Libro de momentos (Oliver Leal) – Un trabajo en Formigal

Libro de momentos (Oliver Leal) – Un trabajo en Formigal

1 Leal

 

La última vez que estuvo en el Pirineo Español fue por un encargo de La Hermandad. Uno de esos encargos lucrativos y fáciles, tan mundanos que recibirlos a través de ellos podía considerarse casi una propina.

Coincidió con una semana de sol espléndido tras una buena nevada en cotas altas, por lo que la mezcla de trabajo y placer, para alguien aficionado el esquí, era previsible.

Como también previsible podía ser, si sus pesquisas sobre el objetivo eran correctas, que el placer del trabajo pudiera ir más allá del deporte de invierno. Siempre había trabajos más apetecibles que otros y aquel, tras los últimos acontecimientos, resultaba un bálsamo agradable.

Hakkon había silbado significativamente al ver la primera foto del objetivo, aunque después, al verla en la estación sus comentarios habían pasado por diversos estados de desprecio y aprobación, como solía.

Leal, por su parte, menos calenturiento y más pragmático, había soslayado el físico del objetivo, más interesado en su manejo de los esquís para poder trazar un plan de acercamiento discreto.

 

2 El objetivo

 

Elisa de Castro había reservado la semana completa en un hotel de Formigal con una buena amiga. El domingo por la tarde las dos habían brindado en el salón de la cafetería, entusiastas y decididas a pasar una magnífica semana de desconexión de sus ajetreadas vidas.

«Realmente necesito esto«, había confesado Elisa, la noche antes de que su amiga tuviera que volverse a Madrid por un asunto familiar.

  • Quédate, Kat, lo necesitas. Yo me tengo que ir, pero es tontería que te lo pierdas tú también. Está todo pagado. Esquía por las dos y lígate a algún magnate de esos franceses de cochazo y equipo caro…
  • Déjate de ostias. A esquiar sí que me quedo, pero nada más.

Por la mañana se habían despedido con gran tristeza y Elisa, libre ya de todo horario y toda espera, había danzado sin prisa hasta las pistas más cercanas al pueblo, en el autobús que llevaba a Sextas y Anayet.

Aunque habían comentado la opción de apuntarse a algún cursillo las dos juntas y mejorar sus habilidades con las tablas, Elisa agradeció no tener que atarse a grupos ni horarios restringidos y echó a subir, silla tras silla, hasta lo más lejos que sus opciones de esquí le permitían por pistas azules.

Descubrió una libreta en aquel viejo abrigo de nieve y en una de las bajadas se detuvo en un bar a explorarla. Había dibujos. Bocetos y notas rápidas de cuando aún dibujaba y soñaba con exponer algún día su arte. Después llegó el trabajo, el matrimonio, levantar de cero una empresa multinacional, el divorcio… Y aquel sueño bobo se fue perdiendo.

Así que aquella semana solitaria, sin tener que dar conversación a nadie, sin tener que acompañar, esperar ni seguir a nadie por las pistas, le brindó la oportunidad perfecta para recuperar esa afición.

Y allí estaba, dibujando los picos pedregosos, con apenas algunos neveros resistentes y las níveas pistas atestadas de chiquillos y monitores azarosos, cuando descubrió al hombre que cambiaría el resto de su vida.

 

3 Encuentros fortuitos

 

De entre todos los esquiadores expertos que cruzaban a toda prisa por su campo de visión, le llamó la atención uno porque sus movimientos no se parecían a los del resto.

Después de un largo rato sentada, estudiando a la gente pasar y tratando de retratarlos en su libreta, había sacado algunas conclusiones sobre los estilos de unos y otros, y aquel hombre se movía con la agilidad de un gato, pero sus trazadas tenían algo distinto, menos académico, más intuitivo.

El hombre se detuvo casualmente en un banco cercano. Dejó los esquís en un soporte y tras el pertinente paso por el aseo se sentó a pocos metros de ella a comerse una pieza de fruta.

Elisa aprovechó la pausa para intentar dibujarle, sin más interés que el puramente artístico, hasta que al retirarse las gafas de ventisca y fijarse ella en su rostro el corazón le dio un vuelco. Aquel hombre tenía la cara surcada de cicatrices. Una larga y recta bajaba de su frente por su pómulo, como una cuchillada que de milagro hubiera esquivado la cuenca del ojo. Otra de similar trayectoria cortaba su barbilla y el pómulo contrario, fundiéndose con dos más pequeñas, como de desgarros en el lateral de su mejilla derecha. Se advertían algunas más, casi borradas, sobre el puente de la nariz y en las cejas. Pero lo más llamativo de aquel rostro maltratado, semejante a un mapa de carreteras, eran los ojos grises y penetrantes, fijos en ella.

Elisa apartó la mirada, azorada. Guardó el cuaderno y sin volver de nuevo la mirada, cogió sus esquís y se lanzó pista abajo, recriminándose por el camino su falta de educación y discreción.

Después cayó en la cuenta de que el hombre probablemente ni siquiera había advertido que le estuviera mirando, ya que ella llevaba las gafas de sol puestas y durante largo rato había estado mirando la montaña y a los esquiadores por detrás de él.

Pero aquella mirada plateada e intensa la había turbado sobremanera, como si sí la hubiera descubierto espiándole.

Bajó hasta la zona de recreo de Anayet y oteó desde allí las pistas, pero no lo vio bajar. El resto de la mañana lo pasó buscándole, como entretenimiento. En una de las bajadas al valle del Portalet le pareció verle, pero en seguida tuvo que concentrarse en su propia trazada para evitar atropellar a la gente de los cursillos.

Debían ser más de las dos de la tarde cuando cogió el telesilla de Espelunciecha, tan contenta de poder cogerlo sola por la escasa afluencia de gente y en el último instante una sombra cruzó con ella los soportes para montar en el mismo remonte.

De primeras maldijo al inoportuno individuo. Habían subido dos sillas vacías y tras ella quedaba otra también vacía y el tipo había tenido que colarse con ella, pero al bajar el cierre de la silla y mirarle de reojo, descubrió que era el hombre de las cicatrices y de nuevo sintió un pequeño vuelco, pero esta vez no fue causado por la sorpresa de encontrar su mirada.

Tras confirmar que habían bajado la barrera, cada cual miró para su lado, disfrutando del silencio de la tarde. O eso pensaba Elisa, cuando la voz del desconocido la sorprendió.

  • Oye, tú estabas en la pista del Río antes, dibujando, ¿No?
  • ¿Perdón?

Elisa se volvió hacia él, queriendo hacerse la sorprendida para ocultar su vergüenza por haber sido descubierta, pero cayó rápido en la cuenta de que no había sido en el Río donde se habían encontrado por primera vez, sino en Anayet, así que con suerte el hombre no había percibido cómo le había mirado.

  • En un césped junto a la pista. Había una chica dibujando, me había parecido que eras tú…
  • Sí. Puede que fuera yo… ¿Estaban en medio los esquís o algo?
  • No, no, tranquila. Estaban bien apartados, solo que no es muy habitual ver gente pintando en las pistas. Me preguntaba qué estarías dibujando.

Elisa tragó saliva. Le resultaba difícil entablar conversaciones con desconocidos, pero aquella se planteaba tan fácil y tan directa, sin tener que hablar del tiempo ni de cosas sin sentido, que casi la hacía sentir cómoda.

  • .. Me gustan los paisajes de alta montaña.
  • ¿Se pueden ver esos dibujos?
  • Aquí no.
  • No, claro… Sería terrible que se cayeran ahí abajo, ¿Has visto la colección de palos y guantes que hay bajo las sillas?
  • Sí, hasta esquís he visto…

Elisa estaba tensa. Temía las conversaciones superfluas, porque se le daban fatal y odiaba los intentos absurdos de la gente por intentar llenar el tiempo en las sillas, pero lo que más la tensaba era que, de entre todas las miles de personas que había por la montaña ese día, se hubiera puesto a hablar con ella justo aquel hombre, al que había estado buscando en su cabeza durante todo el día.

Casi sin querer, siguieron conversando el resto del recorrido. Elisa confesó que se había quedado sola por un problema de su compañera de cuarto y que tenía contratado el forfait para cinco días. El hombre dejó caer que coincidían en cuanto a tiempo, pero su hotel no estaba en el pueblo, por lo que solo podrían cruzarse en las pistas.

Cuando la silla llegó arriba y se detuvieron a colocarse los palos, el hombre giró hasta situarse frente a frente con ella, justo a su lado y extendió una mano, sonriendo de medio lado.

  • Mi nombre es Oliver.
  • ..Elisa.

Estrechó la mano enguantada un poco en trance, sorprendida por la naturalidad con la que el tipo llevaba la conversación.

  • ¿Vas para allá?

El hombre señaló hacia delante.

  • ¿Que? No, yo…cogeré esa azul de ahí.
  • Perfecto, bueno… ha sido un placer, Elisa. Espero coincidir de nuevo en alguna otra silla. Y echar un ojo a esos dibujos.
  • Claro, seguro… Igualmente.

Oliver enciscó por una pista negra y en seguida se perdió de vista. La mujer estuvo un rato en lo alto, contemplando las montañas, pensativa. Había sido agradable conversar con él. Y a pesar de las cicatrices, que parecía no ser consciente de lucir, le había parecido un hombre atractivo. Tenía que contarle a Lucía que había ligado en una silla, se iban a reír mucho las dos comparando las opciones que habría tenido de hablar así con él de haber estado juntas.

Descendió por la pista de Rinconada hasta el edificio de servicios y decidió que era buena hora para comer algo. Al salir con su bandeja se encontró de frente con él, de nuevo, y los dos rieron por la casualidad.

  • ¡Vaya, que aproveche! ¿Qué hora es?
  • Cerca de las tres. Queda poco tiempo de esquí ya…
  • Bueno, queda mucha semana. Y dan sol para todos los días. Oye, también yo voy a comer ahora, ¿Te importa que te acompañe?

Elisa balbuceó una respuesta, pillada por sorpresa. El hombre rápidamente reculó.

  • Perdona, no pretendía ponerte en un aprieto. Es que uno se aburre un poco de comer solo… Pero aquí da gusto hacerlo, a solas con tus pensamientos. ¡Que aproveche!

Sin tiempo para reaccionar, Elisa se vio al otro lado de la puerta de cristal, mientras Oliver atravesaba el vestíbulo hacia la barra, llena ahora de gente. Se planteó esperarle, pero en seguida prefirió comer tranquilamente, a solas con sus pensamientos como bien había apuntado él.

El hombre salió al rato, la saludó de lejos y se dirigió al telesilla de Batallero, donde desapareció de su vista. No volvió a verle, y al llegar a Sextas a última hora para coger el autobús, se descubrió buscándole ansiosa en cada cara y cada silueta vestida de oscuro con la que se cruzaba.

Al llegar al hotel habló con Lucía y le contó sus encontronazos con el tipo de las cicatrices. Su amiga rió con la descripción de su cara y sugirió que debía tratarse de algún boxeador o similar.

Era media tarde y apenas hacía frío, así que dio un largo paseo por todos los rincones posibles del pueblo, cenó en el hotel y se acostó temprano.

La mañana del martes llegó a las pistas con más ilusión que el primer día. El planteamiento de la semana había cambiado sustancialmente con la simple posibilidad de cruzarse con el desconocido de la cara cortada.

Había adquirido un segundo cuadernillo la tarde anterior y equipado sus bolsillos con pilots y rotuladores. Si el hombre no aparecía, aprovecharía los ratos entre bajadas para dibujar. Y si aparecía, tendría una buena excusa para entablar conversación.

No fue hasta media mañana, sentada en el iglú de Izas y concentrada en darle sombras a un dibujo, que volvieron a encontrarse. Él bajaba desde una pista roja y frenó casi delante de ella, salpicando nieve a su espalda.

Elisa levantó la vista, dispuesta a imprecar la torpeza y falta de civismo del esquiador y de nuevo se encontró con la sonrisa burlona de Oliver, que desmontó su ferocidad y su argumento de queja retirándose las gafas de sol para mirarla sin barreras.

  • Espero no haber estropeado tus dibujos, te he visto al llegar abajo y venía a cotillearlos… ¿Puedo?

La mujer fingió esconder la libreta, solo para testar la reacción del otro y sonrió al ver su mueca de fingida decepción.

  • Ten… llevaba tiempo sin dibujar…

Oliver arqueó una ceja al ojear la libreta, desde los bocetos más antiguos a los dibujos de los dos últimos días.

