tres, sobresaltados porque el cuerpo cambio de dimensión y de textura ante sus ojos, haciéndose más pequeño y arenoso hasta empezar a desmigajarse al tacto.

Los tres se miraron entre ellos, desconcertados y de inmediato se volvieron hacia el cenador.

Apartaron los escombros a toda prisa, esperando encontrar una criatura similar, pero su sorpresa fue en aumento al encontrar a una muchacha que yacía en un espacio superior al que su cuerpo menudo ocupaba.

Debía tener la edad de Alanna o algo menos, de constitución delicada, piel oscura y una larga y rizada melena negra, repartida entre los escombros como si hubiera aterrizado flotando. Llevaba un vestido blanco, sucio de sangre y fluidos difíciles de reconocer y en su frente portaba una tiara plateada con una gema azul.

Al acercarse más a ella, entre las sombras que sus cuerpos proyectaban por la iluminación del patio, advirtieron que bajo la joven había aterrizado otra de aquellas criaturas aladas, desmigajada también como si estuviera hecha de arena suelta, lo que debían haber sido sus brazos rodeaban a la niña, protegiéndola del golpe. Sus facciones eran ya irreconocibles.

Balder se agachó sobre la joven y observó su rostro. Parecía completamente humana. Quién era y qué hacía en compañía de aquellas criaturas, era un misterio. ¿Era ella a quien debían poner a salvo? ¿A salvo de quién? La forma en que la criatura la había envuelto para protegerla del golpe resultaba enternecedora.

Morrigan repitió la búsqueda de pulso en el cuello de la muchacha y sus ojos se iluminaron e hizo señas a Balder para sacarla de allí.

Otro golpe sonó detrás de los talleres, como si otra criatura hubiera caído allí. Balder levantó la cabeza pero Alanna, como en un trance negó con la suya.

– Hay que ocultarla. Ya vienen.
– ¿Quién viene?
– ¿Qué?

Balder no esperó respuesta de su confundida sobrina. Levantó en vilo a la delgada muchachita y a todo correr entró en la casa con ella. Alanna aún estaba intentando averiguar por qué su tío le había preguntado a ella quién venía cuando una sombra inmensa se cernió sobre ella.

Alanna chilló y Morrigan, armada con una barra retorcida de los escombros del cenador, se interpuso entre ella y la recién aterrizada criatura.

La bestia sacaba dos cuerpos a cada una de ellas y sus alas al desplegarse doblaron lo que quedaba en pie del cenador y golpearon el alero de la carpintería, reventándolo. Alanna no supo distinguir si era un dragón o alguna otra cosa, solo sabía que le aterraba su feroz mandíbula cubierta por un sobrecogedor bozal de pinchos. Sus grotescas extremidades lucían una textura que recordaba a Alanna a la piel de los delfines, aunque con las sombras de sus propias alas no podía distinguir muchos detalles de su anatomía.

Una voz se elevó sobre los gruñidos y chillidos de la bestia, con una claridad casi musical.

– No hemos venido a interferir en los asuntos de la Cámara. Sabemos que este territorio está consagrado por hadas y da servicio a la Alta Cámara… disculpad la torpeza de mi montura al acomodarse en tierra.

Entre el grueso cuello nudoso y la robusta ala se deslizó una silueta humana, vestida con una larga túnica de un incierto color oscuro. Era una mujer de unos cincuenta años, de rostro severo y melena muy corta, lamida hacia atrás. Llevaba en su frente una tiara de metal rojizo con una gema negra, similar a la de la muchacha, pero algo en ella puso en guardia a Alanna y a Morrigan.

– Hemos sufrido un robo recientemente y los delincuentes a los que perseguimos han sido derribados aquí.

La mujer oteó el alrededor, con ojos crítico. Morrigan, aún con su barrote en ristre, imprecó a la petulante recién llegada.

– ¿Quién se supone que sois “vosotros” y qué es lo que os han robado exactamente?

(…)

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