HECHIZOS Y CAMBIOS

 

Familia Rochavella

La llegada de un nuevo miembro a la familia Rochavella siempre es motivo de júbilo, al menos hasta que trágicas circunstancias incorporan a la finca familiar a la hija, ahora huérfana, de Beltaine O´Finn, reconocida bailarina internacional.

A sus dieciséis años, creyéndose única en su especie y más afectada por las circunstancias de la vida que cualquiera, Alanna va a descubrir las repercusiones de sus decisiones, la complejidad del amor y el precio de la seducción y la belleza, el valor de los lazos y de la pertenencia a una familia de verdad.

Descubre una nueva saga de fantasía que explora íntimamente las relaciones humanas y la potencia de las emociones, desde las aventuras y desventuras de una familia fuera de lo común.

Un universo rápido e intenso, a la par que reflexivo, que te obliga a mirar a las personas una a una y a valorarlas de forma independiente, con sus pormenores y sus historias propias.No querrás perder detalle de ningún miembro de la familia…

Éire

El coche avanzaba por la autovía en dirección a la ciudad con sus dos ocupantes enzarzadas en una incómoda conversación. Éire mandó callar a su interlocutora para ubicarse con los carteles del aeropuerto, pero la otra continuó con su interrogatorio.

– ¿Entonces está entrenada?
– Pues lo dudo bastante…
– ¿Y qué piensas hacer?
– ¿Como que qué pienso hacer?
– ¿Vas a contárselo?
– No lo he decidido aún.
– Pues deberías dejarlo clarito desde el principio. El fin de semana da más igual porque están los turistas y puedes ocultarlo, pero el domingo por la tarde tendrás que haber tomado una decisión y estará bien que los demás estemos informados de cómo proceder…
– Lo sé, le estoy dando vueltas aún… dudo que Beltaine le hablara nunca de las peculiaridades de la familia, pero es de la sangre de Marea, algo debe quedarle, ¿no?
– No hay noticias de que sea como Ornie.
– No me recuerdes lo de Ornie. Si hubiéramos llegado a tiempo…pobre muchacho.
– ¿Hace cuánto no la ves?
– Hará unos cinco o seis años. Estuvimos en Berlín viendo a Beltaine. La última vez que nos envió entradas…
– ¿Y sabrás reconocerla?
– Es mi sobrina, joder.
– Técnicamente no lo es. Es la hija de tu prima.
– Es lo más sobrinesco que tengo, dadas las circunstancias.
– Y que tendrás… dado el talante libertino de tu hermano. O igual tienes cientos de sobrinas por medio mundo y no lo sabes…
– Me encanta cuando le llamas libertino con ese tono despectivo… tú podrías hacerle sentar la cabeza ¿no?
– Ni siquiera vuestra sangre puede mezclarse con la mía, como sabes… pero Balder sería un semental más que aceptable de no ser así.
– Estás hablando de mi hermano pequeño, ¡no le llames semental, por todos los dioses del bosque!… anda, quédate aquí.

Habían llegado al aparcamiento del aeropuerto y Éire bajó del coche dejando las ventanillas abiertas. Morri se agazapó en el suelo de la parte trasera del todoterreno, camuflada en las sombras de los asientos.

– Entiendo que debo callarme cuando venga tu sobrina, ¿no es así? No sé para qué me has traído a la ciudad.
– Porque te encanta ir en el coche bajo esa forma. No te hagas ahora la dura.
– Eso es cierto.

Dejó el coche abierto. Nadie osaría robar aquel vehículo con Morrigan dormitando en la parte de atrás y a veces se olvidaba de las costumbres sociales y las normas de uso de los espacios públicos.

Cada vez salía menos de la finca. Los viejos artesanos decían que se parecía cada vez más a su abuela, la madre de Marea, a la que todo el mundo había acabado llamando Edain, olvidando su nombre verdader.

Hacía casi veinte años que Marea y Kenneth habían desaparecido, pero Éire recordaba a su primera mentora y al irlandés con frecuencia.
Se acercó al panel de vuelos buscando el de su sobrina. Apenas habían hablado desde que los abogados de Beltaine la llamaron avisando de que su prima había fallecido.

Ante la propuesta de Éire de ir a Edimburgo a acompañar a la niña y velar a los difuntos, le habían informado de que todo había terminado una semana y media atrás y que no había ya más gestiones que llevar a cabo, salvo hacerse cargo de la hija de Beltaine y Samu.

No había vivienda ni propiedades a heredar, pues vivían de prestado en un piso propiedad de la familia irlandesa que al parecer llevaban tiempo queriendo recuperar. Alanna había sonado seca y templada, muy escocesa, a pesar de su perfecto español de escuela privada. Había dado los datos del vuelo y agradecido cortésmente que se hicieran cargo de ella, a lo que Éire había respondido enérgicamente con un “pamplinas, qué gracias ni qué ocho cuartos. Eres mi sobrina, joder.”

Cuando Marea y Kenneth murieron, su padre había intentado quedarse con la custodia de Beltaine y su hermano Ornie, pero la familia de Kenneth ya estaba allí, los niños tenían mucha relación con ellos y no habían logrado convencerles. Entonces sí habían luchado por quedarse con los niños y su cuantiosa herencia, pero ya quedaban apenas migajas de aquello y Alanna no tenía relación estrecha con ninguna de las dos familias, ni dote que aportar. Era lamentable cómo habían acabado dando la espalda a la criatura, pero así eran las sociedades humanas, al fin y al cabo.

Recordaba lo duro que había sido perder a Marea y a Kenneth. No era mucho mayor que Alanna ahora cuando sus tíos favoritos partieron, y aunque la situación no era completamente comparable, imaginaba lo duro que debía estar siendo para Alanna todo aquello.

Esperaba reconocerla, porque no tenía mucha fe en que la muchacha la reconociera a ella. Solo entonces lamentó haber dejado pasar los desplantes de Beltaine sin haber luchado más por ver a la pequeña. Pero ya no había marcha atrás.

Los primeros pasajeros del vuelo procedente de Escocia empezaron a aparecer y Éire se acercó a la barandilla, oteando ansiosa las caras de todos los viajeros.

(…)

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