  • Tienes talento… ¿No te dedicas a esto?
  • No, en realidad, dirijo una empresa. Lo cierto es que no me queda mucho tiempo para dibujar en mi día a día…
  • Es una pena. Lo que no se practica se pierde. Y un talento así no debería desperdiciarse… Yo no soy quién para juzgar el camino de nadie, pero creo firmemente que el arte natural debe ser explotado, no apartado como un hobby miserable.
  • Si fuera más sencillo vivir de esto, no habría montado una empresa para pagar las facturas.
  • ¿A qué se dedica tu empresa?
  • Software y cosas de ordenadores.
  • ¿Tuviste que estudiar para aprender a diseñar ese software?
  • Sí, claro.
  • ¿Y tenías experiencia en el sector? ¿Habías trabajado de algo de eso?
  • Bastantes años. No se funda una empresa de la noche a la mañana…
  • Ahá… Pues tampoco parece un camino fácil, ¿No? ¿Qué lo hace más asequible que vivir del arte?
  • Touché. No puedo contrariar un argumento tan sólido.
  • El mundo está lleno de artistas frustrados ejerciendo trabajos que ni les van ni les vienen, solo con la excusa de pagar facturas…
  • Sí, supongo que tienes razón…
  • Si pudieras vivir de ello; si tuvieras la certeza total y absoluta de que dibujo que hagas, dibujo que se vende… ¿Lo harías?
  • ¿El qué? ¿Dibujar?
  • Vivir de ello. Dejarlo todo y dedicarte a dibujar como medio de vida.
  • ¿A estas alturas? No lo creo. He perdido mucha mano. Ya no se me da tan bien cómo podría si hubiera seguido con ello….
  • No le pongas tramas a la imaginación. Si pudieras hacerlo, ¿dejarías todo para dibujar?
  • Si tuviera la vida resuelta y no tuviera que volver a trabajar nunca más… quizá.
  • ¿Sólo quizá?
  • También esquiaría hasta conocer todas las pistas del mundo, haría parapente y recorrería cada costa en una moto de agua.

Los dos rieron. Oliver asintió satisfecho.

  • No todo va a ser trabajar, claro. Son buenos planes.
  • Bueno, quién no los tiene…

La mirada del hombre pareció apagarse un instante, aunque sus labios continuaban sonriendo de medio lado. Parecía distraído de pronto.

  • ¿Comerás hoy en las pistas?

La pregunta le pilló por sorpresa.

  • Tenía pensado comer en el hotel, la verdad.
  • Vaya…
  • Aunque podemos comer juntos, si quieres.

Elisa sonrió, coqueta. Recuperó su libreta y se dispuso a marchar.

  • ¿Es una oferta en firme o la vas a retirar, como ayer?

El hombre arqueó las cejas, sin perder la sonrisa.

  • No quise sonar precipitado. Pero si a ti te va bien… ¿En Anayet otra vez?
  • Anayet está bien.
  • ¿Qué tal a las dos?
  • No te vayas si no llego a tiempo, ¿eh? Mi esquí no es tan profesional como el tuyo.
  • Puedo enseñarte algunos trucos, si quieres.
  • Oh… no querría ralentizarte.

La carcajada de Oliver la desmontó.

  • Te he visto esquiando. No vas precisamente lenta.
  • Pero hago mucha cuña. Tú vas mucho más rápido.
  • ¿Bajamos una juntos?

Elisa asintió y se encaramó a sus esquís. Pasaron el resto de la mañana probando pistas juntos. Los consejos que él le dio contradecían todas las instrucciones que había recibido en su vida, pero la ayudaron a deslizarse con más destreza incluso por pistas rojas.

En un momento dado se salió de una pista de forma estrepitosa, perdiendo esquís y deslizándose sobre la cadera derecha hasta frenar en un montículo. Unos chavales que hacían vídeos en el lado opuesto de la pista se rieron del evento y Elisa sufrió aquella burla más que la caída. Oliver la ayudó a levantarse, farfullando algo ininteligible. Cuando los chavales se echaron pista abajo se cayeron todos, uno tras otro.

  • Qué malo es el karma, ¿verdad?

El hombre dijo aquello con una sonrisa maliciosa y Elisa no pudo evitar reírse por lo bajo.

  • ¿A dónde ahora?

Estaba animada. Oliver la había enseñado a levantarse con más elegancia de como lo hacía y eso la hacía sentirse más confiada. El hombre señaló la siguiente pista y el remonte que llevaba a ella.

  • A Culivillas. Es una pista muy cortita, entre árboles.
  • ¿La de los domos geodésicos?
  • Esa

Descendieron hasta el remonte de Culivillas y a media subida descubrieron que en la silla de delante subían los mismos muchachos de la pista anterior. Elisa resopló con fastidio. No le hacía mucha gracia volver a bajar cerca de ellos. Él también se dio cuenta.

  • Mira, van delante los mamarrachos que se estaban burlando abajo. ¿Quieres dar envidia a esos gilipollas?
  • ¿Envidia?
  • Sí. Tú sígueme.

Aprovecharon que los muchachos se habían parado a atarse las tablas y el hombre la condujo con suavidad hacia uno de los iglús. Elisa hizo como él, retirándose los esquís a la entrada del recinto y accediendo con toda naturalidad. Después le susurró por lo bajo, divertida.

  • ¿Quieres hacerles creer que nos alojamos aquí? ¿Esa es tu idea de dar envidia?
  • No quiero hacerles creer nada.

Abrió y la hizo pasar al interior de uno de los iglús. Justo antes de entrar Elisa pudo otear las caras de sorpresa de los tres muchachos y eso la hizo acceder al domo mucho más alegre.

  • ¿En serio te alojas aquí?

Echó un vistazo al interior del iglú y las despampanantes vistas. La estancia estaba dividida por un sobrio tabique de madera, dejando frente al ventanal una cama enorme y una colección de mullidas colchonetas para acomodarse en distintos ángulos. Detrás quedaba la zona privada, de baño y cocinita y subiendo unas escaleras de diseño, un pequeño altillo.

Justo frente a ellos quedaba una pequeña estufa de estilo nórdico flanqueada por dos sillas cubiertas por mantas de pelo.

  • Sí. Toda la semana. Podemos comer en la terraza, si quieres. El restaurante no sirve a medio día, pero si te apetece quedarte a cenar puedo avisar.

Elisa estuvo a punto de aceptar la invitación, pero rápidamente declinó la oferta. Sin embargo, tras un agradable almuerzo en la terraza, charlando de todo un poco, se arrepintió de haberla rechazado tan rauda.

Siguieron esquiando juntos hasta casi el cierre de estación y Elisa volvió al pueblo rememorando el día. No había pasado nada entre ellos, no había habido siquiera un roce sutil, y sin embargo, tenía la sensación de haber intimado más de la cuenta con el hombre de la cara cortada y seguir sin saber absolutamente nada de él.

Mientras cenaba, y al día siguiente desayunando, se imaginaba las vistas que debía estar disfrutando y se dijo que, aunque solo fuera por aquella experiencia, merecía la pena aceptar la invitación.

 

4 El lado canalla

 

Había estudiado todos sus pasos y podía moverse por la estación tan deprisa y tan sutil que podrían no haberse cruzado siquiera en toda la semana. Pero eso le restaba entretenimiento a la caza.

Especializado en conversaciones superfluas y sonrisas enigmáticas, Leal hizo por cruzarse con ella varias veces, manteniendo la estrategia de acercarse y huir, a sabiendas de que despertaría su interés.

Después, una vez la hubo liado para esquiar juntos, hizo que Hakkon la derribara, para así poder posicionarse como el soporte ideal para la frustración de ella.

  • ¿Y qué hay de esos niñatos? ¿Pasa algo si los tiro también?
  • Será un placer verlo.

Hakkon disfrutó mucho de su breve interacción con la mujer y los tres chavales, materializándose lo justo para hacerles tropezar y caer. Pero después, la conversación que siguió le hizo menos gracia.

  • Qué malo es el karma, ¿verdad?
  • ¿El karma? ¿Ahora me vas a llamar así? Ten huevos y cuéntale que me has pedido tirarla. A ver si te ríe las bromas con la misma sonrisita bobalicona…

Durante toda la comida, Hakkon estuvo sugiriendo formas soeces de convencer a la mujer de pasar la noche en el iglú; burlándose de las trivialidades que comentaban y respondiendo de forma mordaz a cada pregunta y cada comentario que hacían. Claro que solo Leal podía verle y escucharle y había desarrollado una inigualable habilidad para ignorarle.

Horas más tarde, cerrada ya la estación, Oliver Leal contemplaba el silencioso atardecer apoyado en la barandilla de su terraza. No había nadie más que él y, sin embargo, conversaba en voz muy baja en un idioma que nadie en la actualidad podría reconocer siquiera. El fantasma junto a él seguía insistiendo en formar parte de la estampa.

  • ¿Cuándo la vas a matar, viejo?
  • El viernes.
  • ¿Por qué el viernes?
  • Porque me apetece esquiar.
  • ¿Y no puedes esquiar después de matarla?
  • El sábado habrá tormenta. El resto de la semana sol.
  • ¿Y?
  • Que quiero aprovechar la semana. El encargo exige que no vuelva a Madrid. Y hasta el viernes no tiene que volver.
  • Eso es que te la piensas tirar, ¿verdad?

El hombre no contestó.

  • No te estarás enamorando de esa zorrita, ¿no?

Leal arqueó una ceja despectiva. La chica era mona, sí, pero no estaba en sus planes enamorarse de nuevo. No tan pronto. Hakkon siempre sugería líos y compromisos, y cuanto más interés personal tenía en acercarse a alguna mujer, más intervenía.

  • Estaría feo que me hicieras sacarla de la pista y luego acabaras pillado. Podría reírme de ti largo y tendido…
  • Sigue soñando.

 

5 Miércoles

 

Cuando la excursión de raquetas desde Las Mugas partió del hotel, a las nueve de la mañana, Leal saludó amigablemente al guía, que le devolvió el saludo extrañado, preguntándose a qué clase de acuerdo habría llegado aquel hombre con la dirección del hotel para quedarse toda la semana en el exclusivo alojamiento.

Leal estuvo observando a la mujer largo rato antes de decidir acercarse. Era evidente que le estaba buscando, pero su cambio de atuendo ese día, de negro a blanco, tenía por objeto desconcertarla.

La siguió por un par de pistas, a sabiendas de que no le reconocería y esperó a que se sentara a dibujar de nuevo para acercarse al fin.

  • ¡Buenos días, Elisa! ¿Qué paisaje toca hoy?
  • ¡Oliver! Pues justo estaba dibujando tu hotel… mira, ahí estamos los dos, almorzando en la terraza.
  • ¿Es un recuerdo o una premonición? ¿Te apuntas a otra merienda en el iglú?
  • Bueno, si sigue en pie…

El hombre sonrió. Tenía una forma de sonreír enigmática y encantadora. Elisa abstrajo en su mente la imagen de su rostro, imaginándolo sin aquellas marcas. Había pensado mucho en él en las últimas horas. En las posibilidades de la semana. En su oferta de quedarse a cenar.   

  • ¿Qué tal arrancar con unas rojas?

La mañana de esquí pasó volando y de nuevo se encontraron sentados en la terraza del iglú, con sendas copas de vino y un plato de aperitivos entre ellos. Entre trivialidades y planes de futuros idílicos, Elisa al fin se atrevió a preguntar:

  • ¿Cómo te hiciste esas cicatrices? ¿Un accidente de esquí?

El hombre rio, esperaba la pregunta.

  • Era instructor de artes marciales.
  • Un aprendizaje duro…
  • Sí. Elegí mal los destinos para ejercer.
  • Así que eres de esos hombres que pueden matar con las manos desnudas…

Hakkon estalló en carcajadas y Leal difícilmente pudo ocultar la diversión en su mueca de inocencia.

  • Con las manos, con cuchillos, con espadas… incluso con esos esquís.

Elisa fingió asustarse.

  • Uy, creo que me llaman por teléfono… jeje.
  • Estás a tiempo de huir.
  • ¿Esquiando? Me alcanzarías en seguida.
  • ¿Asumes que no tienes escapatoria?
  • Asumo que no querría escapar de ti.

El hombre tragó saliva, despacio, teatral, alargando la pausa mientras sus miradas se clavaban la una en la otra.

  • ¿Es esa una oferta en firme o la vas a retirar?

Elisa sonrió sugerente y dio un trago lento a su bebida.

  • ¿Sigue en pie lo de cenar aquí?
  • Bueno, queda aún mucha tarde por delante.

La mujer sacó la lengua ante el tono burlón del otro. Se levantó, dejando la copa en la mesa y se despidió con una reverencia.

  • Si me disculpas, debo ir al servicio.

Leal se levantó también, caballeroso, y mientras ella entraba al servicio, aprovechó para recoger los aperitivos y fingir que preparaba el almuerzo. Eso le dejaba justo ante la puerta del servicio, y cuando Elisa salió de allí se encontraron los dos en un espacio reducido entre estantes, casi chocando.

  • ¡Oh! Perdona. No sabía que estabas ahí… ¿te ayudo con eso?
  • No, tranquila, pasa…

El hombre se apartó hacia la pared, dejándola espacio y cuando Elisa amagó con pasar se adelantó ligeramente. Estaban muy cerca uno del otro y la mujer sonrió con picardía.

  • ¿Vas a hacerme una llave o algo así si sigo avanzando?
  • ¿Es una invitación?
  • ¿Y si lo es?
  • Podría aceptarla.

Elisa cogió de su mano la lata que sujetaba y la apartó a un lado. Los dedos de él soltaron despacio y rozaron su mano. Sus miradas se encontraron y fue ella quien adelantó un paso para besarle.

Después, todo fue tan fluido como deslizarse por una pista de esquí. Se retiraron la ropa el uno al otro y Elisa se apartó un instante al descubrir el torso de él y la grotesca cicatriz que lo surcaba, desde la ingle hasta el cuello, oculta hasta entonces por la ropa de abrigo. Él sonrió, sacudiendo la cabeza y terminó de desnudarla, ya tendrían tiempo para aclaraciones.

La mujer le empujó contra la cama y se sentó sobre él. Llevaba tanto tiempo sin acercarse a nadie que no fuera su exmarido que se sentía como una quinceañera estrenando la experiencia. Cuando intentó recostarle, él la levantó en vilo, la giró y la puso a cuatro patas, frente al ventanal.

Elisa tuvo la impresión de que el tipo se movía con furia, aunque después la incorporó con suavidad y la tendió de lado con tanta ternura que terminó por desconcertarla. Y allí tendidos, apoyada la espalda contra su pecho también lleno de cicatrices y con la espectacular vista de las montañas frente a ellos, la mujer tuvo la impresión de que aquello era sin duda el paraíso.

  • ¿Me he matado esquiando y estoy en el cielo?

Leal soltó una carcajada y su pechó tembló de forma agradable. Elisa se giró para mirarle.

  • En serio. Podría pasar aquí toda la semana… si tú quieres.
  • Mmm… no sé, no sé… ¿y compartir estas vistas formidables y esta cama tan grande con una mujer preciosa? No sé si lo veo…

Volvieron a besarse y las manos de ella se deslizaron por la cicatriz más llamativa de su cuerpo.

  • ¿Esto también han sido las artes marciales? Tuvo que ser una herida muy fea.
  • ¿Sabes esas facas largas como un brazo que tienen en Sudamérica?… tuve un encontronazo con unos tíos en la selva y aún no era instructor de artes marciales…
  • ¿En la selva? ¿Y cómo sobreviviste?
  • De milagro. Nunca sabes dónde estará tu momento de morir y dónde el milagro que te salvará la vida…
  • Tuvo que ser muy doloroso.
  • La recuperación sobre todo…

Elisa se tumbó de lado también, de espaldas al ventanal, mirándole de frente.

  • ¿Y no te dan miedo los cuchillos después de eso? Yo estaría acojonada…
  • Las experiencias cercanas a la muerte cambian bastante tu perspectiva de las cosas…
  • Sí, eso dicen.
  • Imagina que te avisan de que vas a morir, ¿qué harías?
  • Bueno, supongo que depende de cuándo vaya a morir. ¿Voy a morir mañana? ¿El mes que viene? ¿Dentro de dos años?
  • Empecemos por dos años. ¿Qué harías si supieras, con total certeza, que en dos años estarás muerta?
  • ¿Cómo voy a morir? ¿Por una enfermedad terminal? En plan, ¿voy a irme deteriorando poco a poco hasta palmarla del todo? ¿O estaré sana hasta el día de mi muerte?
  • Imagina un paro cardiaco. Una muerte rápida e indolora.
  • Uff…. Dos años, ¿eh?

Elisa se estiró en la cama. Leal aprovechó para acariciar su pecho, aparentemente distraído. Intentaba obviar los comentarios sarcásticos de Hakkon, primero sobre su sesión de sexo salvaje y después sobre la forma aún más salvaje de avisarla de que iba a morir.

  • …supongo que cedería a las estúpidas pretensiones de mi exmarido. Le vendería mi parte de la empresa y me dedicaría a vivir a lo bestia.
  • ¿Problemas con tu exmarido?
  • Fundamos la empresa a medias. Ahora quiere quedarse con ella y llevarse el mérito del diseño del software, pero no pienso permitirlo. Llevamos meses de abogados y burocracia para repartir la casa y demás pertenencias. Cometí el error de casarme en gananciales con un gilipollas y ahora estoy pagando las consecuencias.
  • Imagina que en esos dos años ya te has librado de él… no estropees el momento.

La mujer sonrió y centró su atención, como sugería el otro.

  • Dos años de vida y sin tener que preocuparme de ese estúpido arrogante, ¿eh?… creo que esquiaría a menudo. Se conoce gente muy interesante en las pistas…

Dijo aquello guiñando un ojo al otro hombre, que la escuchaba con semblante indescifrable.

  • ¿Querrías repetir pistas? ¿No prefieres descubrir nuevos horizontes?
  • Querría descubrir nuevas pistas… pero dos años se pasan volando. Si tú quisieras, podría explorar todas esas pistas contigo.

El hombre sonrió de medio lado.

  • ¿Y si fuera solo un mes?
  • ¿Sólo un mes de vida? ¿Con qué presupuesto?
  • Ilimitado, claro. Estamos soñando.
  • Buscaría los lugares más espectaculares y saltaría en paracaídas en todos ellos y el último, cuando supiera que es mi último día, saltaría sin mochila.
  • Un final muy épico… ¿y si te quedara una semana de vida? Imagina que fuera esta semana. Aquí y ahora, y que el viernes fuera tu último día.
  • Eso es menos de una semana… ¡estamos a miércoles!
  • El sábado dan tormentas, se acaba lo bueno, para un final épico mejor que haya un sol radiante, ¿no?
  • Si solo me quedara esta semana de vida… no querría salir de este iglú.
  • ¿Ni para esquiar?
  • No lo sé… ya he probado todas estas pistas y no daría tiempo a andar contratando saltos, ni a hacer grandes viajes a países exóticos…

La voz de Elisa se iba apagando por momentos. Su mirada se perdió en el techo un momento, mientras los ojos se le llenaban de lágrimas.

  • Si muriera el viernes, lo mejor que hay en mi vida ahora mismo está en esta habitación. No querría salir…
  • Ey…
  • Mi vida era una mierda antes de esta escapada. Llevo un año luchando con la persona que debía hacerme feliz el resto de mi vida y no ha hecho más que amargarme, robarme y destrozarme la vida. Mi familia debía apoyarme y se pusieron de su parte. Aborrezco mi trabajo. Aborrezco mi casa y me da tanta pereza una mudanza que no he sido capaz de deshacerme de ella y huir de allí. Iba a ser un viaje perfecto y mi mejor amiga me dejó tirada por un asunto familiar. Y su familia no es mejor que la mía. Podía haberse quedado conmigo, pero le dio igual que yo necesitara su compañía… no creo que echara nada de menos si me muero este viernes… salvo vivir. He pasado los últimos dieciséis años dedicada al cien por cien a un trabajo que me enterrará en la mierda y luchando por gente que no me recordará cuando me haya ido… perdona.

Sollozaba. Se incorporó dándole la espalda y trató de huir en busca de un pañuelo o un espacio en el que desaparecer, pero el hombre la rodeó con piernas y brazos y la meció contra su pecho, apaciguándola.

  • Ssshh… tranquila… shhh… estás a tiempo de vivir, Elisa. Estás a tiempo de hacer lo que quieras con tu vida. Dejar todo eso atrás y disfrutar de cada día como si fuera el último…

Hakkon se llevó una mano a la cara, resoplando, y se volvió hacia el ventanal.

  • No lo hagas, tronco. No la líes…

Pero el hombre le ignoró, como acostumbraba. A base de besos y caricias logró serenarla y la fue recostando suavemente sobre el lecho. Una vez así, se esmeró en hacerla olvidar el mal trago, hasta que fue ella quien le obligó a tenderse y se encaramó a su cuerpo, cabalgándole con rabia. Después se quedaron tumbados, ella sobre él, en silencio. Hasta que advirtieron el cambio de luz.

  • ¡Las sillas han parado!
  • Puedes bajar esquiando hasta Anayet, aún salen autobuses hasta la noche… o puedes quedarte aquí y disfrutar de una cena gourmet en el restaurante.

No quedaba mucho para la cena y después de la tarde que llevaban, dormir allí no parecía descabellado.

6 Decisiones de última hora

 

Después de ver el atardecer y de la prometida cena en el restaurante del hotel, en el que coincidieron con otra pareja de huéspedes y disfrutaron de una estupenda velada, contemplaron el paisaje nocturno sentados en la cama, Elisa entre las piernas de él y apoyada en su pecho.

  • ¿Y tú qué harías?… si supieras que vas a morir.

El hombre guardó silencio. Ella no podía verlo, pero su sonrisa era triste.

  • Yo ya he hecho todo lo que quería hacer en mi vida. Si supiera que voy a morir, con total certeza, creo que no haría nada especial. Me dejaría llevar por la deriva hasta que la muerte me alcanzara y la abrazaría sin más.
  • Eso suena muy pesimista. No te hacía un melancólico…
  • Tú anhelas vivir y yo debería haber muerto hace mucho tiempo.

Elisa se volvió hacia él, confundida y el hombre señaló la gruesa cicatriz de su pecho. Su cuerpo lucía muchas otras cicatrices, algunas de ellas de heridas también sospechosamente mortales. Recorrerlas la había hecho fantasear con cruentas batallas y escenas sórdidas de lucha.

  • Es una suerte que no murieras entonces. Así has podido aparecer aquí y devolverme la vida.

La mueca en el rostro de él era difícil de leer. Chasqueó la lengua y sacudió la cabeza, como si hablara con alguien más y después la miró a los ojos.

  • No estoy aquí para devolverte la vida, Elisa. Estoy aquí precisamente para asegurarme de que no vuelves a casa.
  • ¿Qué?
  • Tu vida tiene fecha de caducidad. Imagina que fuera una enfermedad terminal. Imagina que fuera un médico el que te dijera que te quedan dos días de vida. Esa es tu fecha límite.
  • Pero ¿qué estás diciendo? ¿cómo que dos días de vida? ¿Qué locura es esa?…

La mujer se apartó de él, arrancando una sábana y cubriéndose con ella mientras se ponía en pie, asustada.

  • …No tengo ninguna enfermedad terminal. No tienen gracia ya esas hipótesis.
  • La tienes. Yo soy tu enfermedad terminal.
  • ¿Pero qué tonterías estás diciendo?
  • Mira, normalmente no correría el riesgo de contarte esto. Acabaría el trabajo y ya está, pero creo que podemos pasar buenos ratos juntos… si tú quieres.
  • ¿Se te ha ido la olla? ¿De qué ostias me estás hablando, Oliver? ¿Te estás escuchando?
  • Siéntate y escucha.
  • ¡No voy a sentarme! ¿Me estás diciendo que voy a morirme en dos días y esperas que me siente y te escuche?
  • Está bien. Sal ahí fuera. Márchate en medio de la noche. Seguro que te va mejor que conmigo.

Elisa miró a través del plástico del domo. Podía pedir ayuda en los iglús contiguos, pero no tenía claro qué debía decirles. Respiró hondo y se sentó en una de las sillas, bien lejos de la cama.

  • Está bien. Te escucho.
  • Me han contratado para matarte.
  • ¿Qué?
  • Tu marido. Ex marido, me ha contratado para matarte.
  • ¿Mi..? ¿Qué? ¿Esto es una cámara oculta o algo así?
  • Escúchame, Elisa. Raúl te quiere muerta.
  • ¿Cómo sabes su nombre? ¿Cómo que te ha contratado? ¿Qué..?
  • Presta atención. No vas a salir de este valle con vida, Elisa. Tu ex marido ha pagado una buena suma para asegurarse de que no regresas… por suerte para ti, el trabajo me ha sido asignado a mí y estoy dispuesto a proponerte un trato.
  • ¿Un trato? ¿Qué trato?
  • No puedo no matarte…
  • ¿Qué?
  • Escúchame… puedo matarte el viernes o puedo darte una prórroga, ayudarte a vivir todos esos sueños que tienes: volar, navegar, esquiar… pero tarde o temprano, tendré que matarte.
  • ¿Que tendrás que matarme? ¿Pero te estás oyendo? Mira, esto no tiene gracia. Quiero irme de aquí, Oliver. No quiero saber nada más de ti ni de tus putas locuras.
  • No lo entiendes, Elisa. Podía haberte matado el lunes. Podía haberte matado ayer o esta misma tarde. Pero no quiero hacerlo.
  • Oh, vaya, gracias…
  • No quiero hacerlo, pero no puedo no hacerlo. Podemos engañar a Raúl, pero no podemos engañar a La Hermandad. Solo podría conseguirte tiempo y para que puedas realmente disfrutar de ese tiempo, tendrías que quedarte conmigo.
  • ¿Me estás ofreciendo quedarme contigo, creyendo que algún día me matarás?
  • Puedes morir ahora, tal cual es tu vida hasta hoy, o puedes venir conmigo, disfrutar de todo aquello que quieres disfrutar y algún día, cuando no pueda seguir escondiéndote, morir igualmente. Todo el mundo muere.
  • ¿Y crees que me quedaría contigo así, sin más, sabiendo que vas a matarme? ¿Qué me impide ser yo quien te mate? ¿Qué me impide a mí huir durante la noche? ¿O ir a la policía? Todo esto es de locos…
  • ¿Eso es que no aceptas el trato?
  • ¡Claro que no acepto el trato, maldito psicópata! Quiero irme de aquí ya. Ahora mismo.
  • Está bien.
  • ¿Qué?
  • Ahí tienes tus esquís. Puedes incluso pedir ayuda, aunque no creo que nadie te haga mucho caso…
  • ¿Me amenazas de muerte y luego me dejas irme?
  • Sí.

Elisa frunció el ceño. Nada tenía sentido. Empezó a vestirse, vigilándole desconfiada, pero el hombre seguía sentado en la cama, sin mostrar ni el más mínimo interés en perseguirla.

  • ¿Me estabas vacilando?
  • No.
  • ¿Vas a quedarte ahí después de avisarme de que vas a matarme?
  • Sí.
  • ¿Por qué?
  • Porque puedo matarte cuando quiera, Elisa. Esperaba poder ayudarte a disfrutar todo lo que te ha sido negado y más, pero si no quieres aprovechar esa oportunidad, no voy a forzarte a ello.

La mujer abrió y cerró la boca. Era tan ofensivo, tan inusual y tan cruel lo que le estaba diciendo, que no sabía cómo reaccionar.

  • ¿Has dicho que puedes matarme cuando quieras? ¿Pero quién te crees que eres? ¿Rambo? Esto no tiene sentido… ¿dónde está la cámara? No me puedo creer que nada de eso sea en serio…
  • Puedes creer lo que quieras. Pero no va a cambiar el hecho de que no volverás con vida a tu casa.

El hombre se mostraba indolente ante su terror, en un momento dado pareció fijar la vista en un espacio vacío de la habitación, al que respondió.

  • Ya, ya veo que no es Sitxare. Tenía que intentarlo.
  • ¿Con quién hablas? ¿Qué significa sichare?
  • Sitxare fue una mujer extraordinaria a la que me encargaron matar hace mucho tiempo. Una reina del crimen, con muchos enemigos poderosos… ella sí aceptó el trato que te propongo. Pasamos juntos diez años maravillosos hasta que finalmente cumplí con mi encargo. Pero qué diez años… era una mujer con carácter, con grandes planes. Sin duda sabía pasarlo bien…

Parecía que lo estuviera comentando con otra persona. El último comentario incluso lo hizo mirando de nuevo al espacio vacío de la habitación. Elisa entendió en ese momento que aquel tipo extraño cubierto de cicatrices realmente había perdido el norte. Su mecanismo de defensa, mientras pensaba en un plan de huida, fue seguirle el juego.

  • Así que eres asesino a sueldo… ¿haces mucho eso de acostarte con tus objetivos?
  • Si merecen la pena y así lo desean, sí. Al final eso que se llevan. Yo no fuerzo a nadie a pasar un buen rato.
  • No, claro. Quédate conmigo hasta que te mate es el mejor plan que pueden ofrecerle a una.
  • No sabías que iba a matarte cuando te has lanzado a besarme, Elisa.
  • ¡Pero tú sí! ¿No es cierto? Toda esa maniobra, todo ese adular mis dibujos, invitarme a cenar… ¡sabiendo que pretendías matarme!
  • Tus dibujos son extraordinarios. Insisto en que podrías haberte dedicado a ello…

Elisa soltó un grito desesperado.

  • Mira, no me creo una palabra de lo que estás diciendo. No puedes ser tan hijo puta. Ni Raúl sería tan cabrón…
  • Raúl ha pagado medio millón de euros para liquidarte, Elisa. Tu seguro y el acuerdo empresarial cubren de sobra los costes y aún así le quedarán beneficios.

No eran las cosas que decía, sino cómo las decía, con aquella alegre parsimonia, sin alterarse ni un ápice lo que la ponía los pelos de punta.

  • No me creo una mierda de lo que dices. Me largo.
  • Como quieras.

Elisa salió del iglú. La noche estaba despejada y se veía una cantidad impresionante de estrellas en el cielo. Se abrochó las botas de esquí y el abrigo y antes de calzarse las tablas contempló el descenso por la pista de esquí, relativamente visible a la luz de los otros iglús y bajo el manto celeste. Era un suicido. Pero también lo era quedarse allí, al parecer. Se planteó pedir ayuda a los otros huéspedes, pero se imaginó a sí misma entrando en uno de aquellos niditos de amor en mitad de la noche relatando que el que habían conocido como su compañero sentimental la había amenazado de muerte, sin un solo rastro, sin una sola marca y supuso que la tomarían por loca. No podía esperar a la mañana siguiente. No podía quedarse a morir allí. Aunque según él, su vida caducaba el viernes, tenía dos días por delante para escapar de allí y contarle a la policía o a la guardia civil toda aquella locura. Con la cara como la tenía de marcas no sería difícil de encontrar. Lo denunciaría y la policía la pondría protección… después pensó en Raúl. Si de verdad aquel cabrón había pagado por matarla, daba igual que huyera de uno; otro vendría después y acabaría el trabajo. Era increíble pensar que su exmarido hubiera llegado tan lejos como para contratar un asesino para acabar con ella. No un asesino, sino a una agencia al parecer, por lo que aseguraba que si no lo conseguía el primero lo hiciera el siguiente… Y difícilmente ningún otro le ofrecería el trato de favor que en teoría ofrecía aquel descerebrado.

Después repasó la tarde extraordinaria que había pasado con él. Los tres días anhelándole y aquellas horas maravillosas degustándole. No podía decir que hubiera habido amor, pero sí buen sexo. ¿Y si pasaba follando con él las horas que le quedaban hasta que la matara? Al menos estaría calentita… la temperatura había caído una barbaridad al ocultarse el sol y ella seguía de pie en el sendero que separaba el iglú de la pista, decidiendo qué hacer.

Estaba hecha un lío. Repasó la conversación una y otra vez en su cabeza. Si no había mentido, y algo le decía que nada de lo que había dicho era falso, había un precedente. La tal Sitxare había sobrevivido diez años. ¡Diez años atada a su verdugo, sabiendo que la mataría! Era de locos. Pero quizá tuviera una oportunidad… al menos de llegar a la mañana. Le haría creer que aceptaba su trato y le abriría la cabeza con cualquier cosa que encontrara en la cabaña, así podría huir por la mañana… aunque si era cierto que era un maestro de artes marciales, poco podría hacer para sorprenderle. Qué situación.

Mientras sopesaba sus opciones, vio al hombre de las cicatrices salir del iglú, vestido con un pantalón de pijama y cubierto por la cazadora de nieve blanca. Se apoyó en la barandilla, de espaldas a ella y se quedó allí, contemplando el paisaje nocturno, tan tranquilo. Le dio la impresión de que hablaba con alguien, pero no había nadie más en la terraza.

Tras mucho pensárselo, volvió a la plataforma. El hombre se volvió hacia ella despacio.

  • ¿Te lo has pensado mejor?
  • No vas a matarme.
  • ¿No?
  • No vas a matarme. Vas a dormir ahí abajo y yo dormiré en el altillo, que pueda verte y mañana me iré de aquí, a plena luz y sin que me sigas.
  • ¿Y eso por qué?
  • ¿Cómo que por qué?
  • ¿Por qué has decidido volver y pasar esta noche en mi tienda?
  • Porque… no vas a matarme.
  • Esta noche no.
  • Ni mañana.
  • Probablemente.
  • Pues mañana me iré de aquí y olvidaré que hemos tenido esta absurda conversación.
  • Si así lo quieres… pero te advierto que la prórroga solo funciona si te quedas conmigo. Puedo hacer creer a Raúl que he cumplido el encargo, pero no puedo engañar a La Hermandad. Todo el tiempo que tú sigas con vida es tiempo que mi acuerdo con ellos peligra y no veo motivo para ponerlo en riesgo sin un beneficio suficiente…
  • ¿Un beneficio? ¿Te refieres al medio millón de euros? ¿Eso quieres?
  • No, Elisa. El dinero no es relevante en este trato.
  • Ah, claro. El dinero no importa. Porque matas por amor al arte, ¿no es eso?
  • No, mato por dinero. Pero ofrecerte seguir con vida no tiene nada que ver con la pasta. Era una propuesta personal.
  • Mira, no quiero seguir hablando contigo. Necesito un lugar donde pasar esta noche y no pienso pasarla acojonada creyendo que vas a matarme, porque no lo vas a hacer. Todo esto es algún tipo de broma pesada en la que no pienso caer. Voy a entrar ahí, voy a subir ahí arriba y tú no vas a acercarte siquiera.
  • Puedes estar segura de eso.

La mujer entró en la tienda, completamente convencida de que el otro no osaría acercarse a ella.

  • A ver si me he enterado… ¿Vas a matarla o no?
  • Sí, claro.
  • ¿Esta noche?
  • No se mata donde se duerme. Sigo teniendo de plazo hasta el viernes.
  • Esa cabrona te la va a jugar.
  • ¿Y qué puede hacer? ¿Matarme mientras duermo?

Hakkon soltó una carcajada.

  • Estaría bien eso. Se lo sugeriré mientras duerme a ver si se anima.
  • Buena suerte.

Leal entró en la tienda. Elisa le oteaba desde el altillo con desconfianza, no volvieron a cruzar ni media palabra durante el resto de la noche. La mujer apenas pudo pegar ojo, pero el hombre de las cicatrices dormía a pierna suelta, sin ningún temor.

En cuanto la luz fue suficiente, Elisa bajó del altillo, se vistió y salió al exterior, dispuesta a bajar esquiando. Había un bulto en la cama y no se fijó en que los esquís de él no estaban apoyados fuera. Sigilosa y aterrada, abandonó el iglú y se lanzó pista abajo en busca de su salvación… pero la pista aún estaba muy helada, tuvo una mala salida de pista y ya no se levantó.

Escasos minutos después, Oliver Leal llegaba desde lo alto de la montaña, de un paseo matutino recolectando un ramillete para la mujer con la que había pasado la noche. Saludó al personal del hotel, que empezaba a preparar el desayuno y que bromeó con el romanticismo de aquel detalle y juntos descubrieron, por radio, que había habido un accidente mortal en la bajada desde donde estaban. Llegaron corriendo a la pista desde donde otearon la recogida de un cuerpo. Al hombre de la cara marcada, que tan bien caía a todos los del hotel, le temblaron las piernas y tuvo que ser ayudado a sentarse.

  • Estaba dormida…

Todos le habían visto el día anterior, tan ilusionado con su ligue. Y se habían alegrado por él. Un hombre encantador, con un rostro difícil de casar, que había encontrado a una chica guapa en las pistas y se la había llevado a cenar al hotel. Era una bonita historia con un final trágico.

El hombre prestó declaración cuando la guardia civil subió a investigar al hotel. No tenía más relación con la chica que la que ya habían mencionado los testigos. Se habían conocido en las pistas, habían comido juntos, se habían acostado y a la mañana siguiente ella había decidido salir a esquiar antes que él, mientras él recolectaba flores para tener un detalle. Tal como ya habían apuntado los demás, él la había estado enseñando a esquiar, la había acompañado un par de días y se les veía muy alegres juntos. No lucía signos de violencia. No había huellas que indicaran que nadie la había empujado. Sencillamente había perdido el control al borde de la pista y había ido a parar con la cabeza contra un árbol. Mala suerte.   

Cuando todo hubo pasado, su maleta estuvo empacada y se disponía a bajar esquiando por la misma pista, el camarero del restaurante salió a despedirse de él, muy afectado, y le deseó mejor suerte en el futuro. También el chico del remonte, que los había visto subir varias veces y con el que había estado charlando a ratos aún antes de aparecer con la mujer, tuvo unas palabras de pésame. Leal se lo agradeció, con rostro apesadumbrado y fue descendiendo, muy despacio, hasta el punto de recogida de equipaje del hotel, en Anayet.

Nadie sospechó jamás. Nadie encontró huella alguna que pudiera relacionarle. Y La Hermandad realizó su pago puntualmente, como siempre.

Dos meses después, Raúl Vicada Morente, ex marido de la fallecida Elisa de Castro López, aparecía muerto en su apartamento, a puerta cerrada y sin signos de violencia. Junto a su cadáver, aunque nadie podía afirmar si aquello pertenecía a la casa o no, había un dibujo de un paisaje nevado, de alguna estación de montaña. Quizá murió recordando a su ex esposa.

 

Puertas a la Atlántida

(Oliver Leal)

OTROS TÍTULOS DE LOS CLANES SUMERGIDOS

∇∇∇

Familia Rochavella

Reseñas de lectores de Puertas a la Atlántida – ¡¡Feliz día del libro!!

Reseñas de lectores de Puertas a la Atlántida – ¡¡Feliz día del libro!!

«Quisiera expresar mi más sincera gratitud a todos los lectores que comparten magníficas reseñas en sus perfiles, animando a otros lectores a sumergirse entre las páginas de mis libros.»

Escocia Figno

Gratitud por las sonrisas arrancadas con cada palabra vuestra.

Por estas flores para el alma merece la pena publicar lo que se escribe.

 

¡¡FELIZ DÍA DEL LIBRO!!

 

Puertas a la Atlántida

(Oliver Leal)

OTROS TÍTULOS DE LOS CLANES SUMERGIDOS

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Familia Rochavella

Libro de momentos (Oliver Leal) – Ánika

Libro de momentos (Oliver Leal) – Ánika

La nieve entraba en el salón arrastrada por ráfagas de la feroz ventisca. Demasiados agujeros que tapar en todo el recinto. El único habitante perenne del gran castillo se calentaba las manos en un caldero de hierro lleno de troncos y carbones encendidos, sumido en recuerdos de tiempos mejores, pero el aroma sutil de una forma viva atrajo su atención, haciendo que se volviera ágilmente.

Junto a una columna del corredor lateral del gran salón había una figura encapuchada. Sus pasos ligeros y bien acolchados habían ocultado su avance, pero el aroma de un cuerpo cálido en aquel gélido universo era imposible de ocultar.

  • No te quedes ahí y ven a calentarte junto al fuego.
  • ¿Y si fuera una amenaza?
  • Amenázame después de calentarte las manos. Debes estar helada.

La mujer frunció el ceño. No esperaba ser detectada antes de llegar a su altura y, desde luego, no esperaba ser identificada tan rápido. Avanzó entre las mesas vacías hasta el fuego, hacia el que el solitario guardián del castillo se había vuelto a girar, confiado. Al llegar junto a él se deslizó por su espalda, plantando la daga que llevaba en la mano sobre el cuello desnudo, bajo la cuidada barba.

El hombre ahogó una risita y presionó contra su vientre la punta de un puñal que hábilmente había preparado para repeler ese ataque. La mujer resopló molesta y apartó la daga, echándose a un lado a calentarse las manos, como le había ofrecido el otro.

  • Respeto tu empuje, no creas. Pero a estas alturas no es tan sencillo matarme, querida.
  • No… y menos con ese fantasma chivato que te acompaña.
  • No alimentes su ego, no es tan buen guardaespaldas… No esperaba volver a verte.
  • Se suponía que no debías verme, Reshi.
  • Practica más. Sé más paciente…
  • Sí, sí, todo el rollo ese ya me lo sé.

Intercambiaron una sonrisa burlona antes de colocarse frente a frente. El hombre de las cicatrices apenas había cambiado en aquellos diez años, pero ella ya no era la jovencita que un día había abandonado la escuela de asesinos. Se miraron a los ojos un instante y después la mujer se abalanzó sobre él, abrazándole con familiaridad. Reshi devolvió el abrazo. Era cierto que no esperaba verla de nuevo y desde luego no esperaba verla convertida en una atractiva mujer.

Se observaron al separarse. Los ojos grises de Reshi escrutaron el rostro, ahora también marcado, de la que había sido su pupila en el último tiempo que había participado en la instrucción de la Hermandad. Cada algunas décadas volvía a presentarse a la Hermandad como instructor, garantizando la perpetuación de algunas técnicas de lucha antiguas pero muy efectivas. Ánika había sido la más prometedora de sus alumnas de entonces y la única en la que había confiado de verdad.

  • ¿De dónde sale eso? ¿Querías volverte tan guapa como yo?

El hombre señaló sobre su propio rostro la cicatriz circular que enmarcaba el ojo izquierdo de ella.

  • Herencia de Novgorod. No les gusta mucho que sus líderes aparezcan muertos.
  • Te queda bien. Te da un toque… amenazador. Le hacía falta a esa carita de ángel para alcanzar un buen balance en este mundo cruel.
  • Si una aporta balance, en tu caso están un poco descompensadas las pesas.

Reshi chasqueó la lengua. El fantasma hizo un comentario sarcástico que le hizo sonreír también, asintiendo.

  • ¿Qué ha dicho el bueno de Hakkon esta vez?
  • ¿Ya no le oyes?
  • Nunca le oí. Después dejé de verle ¿recuerdas?
  • Cierto… creciste, pequeña. Te dije que no crecieras, ¿verdad?
  • No todos podemos quedarnos congelados en el tiempo, Reshi.

El hombre sonrió de medio lado. En su momento había confiado muchas cosas a la entusiasta y precoz asesina, convencido de que su vida sería tan breve que no tendría importancia que conociera sus secretos. Pero Ánika había logrado medrar y sobrevivir a la dura instrucción, saliendo al mundo como una de las más letales y profesionales asesinas de su época. Muchas cosas habían cambiado en su vida, en su persona, pero estaba allí por un motivo concreto y ambos sabían cual era, aunque lo evitaron durante toda la conversación y mientras el anfitrión traía y compartía algo de cena con ella.

Doce años atrás, durante su instrucción, Ánika había acudido a su dormitorio y Reshi la había rechazado, alegando su relación profesor-alumno, su juventud y su falta de experiencia en el mundo. Pero ante la insistencia de ella al separarse, dos años después, él había amenazado con que si algún día volvían a encontrarse fuera de la academia, no volvería a ser tan caballeroso y cortés.

Dado que él mismo había abandonado la escuela y el país, no había esperado volver jamás a verla, especialmente con los riesgos de su profesión, pero allí estaba en carne y hueso, implacable y determinada como antaño, pero diez años más experimentada.

  • ¿Cómo has dado conmigo?
  • No ha sido fácil. Esta ruina en la que vives no se encuentra en ningún mapa, ni hay ningún aldeano despistado que sepa de su existencia.
  • Es la idea.
  • ¿Había sido tuyo antes?

Reshi sonrió, asintiendo.

  • Hace mucho tiempo… después se lo legué a una familia amiga que llenaba este salón de invitados e interminables festejos. Unos cincuenta años de plenitud y otros tantos de decadencia…
  • ¿No queda ninguno?
  • Al parecer ha vuelto a mí… ¿has venido porque quieres un castillo en las montañas? Tiene algunas reparaciones pendientes, pero con un buen equipo de carpinteros puedes ponerlo al día en seguida…
  • ¿Queda alguna habitación a la que no le entre la nieve?
  • Bueno, tiene mazmorras… pero siguen apestando como si quedaran cadáveres pudriéndose en ellas.
  • Supongo que no duermes en este salón, bajo alguna de esas mesas.
  • La tercera de la izquierda es la más seca, aunque algo fría por las mañanas…

Ánika sonrió de medio lado.

  • Si no te conociera, creería esta fachada de inmundicia que me vendes, pero apuesto a que hay un baño cálido en algún lugar de esta ruina y el camino hasta aquí ha sido largo…

Reshi asintió, también sonriendo.

  • Acompáñame.

Dejaron los platos y las copas de peltre sobre la mesa y el hombre la condujo sin prisa por detrás de un cortinaje raído. En efecto, el corazón de aquella construcción, maltratada por las duras tormentas y el abandono, se mantenía intacto y perfectamente aislado, incluso cálido en comparación con las frías estancias del contorno.

  • ¿Qué hacías en el salón pudiendo pasar las horas en esta parte del castillo?
  • Te esperaba.

Reshi abrió la puerta del baño y la mujer se sorprendió al descubrir al otro lado una estancia caldeada con una pequeña piscina de dos por dos metros rodeada por columnas romanas. Sobre una mesa había preparadas toallas de hilo y por las rendijas de una portezuela lateral se escapaba vapor.

Hakkon soltó una carcajada al ver la expresión atónita de la mujer, pero Reshi, más discreto, tan solo hizo una reverencia para dejarla pasar.

  • ¿Cómo sabías…?
  • Ánika… como bien has dicho, no hay un alma en millas a la redonda. Cualquier cosa distinta a un corzo o un jabalí que se acerque por esas laderas es visible desde aquí.
  • ¿Sabías que era yo?
  • Fuera quien fuera, qué anfitrión no prepara su casa para un pobre viajero descarriado…

Había sarcasmo en su voz. Siempre lo había. Esa forma burlona de conversar sumaba encanto al ya de por sí misterioso individuo. Desde siempre, Reshi había destacado entre el resto de miembros de la Hermandad por su aspecto poco convencional y su extraordinario manejo de las armas y el cuerpo en combate. Su rostro surcado por cicatrices y el resto de marcas visibles de su cuerpo le conferían un aire amenazador, de leyenda viva, y la inigualable templanza con la que luchaba y orientaba a los estudiantes, hacían de él una respetable eminencia dentro de la Hermandad.

Ánika llevaba años esperando aquel reencuentro, lejos de la escuela, lejos de los condicionantes que los habían separado en el pasado. Había guardado fielmente los secretos que él había compartido sobre su insospechada condición y ahora había llegado por fin el momento de cerrar el círculo y conseguir ese paso más, tan anhelado.

Se adentró en la cálida habitación desabrochando la capa que aún cubría su vestimenta. Reshi la recogió y la colgó de un saliente de la pared. A partir de aquel momento no hubo palabras entre ellos. Sus miradas cómplices y desafiantes bastaron para comunicar cuanto fue preciso.

La condujo a un lado de la piscina, donde había un banco para dejar su ropa y fingió volver hacia la puerta, pero se quedó en el otro borde de la poza, observándola.

Ánika se fue desnudando despacio, mirándole fijamente y Reshi, tras un prolongado suspiro y sonriendo de medio lado, hizo lo mismo, también muy despacio y sin apartar la mirada de ella.

Ambos llevaban armaduras ligeras por encima de la ropa, brazaletes, hombreras y cintos con armas, que dejaron caer suavemente a los lados. Ánika portaba más armas y a cada una que soltaba Reshi asentía con su media sonrisa sarcástica.

Cuando el hombre se liberó de la camisa, los ojos de Ánika recorrieron su torso, voraces. No era la primera vez que le veía, pero sí la primera vez que aquel cuerpo entrenado y marcado por mil batallas, estaría a su alcance.

Ánika se deshizo primero de las botas y pantalones, dejando para el final la camisa. Si hubiera podido escuchar los comentarios de Hakkon quizá habría preferido dejársela puesta, pero la voz del fantasma se perdía en su soledad, ignorada por el hombre de las cicatrices.

Reshi fue el primero en quedar completamente desnudo y expuesto. Era evidente que esperaba con interés el desnudo de ella, pero en cuanto se hubo quedado sin ropa se introdujo en el agua. Su mirada y la pose que adoptó, sentado en el banco perimetral y con los brazos extendidos a los lados, invitaban a acompañarle.

La mujer le miró desde lo alto, contenida, y dejó escurrir la camisa por su piel, muy despacio, mostrándose también. Tenía el cuerpo fibroso de una luchadora, delgado pero firme, de escasas curvas y con más de una cicatriz mal curada, pero tanto Reshi como su fantasma llevaban largo tiempo sin contemplar el cuerpo desnudo de una mujer y apenas repararon en las marcas.

Respirando profundamente, como si fuera a disparar una flecha, Ánika entró en el agua caliente, imitando la postura de su anfitrión. Estaban cada uno en una arista del cuadrado y sus pies casi podían tocarse. Reshi la contemplaba con la cabeza ladeada y una mueca divertida en su rostro. Parecía esperarla, pero la mujer se quedó en su espacio, desafiándolo con la mirada.

El hombre de las cicatrices cerró los ojos, aún sonriendo y echó la cabeza hacia atrás, hundiéndose un poco más en el agua y relajando la pose, como si hubiera perdido el interés. Ánika aprovechó para estudiar las cicatrices que asomaban del agua, en los hombros, los pectorales y la más inquietante, una gruesa línea que bajaba desde detrás de su oreja izquierda hasta su ingle, la herida que, como le había contado en una ocasión “le mató”.

Aguantó menos de lo que pretendía. Demasiado tiempo esperando para andar ahora con ese tira y afloja silencioso. Se impulsó en la pared y se deslizó sobre Reshi, que entreabrió la boca y los ojos, dándola la bienvenida. Tenía esa forma de sonreír como si supiera muchas cosas que al otro se le escaparan y eso siempre la había turbado sobremanera. Ahora sonreía así, mientras la rodeaba con los brazos, acomodándola sobre él.

No dejó de sonreír mientras la besaba, mordisqueando sus labios y reteniéndola contra su cuerpo. La mujer se echó hacia atrás, creando espacio entre ellos para ver su rostro.

  • He venido a matarte, Reshi.
  • ¿Por voluntad o trabajo?

El hombre no pareció tomarse en serio la amenaza, siguió moviéndose dentro de ella, recorriéndola con las manos mientras sonreía divertido.

  • Trabajo.
  • ¿Puedo conocer la identidad del cliente?
  • Ha pedido que no la revele.
  • Si voy a morir, ¿qué le importa?
  • Tú y yo sabemos que no vas a morir.
  • Y aún así, has aceptado el trabajo…
  • Me daba la oportunidad de rastrearte y… llegar hasta ti.
  • Y aquí estamos…

Como Ánika hizo amago de apartarse, Reshi la retorció un brazo y con él en la espalda la sujetó del torso y la sacó del agua, levantándola del culo. Salió con ella y la posó suavemente de espaldas en el frío borde de piedra. Allí volvió a la carga, soltó su brazo lo justo para agarrar sus manos sobre la cabeza, inmovilizándolas mientras la besaba y deslizaba los labios por su cuello. Volvió a soltarla, convencido de que no desperdiciaría la ocasión, y fue bajando con besos y mordiscos hasta su entrepierna.

Ánika arqueó la espalda, ignorando el frío de la piedra y le dejó hacer, retorciéndose de placer. Después trató de revolverse, pero Reshi sujetó sus piernas mientras se introducía de nuevo dentro de ella.

Soltó sus piernas, permitiendo que las separara y se inclinó para besarla de nuevo. Ánika se revolvió, haciéndole resbalar de lado, pero él no dejó que se girara, recogió su pierna de nuevo y deslizó una mano bajo su cabeza, sujetándola la cara mientras la besaba el cuello desde detrás. La mujer se apretó contra él, buscándole de nuevo y así tendidos se mecieron una vez más, hasta que Reshi la sujetó un instante, incrustándose en ella y conteniendo la respiración en su oído, para después soltarla con un largo suspiro, mientras se retiraba de su interior.

Ánika giró sobre su propio brazo, quedando tendida boca arriba.

  • Van a matarte, Reshi. Si no soy yo, otro vendrá y querrá acabar el trabajo.
  • Sé tú entonces.
  • Me han pedido tu cabeza.
  • Eso no va a ser posible. Podría prestarte mi cadáver, pero el desmembramiento no es algo a lo que esté dispuesto.
  • La petición está hecha a través de la Hermandad. No tienes escapatoria.

Reshi sonrió. Le había contado cosas, sí, pero no se lo había contado todo. No era la primera vez que encargaban su asesinato a la Hermandad, ni sería la primera vez que un sicario de su propia casa lograba matarle.

  • ¿Han puesto fecha límite?
  • La boda de…
  • … su hija. Maldito bastardo, ¿ha contratado a la Hermandad por proteger la dote de esa necia? A dónde va a llegar el mundo.

Ánika asintió. Su cliente era un renombrado terrateniente con intereses políticos y económicos en todo el occidente. Al parecer debía mucho oro a Reshi y antes que pagar su deuda prefería contratar su desaparición.

  • En fin. Tenemos tiempo…

Reshi volvió a besarla y la empujó por el húmedo suelo hasta el agua. Se introdujo con ella y tras asearse un poco la invitó a salir del baño y continuar la noche en el dormitorio, a un par de estancias de allí.

  • ¿Qué vas a hacer?
  • Tu contrato es vinculante. Deberías matarme, con testigos, en algún sitio público pero del que pueda salir antes de que ningún matasanos decida recoger mi cuerpo para esa ciencia funesta que ahora están tan deseosos de investigar.
  • ¿De verdad sobrevivirías si te mato?
  • Moriría, pero volvería a levantarme. Mejor si lo haces tú y alguien de confianza se hace cargo de mí hasta que despierte…
  • ¿Y después?
  • Tu contrato estará cumplido y yo me encargaré de que ese desgraciado no vuelva a contratar ninguna otra muerte.
  • No me agrada la idea de matarte, Reshi.
  • Pues olvídalo ahora y dediquémonos a ideas más agradables…

La empujó suavemente contra la cama y no dejó de besarla ni de sonreír. Ánika se preguntaba si aquella historia era cierta, si era posible que sobreviviera, pero su mente se ocupó pronto en distracciones más interesantes.

 

 

El día anterior, Reshi estudiaba las huellas de un ciervo con distraído interés cuando Hakkon llamó su atención con una pregunta descontextualizada.

  • Oye, ¿Cómo se llamaba la niña aquella que quería follarte fuerte en la escuela? ¿Águeda? ¿Aurora?
  • Ánika… se llamaba Ánika.
  • Bien, pues viene a por ti, viejo.

Reshi se incorporó y oteó ladera abajo, en la lejanía que señalaba el fantasma.

  • ¿Estás seguro de que es ella?
  • Completamente.

El hombre de las cicatrices dio media vuelta y echó a andar despacio hacia la destartalada construcción en la que se guarecía del duro invierno centroeuropeo.

  • ¿Dónde vas, Carcamal? ¿No vas a saludar a tu amiguita?
  • Voy a preparar la casa. Se avecina tormenta. Nos hará falta algo más de leña y desempolvar las toallas buenas…
  • A desempolvar es a lo que viene, ya te lo digo. ¡Al fin un buen polvo! Hace meses que no veo desnudo más que tu culo peludo. Ni putas, siquiera.
  • Búscate tú alguna ramera… ah, no, que no tienes cuerpo con el que satisfacerla. Qué lástima, ¿no?

Siguieron con las puyas mientras el hombre preparaba las estancias interiores. A mediodía empezó la ventisca, que ya no pararía hasta el día siguiente. Reshi oteó por las rendijas del muro el exterior, pero nada se veía ahí fuera, solo restaba esperar a que la mujer lograra su propósito.

  • Debe tenerte muchas ganas para subir hasta aquí solo para meneártela.
  • Si llega hasta aquí es porque viene a matarme.
  • ¿Matarte? Creía que quería follarte. No es que no me satisfaga que te rebanen de vez en cuando, pero esperaba tener antes ocasión de ver gozar a alguna fulana…
  • Una cosa no quita a la otra.
  • Bien visto.

La nieve entraba en el salón arrastrada por ráfagas de la feroz ventisca. Demasiados agujeros que tapar en todo el recinto…

 

 

 

 

 

Pocas semanas después, en la plaza principal de Kiev, la asesina atravesó el corazón de su instructor cuando este felicitaba a su cliente por el enlace de su hija. La sangre salpicó al mercader, que se mostró complacido, a pesar de la falta de escrúpulos y discreción del contrato. Hizo que se llevaran el cuerpo, pero nunca llegó a sus dominios. Esa misma noche, el hombre y sus allegados celebraron sin saberlo su última cena, apareciendo todos muertos a la mañana siguiente.

Puertas a la Atlántida

(Oliver Leal)

OTROS TÍTULOS DE LOS CLANES SUMERGIDOS

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Familia Rochavella

Libro de momentos (Oliver Leal) – La historia de Azami

Libro de momentos (Oliver Leal) – La historia de Azami

La casa de las montañas

 

Era menuda, delicada y risueña, y el hombre la adoraba. Llevaban juntos quince años, desde que el extranjero les ayudara a librarse de una tribu invasora y a aislar la aldea de forma que nadie volviera a encontrar los pasos sin su permiso.

Ella había sido un presente por su lucha y él la había tomado por esposa sin dudar un instante. El amor había surgido de inmediato.

Qué años tan deliciosos junto a Azami. Sin pensar en la isla, sin preocuparse del pasado ni del futuro.

Sólo lamentaba no poder darle hijos.

 

Hoja de Hielo, llamado entonces por el pueblo de las montañas Daten-shi (Caído del Cielo), amaba profundamente a su esposa. Pero no era el único. Su fantasma, Hakkon el Condenado, también la amaba y tras quince años de espera, con visitas fugaces cuando su condición lo permitía, decidió dejar de solo observar y hacer algo al respecto.

Hakkon y Hoja de Hielo estaban unidos por una maldición que obligaba al nórdico a acompañar a su asesino hasta su muerte. Sólo que Hoja de Hielo no solía permanecer muerto.
Su propia maldición le hacía volver una y otra vez, no importaba la forma en que le arrebataran del mundo de los vivos.

Y así llevaban más de dos mil años, después de que cada uno matara al otro en su primera vida.

El nórdico solía ser fiero y brabucón, pero la gracia de Flor de Cardo (Azami) lo había ablandado y, en su presencia, a pesar de no poder ser escuchado por ella, dejaba a un lado sus burlas y expresiones soeces y a menudo se quedaba embelesado mirándola.

Daten-shi era consciente de los inusuales sentimientos de su parca y temía su intromisión en aquel periodo tan extraordinariamente apacible y feliz.

 

Quince años con Azami habían pasado como un suspiro, a pesar de cada día estar lleno de la alegría y ocurrencias ilusionadas de la risueña japonesa.

En esos quince años, como en todos los años previos a aquel periodo, cada trece lunas Hakkon disfrutaba de unas horas de habitar su propio cuerpo, materializado por arte de magia. Al principio había sido como era él: rudo, maleducado y salvaje. Pero con el paso de los años sus visitas se habían vuelto más civilizadas y Azami siempre le trataba con respeto y cariño, sabiéndole el amigo más antiguo de su marido.

 

Daten-shi era un gaijin, probablemente el único en la isla en aquel tiempo, hasta que su amigo Hakkon pasaba por allí una vez al año o cada más. Aparecía y desaparecía como un brujo y su rostro pintado y su colosal tamaño lo hacían temible para los habitantes de la aldea. Si Daten-shi sacaba una cabeza a su mujer, Hakkon la sacaba casi dos, pero la pequeña Azami nunca se sentía intimidada en su presencia. A fin de cuentas, su marido confiaba en él y con ella siempre había sido amable.

 

Aquella vez, como todas las anteriores, Hakkon apareció sin previo aviso una tarde. Azami avisó a su esposo al verle llegar entre las huertas y salió a su encuentro con la servicial humildad que le correspondía.

 

Hakkon se derritió al verla aparecer. Su forma de ver el mundo cambiaba profusamente cuando tenía un cuerpo físico. Costaba acostumbrarse. Durante unas horas todo era mucho más intenso, más profundo, más vivo. Y a pesar de que veía a diario a la hermosa mujer y que había aterrizado en su cuerpo con la determinación absoluta de acercarse a ella, verla allí en carne y hueso lo puso tremendamente nervioso.

 

Daten-shi apareció en seguida y su mirada se enturbió al reconocer las intenciones del nórdico, truncadas momentáneamente por la risueña actitud de su esposa. No hizo falta despedir a Azami, la mujer se ofreció a preparar un baño para que el recién llegado descansara de su largo viaje y dejó a los dos hombres solos en el porche.

  • Ni se te ocurra acercarte a ella, Hakkon.
  • Siempre estoy cerca de ella, ¿recuerdas? Y de ti. No podría alejarme, aunque quisiera.
  • Mantén tus zarpas lejos de ella. Azami no es una de tus rameras para usar y tirar cuando te haces corpóreo.
  • No se me ocurriría tratarla así.
  • ¡Es mi esposa, Hakkon!
  • ¿Y qué me quieres decir con eso? ¿Te crees que somos dos hombres normales discutiendo por la intimidad de una muchacha? ¡No me jodas, Ith´aru! Solo sería tocar aquello que ya contemplo…

No solía ir armado en casa, pero cualquier objeto cotidiano servía de arma en manos de Daten-shi, el asesino. De un golpe seco partió una vasija cerámica que había sobre la barandilla y apoyó el borde afilado en la garganta del otro hombre, antes de que pudiera siquiera reaccionar.

  • ¿Hace cuánto no te mato, Hakkon?

En los ojos del nórdico la sorpresa se volvió furia rápidamente y a la misma velocidad se quedó en nada. Iba a defenderse pero, por una vez, se lo pensó dos veces.

  • Sé lo que Azami significa para ti, viejo amigo. Solo déjame explicarte lo que significa también para mí.
  • ¿Para ti? Eres un puto fantasma, Hakkon. ¿Qué va a significar para ti?

Hakkon sonrió. No con su habitual sonrisa socarrona, sino con una sonrisa cómplice, íntima y calmada. Muy despacio y con una inesperada suavidad, cogió las manos de su amigo y las retiró de su cuello. Daten-shi no esperaba tanta sutileza en alguien como el nórdico y aunque retiró la amenaza, se mantuvo alerta.

  • ¿Vas a dejarme hablar sin intentar matarme con cualquier cosa que encuentres por aquí?
  • Eso dependerá de lo que digas.
  • No quiero follarme a tu mujer, Ith´aru…
  • Morirías antes de intentarlo.
  • … quiero estar con ella. Amarla como la amas tú.

Por la expresión de su cara, parecía que le hubieran arrancado medio cuerpo sin previo aviso. Una mezcla de sorpresa, incredulidad, temor y desagrado asomó en el rostro desencajado del asesino.

  • Estás de coña.
  • No lo estoy.
  • Estás hablando de mi esposa. ¿Crees que voy a darte permiso para cortejarla y acostarte con ella?
  • Me acuesto con vosotros cada noche, amigo. No voy a ver nada que no haya visto ya mil veces.
  • No se trata de ver. Se trata de hacer… ¡Por toda la sangre del mundo, Hakkon! ¿Tú te has visto? La sacas tres cuerpos. No voy a dejar que te acerques a ella.
  • ¿Temes que la satisfaga de formas que tú no podrías, carcamal?

Ahí estaba el viejo Hakkon. El Hakkon de siempre. Se habían sentado cada uno a un lado de una mesita baja, con la esperanza quizá de quedar fuera del alcance de una vasija rota, pero el golpe seco con el canto de la mano encontró la distancia perfecta y el nórdico fue impulsado hacia atrás, golpeando con la cabeza en uno de los postes del biombo.

  • Si me rompes la casa pasarás las horas que te quedan de vida reconstruyéndola.

Tras rebotar y golpearse también la cabeza, Hakkon se echó hacia delante, sujetándose la nariz partida con las dos manos mientras gruñía improperios. Colocó el tabique con un alarido y sus ojos enfurecidos se clavaron en su interlocutor.

  • ¿Ya estás contento?
  • No lo estaré hasta que vuelvas a ser un puto fantasma.
  • Si vuelves a intentar siquiera golpearme seré yo quien te mate y reparta tus miembros por ahí. A ver si mientras te recompones tienes forma de impedir que haga lo que me dé la gana…

Iba a ser más explícito, pero estaba hablando de Azami. Solo de pensar en dañarla se le revolvió el corazón en el pecho. Ith´aru se había puesto en pie ante su amenaza y su mirada hervía de rabia.

Había pocos hombres en el mundo capaces de matarle y Hakkon, le gustara o no, era uno de ellos. Ya lo había hecho antes. Pero eso no le iba a impedir plantarle batalla y dificultarle en la medida de lo posible toda consumación de sus innobles intenciones.

La conversación cesó al aparecer la alegre muchacha anunciando que el baño estaba ya listo.

  • Os he preparado vuestra ropa.

Azami apuntó aquello con alegre complicidad. Muchos años atrás, después de prestarle ropa de Daten-shi y que le quedara ridículamente pequeña, Azami había cosido unas prendas a medida para el nórdico y se las dejaba preparadas en el baño cada vez que venía. Nadie había puesto pegas a aquel amable gesto, la armadura y las prendas de batalla con las que solía aparecer no eran apropiadas para una cena en el hogar.

Al advertir el goteo de sangre y la tensión tan evidente entre ambos hombres, la mujer inquirió con la mirada a su marido, que sonrió de medio lado.

  • Una mala caída, amor mío. Hakkon está bien, no te preocupes por él.
  • Tranquila, preciosa. Nada que ese baño delicioso que me has preparado no arregle…

Los dos hombres se miraron entre ellos, zanjando por el momento la conversación que estaban teniendo. Aunque hubiera querido escuchar, la lengua en la que hablaban era ajena a cualquiera que la joven hubiera podido aprender. Los hombres tenían sus secretos y las mujeres tenían los suyos.

 

El secreto de Azami la avergonzaba profundamente. Amaba a su marido y le respetaba por encima de todas las cosas. Daten-shi era el hombre más extraordinario que había conocido. Era valiente, noble e implacable, pero también era dulce y bueno. Jamás habría podido soñar con un marido como él… sin embargo, había una sombra en torno a él. Más allá de sus muchas cicatrices físicas, había algo que le acompañaba siempre y le apartaba de la tranquilidad de las montañas. Siempre la miraba con amor, pero algunas veces la miraba con tristeza y casi podría decirse que con miedo. Esas veces le oía hablar solo, con palabras que no era capaz de entender. Solía decirse a sí misma que hablaba con los espíritus, con el pueblo de los ángeles del que todos creían que venía.

El nombre que le habían puesto al acogerle en el valle: Daten-shi significaba ángel caído. Los ancianos creían que sus muchas cicatrices se las había hecho al caer a la tierra desde las nubes, al bajar a ayudarles contra sus enemigos. Había salvado el valle y varias aldeas alrededor de una horda de salvajes despiadados y había decidido quedarse. Con ella. Azami se sentía la mujer más afortunada del mundo.

Y, sin embargo, le pesaba un anhelo secreto. Porque el mejor amigo de su esposo, el gigante nórdico llamado Hakkon, la miraba de una forma que la hacía sentirse desnuda. Apenas pasaba a saludarles una vez al año, pero cuando lo hacía, parecía que lo supiera todo de sus vidas, que conociera la casa y los alrededores, que entendiera todo de una forma que no era siquiera natural… y aquello en lugar de asustarla la hacía sentir extrañamente a salvo.

Al principio la había mirado con lascivia. Entonces sí la había asustado. Pero después, visita tras visita, había visto en sus ojos un anhelo que iba más allá de la carne y que, por mucho que intentara resistirse, la intrigaba.

Hakkon no era un ángel como su esposo. Era un salvaje cuyo pueblo vivía más lejos de lo que los mapas de la capital habían sido capaces de trazar, según decía. Era amigo de su esposo desde siempre y la forma en que se hablaban y la lengua en la que se hablaban no parecían de este mundo. A veces, al verlos juntos, imaginaba que uno era un dios y el otro un demonio, que se habían hecho amigos al principio de los tiempos y seguirían siéndolo cuando todo el valle se hubiera convertido en polvo. ¿Cómo, si no, iba Hakkon a saber tantas cosas? ¿Cómo, si no, iban a tener esa extraña camaradería, ese amor-odio que dibujaba una amistosa tensión entre dos extranjeros tan distintos entre sí?

 

Daten-shi era el ángel y Hakkon era el demonio. Y ella sentía a veces esa tirantez entre ellos como un tornado que la envolvía.

 

Ese día, al saludar al demonio antes de la llegada de su esposo, había visto algo en sus ojos que la había hecho estremecer. Aunque había logrado ocultarlo con entereza, mientras preparaba las ropas y el baño para el recién llegado, sus pensamientos habían llegado más allá de lo que hubiera deseado y ahora se sentía sucia mientras veía a los dos hombres defenderse el uno al otro educadamente.

 

Era evidente que el norteño no se había caído. Pero, aunque ninguno de los dos confesaría el origen de su disputa, Azami veía probable tener algo que ver con el lamentable episodio.

¿Sabría Daten-shi de sus pensamientos hacia el demonio pintado?

Daten-shi también sabía muchas cosas. Ya se había acostumbrado a ello, al fin y al cabo, era un dios caído del cielo que, aunque se había conformado con ella, no era humano como los demás. Sabía hacer cosas. No solo en la guerra, también en la casa, en el pueblo, entre las personas… sabía resolver conflictos y arreglar problemas con soluciones que nadie habría imaginado. Comprendía la naturaleza de la gente, sabía lo que harían antes de que lo hicieran… y por eso temía que supiera exactamente lo que pensaba.

Jamás la había golpeado, amenazado o mirado siquiera mal. Jamás la había tratado sino con el máximo respeto y devoción, pero temía, porque le sabía capaz de causar mucho daño, darle motivos alguna vez para enfadar con ella. Pero sobre todo temía defraudarle y que no quisiera seguir siendo su esposo.

 

Antes de permitir que Hakkon la siguiera hasta el baño, Daten-shi hizo una advertencia cuyas palabras Azami no entendió, pero sonaba evidente. El hombre la siguió en silencio y antes de cerrar la puerta tras de sí, la cogió la mano, con suavidad, pero sin permitir que ella la retirara pudorosa.

  • Gracias, Azami. Eres la luz que baña de alegría la más profunda oscuridad.

Se limpió los labios de sangre, frotándose la cara contra la piel que cubría su hombro y se llevó a la boca los finos dedos de ella, depositando un beso suave y cortés. Su mirada al hacerlo, por encima de la nariz inflamada y manchada de sangre, no era cortés.

La mujer escondió la mano y retrocedió a toda prisa. En su camino al exterior se topó de bruces con Daten-shi, que la oteó inexpresivo.

Había pánico en los ojos de ella. La apartó un paso, estudiando sus ropas y cogió sus manos. Una de ellas manchada de sangre.

El hombre tragó saliva y se llenó los pulmones de aire, muy despacio, tan despacio que Azami tuvo tiempo para sentir como la sangre abandonaba su piel, concentrándose en el pecho como un millar de agujas apretadas. La había cazado. Se sentía como un conejito acorralado por un lobo.

  • ¿Qué opinas de él, Azami?
  • ¿Qué?
  • De Hakkon.
  • Él… es tu amigo, no…

Tartamudeaba. Daten-shi sonrió y la atrajo hacia su pecho, cariñoso, comprensivo. Allí la meció un instante, irradiando tanto amor que Azami rompió a llorar, arrepentida de su solo pensamiento.

  • Sssh… no llores, mi vida. No hay por qué… ven conmigo. Hablemos.

Daten-shi la condujo al porche y se sentó en las escaleras, acogiéndola entre sus brazos. Azami se acurrucó allí, temerosa de enfrentar su mirada. Pero solo había amor en sus ojos.

  • Te atrae, ¿no es así?
  • No… yo te amo, Daten-shi.
  • Lo sé. Y yo te amo a ti, Azami. Pero el corazón puede albergar más de un anhelo. Y no digamos el cuerpo…
  • ¿Qué estás diciendo?
  • ¿Le deseas, Azami?

La mujer no respondió. Frunció el ceño, tratando de encontrar una respuesta honorable y correcta, pero no tenía escapatoria. No ante él. Daten-shi solo apartó la mirada. Su rostro surcado de cicatrices era indescifrable.

  • ¿Y le amas?
  • ¡No!

Daten-shi volvió a mirarla, comprensivo. Su sonrisa era triste, resignada, pero al menos sonreía. Azami había esperado furia, pero los ángeles saben cosas del alma humana que los hombres corrientes no son capaces de entender.

  • ¿Quieres que me vaya esta noche?
  • ¿Qué?
  • Él mañana se habrá ido. Puedo marcharme y…
  • No.
  • ¿No? No te culpo, Azami. No has conocido más hombres en tu vida. Hakkon es un salvaje, pero al menos es nuestro salvaje…
  • No quiero que te vayas… quiero que estés.

Al principio no la entendió, o prefirió no entenderla. Pero la mirada firme de Azami era inequívoca.

  • ¿Quieres que… estemos los dos? ¿Contigo?

Azami asintió. Le había costado un mundo confesar aquello, pero ahora que nada tenía que temer de Daten-shi se sentía más libre, más viva, más capaz de todo.

Ith´aru visualizó una escena, perdida en la memoria, en la que ya había compartido una mujer con el nórdico. Pero había sido una mujer sin nombre, sin huellas en su vida, de usar y tirar como las que solía encontrar el bárbaro en sus alocadas vueltas al cuerpo.

Sus ojos volvieron a posarse en su esposa. Su pequeña y adorada esposa japonesa. Suya durante quince años, a expensas de la presencia sempiterna de Hakkon. Todo acto debía tener sus consecuencias, al fin y al cabo.

  • Como desees.

Daten-shi hizo amago de levantarse, pero la mujer le retuvo un momento.

  • Te amo, Daten-shi. Nunca he conocido a nadie como tú.
  • No temas, tesoro. La vida es un suspiro. No deseo que la tuya albergue ningún dolor, ninguna espina, ningún anhelo no saciado. Siempre te he amado y siempre te amaré.

La besó con ternura en la frente y se internó en la casa. Azami aún estuvo unos minutos asimilando lo sucedido y lo que Daten-shi había dejado puerta abierta a que sucediera.

 

 

 

Todo acto…

 

Había sangrado profusamente pero, tras colocar el tabique, limpiamente desplazado, solo quedaba una ligera hinchazón y un dolor pasajero. El cabrón sabía pegar.

Se estiró cuanto pudo en la tinaja gigante a la que allí llamaban bañera y tras aclararse cogió la toalla y se secó meditativo. En realidad, no existía ese largo viaje del que debía descansar en el baño, se estaba aseando por cortesía con la dama. Se había hecho corpóreo y había acudido a la casa, decidido de una vez por todas a enfrentarse a la mujer y confesarle sus sentimientos. Pero no había contado con Ith´aru.

 

Su pensamiento habitual le acusaba de egoísta, dado que él tenía a la mujer para sí cada día. Pero no era una mujer al uso, era Azami. Era la criatura más luminosa, alegre y dulce con la que ambos se habían cruzado en siglos. Y, además, ella le amaba. No era el servicio reverencial que muchas mujeres casadas prestaban a sus maridos, a falta de escapatoria. Azami adoraba a Ith´aru. Disfrutaba con él y se sentía tremendamente afortunada por tenerle como esposo.

 

Muchas veces, mientras él trabajaba en la casa, mientras dormía o reposaba distraído contemplando el apacible paisaje de las montañas, ella le miraba embelesada. Siempre estaba pendiente de él, siempre deseosa de complacerle.

 

Hakkon envidiaba aquellas miradas. El amor con el que ella cocinaba para él, con el que hacía cada cosa queriendo agradarle. Nunca había sido un romántico, no como el puto carcamal, pero Azami tenía algo que le instaba a quererla con ternura.

 

Era apenas una chiquilla cuando le había sido entregada como esposa y ahora, más mujer, apenas había cambiado. Pero una cosa era envejecer bien y otra muy distinta permanecer inmutable, como Ith´aru, como él mismo en su espantosa condición fantasmal.

 

Pasarían junto a ella unos pocos años, la verían marchitarse y morir y aquella luz extraordinaria se apagaría sin haber sido por él degustada. No podía permitir eso.

Daba igual que el puto Ith´aru la creyera solo suya. La chica tenía sus propias ideas. Lo había visto en sus ojos. Ella también le deseaba, pero nunca se lo permitiría a sí misma. No estando él vivo… y él no moriría nunca. Así que no tenía sentido esperar más.

 

Abrió el liviano panel con más fuerza de la que pretendía, casi desencajándolo de su posición y encontró el rostro marcado de Ith´aru/Daten-shi con una ceja levantada y expresión molesta.

Iba a responderle con un improperio, pero el otro le esperaba de pie, extrañamente relajado y con el kimono abierto, como si se lo estuviera quitando.

 

Observó un instante la espeluznante cicatriz que surcaba su pecho, desde la ingle hasta detrás de la oreja izquierda. Él había sido quien, dos mil años atrás, le abriera en canal con su propio hacha. Veía a diario aquella cicatriz, pero vista con los ojos del cuerpo físico, resultaba mucho más impresionante.

 El otro hombre aprovechó la pausa para invitarle a pasar a la otra habitación.

  • Ven, quiero hablar contigo.
  • ¿Ahora quieres hablar?

 Antes de apartar la puerta, puso su cuerpo en medio, deteniéndole. Si no hubiera estado

distraído buscando la forma de discutir con él, Hakkon habría advertido que la puerta que iba a atravesar era la del dormitorio conyugal y se habría extrañado antes de escuchar las palabras del otro hombre.

  • No harás comentarios soeces de los tuyos que puedan ofenderla, ni la tratarás como a las furcias que te follas por puro deporte…
  • ¿Qué?

Daten-shi se hizo a un lado y Hakkon descubrió, estupefacto, a la dulce Azami tendida en la cama, pudorosamente cubierta por una sábana. Sus hombros pálidos sobresalían desnudos y su cabello, siempre cuidadosamente recogido, estaba suelto, como cuando esperaba a su esposo para compartir el lecho.

Se le había secado la boca, carraspeó tratando de entender la oferta y al ver que el otro hombre entraba también en la habitación, cerrando tras de sí, frunció el ceño confuso.

  • ¿Esto es que…
  • Así lo desea.

Hakkon alternó la mirada entre la encantadora mujer y el impertérrito hombre de las cicatrices, que ocupaba ahora una esquina de la habitación, mientras se deshacía de las prendas que le cubrían. Le resultaba más difícil de leer cuando los dos tenían cuerpos tangibles. La conexión que solía tener con él, con sus sentimientos y emociones, se perdía al volver al mundo físico. ¿En qué diablos estaría pensando para permitir aquello?

  • ¿Vas a quedarte ahí mientras me acuesto con tu mujer?
  • Y puedes hablar en japonés, no creo que quede nada que ocultar de aquí en adelante… solo una cosa más. Si la haces daño, el más mínimo rastro de dolor…
  • Lo sé, lo sé, me matarás mil veces más.

La mirada de Hakkon estaba fija en Azami mientras contestaba al otro hombre. Daten-shi, completamente desnudo, se tumbó en la cama a la espalda de ella y besó su hombro a modo de saludo.

 

Hakkon se pasó la lengua por los labios. Apenas podía creer que aquello estuviera sucediendo. Casi esperaba que Ith´aru sacara de entre sus cuerpos una katana y le rebanara cuando intentara tocar a su mujer.

 

Hincó las rodillas en la cama y esperó a ver si era atacado, con el cuerpo en tensión.

  • Creo que nuestro amigo necesita algo de ayuda…

Daten-shi susurró aquello al oído de su mujer, que sonrió divertida. Se volvió a besarle y dedicarle una última mirada inquisitiva. El hombre asintió y la pequeña Azami se incorporó, mostrando su cuerpo menudo en todo su esplendor.

 

El nórdico tragó saliva, dudando por última vez. En cuanto Azami se acercó a él y comenzó a desvestirle, se acabaron sus reparos.

 

Cogió el rostro de la bella japonesa entre sus manos y la besó con ansia. La mujer casi cayó hacia atrás, pero frenó contra el cuerpo de Daten-shi que, sigiloso, se había incorporado tras ella. Lanzó una mirada de advertencia por encima del hombro de la mujer y Hakkon se quedó rígido un instante, a partir del cual sus movimientos fueron mucho más controlados.

 

La besaba con devoción. Conociéndole como le conocía, Ith´aru entendió que no le había mentido. No era simple sexo. Hakkon realmente la estaba haciendo el amor.

 

La suya no era una relación fácil de explicar a terceros. Por suerte, no había nadie a quien tuvieran que explicar nada. Azami estaba disfrutando, Hakkon estaba disfrutando y Daten-shi no iba a quedarse a un lado como un simple cornudo. De los tres, era el único que estaba analizando aquello, así que, sencillamente se dejó llevar. Pronto los cuerpos de los tres estaban enredados y sudorosos y no fueron necesarias más palabras entre ellos.

 

 

El simple hecho de poder tocarla ya le hacía sentir mariposas en el vientre. No recordaba haber sentido aquello por nadie. Solían gustarle las mujeres bravas, guerreras y duras. Nada que ver con la dulce Azami que casi parecía ir a romperse entre sus enormes manazas.

Había visto mil veces a Ith´aru con ella, envidiándole profundamente y ahora estaba allí, a su alcance. La fue tendiendo en el lecho, muy lentamente y recorriendo su cuerpo como si fuera una delicada obra de arte que admirar en detalle.

Sus manos se cruzaron con las del otro hombre en varias ocasiones, afanados ambos en acariciarla por igual. Por un momento pensó en competir con los afectos de Daten-shi, pero un atisbo de racionalidad adquirida le apartó aquella idea descabellada de la cabeza. Sería inútil siquiera intentarlo, dado que al amanecer él se habría ido y ella seguiría con su vida. Era una oportunidad de una noche, como todas sus oportunidades de los últimos tiempos.

Descendió por su vientre hasta su entrepierna y allí se detuvo. Azami besaba a su hombre, que la envolvía entre sus brazos mientras el otro se afanaba en hacerla retorcerse de placer. Nunca la había tocado, pero la había observado tantas veces que conocía cada reacción, cada estremecimiento y aquel saber y no saber le ponía a mil.

Se irguió levantando sus piernas, lanza en ristre, tanteando el húmedo acceso mientras se enfrentaba a las miradas ardientes de los dos. Azami asintió con una sonrisa. Ith´aru se mantuvo inexpresivo, pero aprovechó la pausa para recolocarse bajo la liviana mujer, alzándola hasta colocarla aún más a tiro.

Hakkon pensó que se iba a correr, acabando de pronto con toda la fiesta, cuando al fin se deslizó dentro de ella, ansioso y conteniendo su fuerza para no dañarla. Azami gimió, llevando sus pequeñas manos a las caderas de él para guiar sus movimientos. Bajo ella, Ith´aru la acariciaba y mantenía controlada la fuerza de las embestidas.

Arqueada sobre él, la mujer susurró algo al oído de Daten-shi que el otro no pudo oír, pero que hizo que el hombre les empujara a los dos, suavemente, para recolocarles con Hakkon tumbado sobre el lecho y ella a horcajadas sobre él. El nórdico dejó de ver al otro hombre, pero sintió sus movimientos a la espalda de ella y cuando completó el trío, empujándola contra él y asomando por encima de su hombro, le sintió a través de ella con excitante nitidez.

Así enlazados, el nórdico no duró mucho más. Le recorrió un temblor como un escalofrío, desde la ingle hasta la coronilla, justo antes de explotar dentro de ella. Habría querido aguantar más y seguir gozando aquello, pero estaba desentrenado. Ith´aru en cambio, siguió embistiéndola, sin cambiar de postura hasta que la mujer tuvo otro delicioso orgasmo y solo entonces se permitió terminar.

Azami quedó tendida entre ambos, con Daten-shi ligeramente volcado a un lado para evitar aplastarla. Sonreía. Los tres sonreían, sin mirarse entre sí. Hakkon estuvo a punto de romper el momento con uno de sus comentarios pero cerró la boca apenas la abrió, sintiendo unos dedos apoyarse en sus labios.

Durante unos minutos permanecieron así, deliciosamente abrazados los tres, hasta que la mujer se incorporó ligeramente, apoyando los codos en los hombros de Hakkon y la barbilla entre las manos, observándole.

  • ¿Por qué solo una noche?

Hakkon buscó con la mirada al otro hombre que se había acomodado a un lado, acariciando la estrecha espalda de la mujer y negaba sutilmente con la cabeza.

  • Es cuanto puedo quedarme.
  • Siempre dices eso. Antes deseabas esto, pero no te atrevías… ¿Te quedarás ahora más días?

Fue Daten-shi el que respondió a aquello.

  • ¿Eso te gustaría? Un matrimonio de tres…

Azami se volvió hacia su marido, arrugando la frente y ocultando su rostro de la vista de Hakkon. No lo había pensado así. El nórdico la salvó de responder.

  • No puedo quedarme aunque lo deseara, Azami. Esta noche es cuanto tenemos…
  • Entonces, disfrutémosla.

Para sorpresa de ambos, la mujer se deslizó como una serpiente torso abajo y con manos y labios volvió a ponerlos a los dos a tono en un santiamén.

El segundo asalto fue más largo que el primero, más pasional, casi acrobático. Al final, Azami cabalgaba frente a frente a un Daten-shi sentado sobre los talones y Hakkon, a la espalda de ella y con las piernas rodeando las del otro hombre, acompañaba sus movimientos arqueado hacia atrás, completamente entregado a la satisfacción de ella.

Cada vez que alcanzaba el orgasmo, Azami tenía una serie de espasmos que contraían todos los músculos de su cuerpo y ambos hombres lo disfrutaban intensamente, intentando llevarla más y más allá.

Como si se hubieran coordinado, los dos hombres claudicaron a la vez, uno dejándose caer hacia atrás y el otro abrazándola como si temiera que pudiera escaparse. Quedaron los tres desparramados por la cama, extasiados y sudorosos. Y así abrazados y enredados se quedaron dormidos.

Poco antes del amanecer Hakkon abrió los ojos, salió a aliviarse y encontró entreabierta la puerta de la terraza. Ith´aru estaba fuera, sentado en las escaleras, con el kimono a medio cerrar y la mirada perdida en la gélida luz que surgía entre las montañas. Cuando le escuchó acercarse su voz rompió el silencio de la mañana, sonaba animada, como si llevara un largo rato despierto.

  • ¿Aún sigues aquí?
  • No quisiera marcharme sin darte las gracias.
  • No me las des… Eres un buen hombre, Hakkon. Un cabronazo impertinente, pero al menos no has mentido…

Azami se asomó también a la terraza, tras pasar ella misma por el aseo también. Los dos hombres se volvieron a saludarla, sonriendo.

  • Volved a la cama. Yo iré en un rato.

No hizo falta ver sus rostros para entender que anhelaban ese momento a solas. Hakkon tocó el hombro de su amigo al volver dentro y el otro rozó su mano mientras le instaba a aprovechar aquella oportunidad.

De nuevo en el dormitorio, solos los dos, Hakkon la besó como si fuera suya. Como si no existiera nadie más y pudieran hacer eterno aquel momento. La hizo el amor despacio, sin pretensiones, solo disfrutando del momento y entendió por fin lo que Ith´aru pedía cuando le decía que les dejara a solas, que les dejara en paz.

En su concepción el sexo siempre había sido sexo, con intimidad o sin ella, pero teniendo a aquella preciosa mujer entre sus brazos, solo para él, entendió muchas otras cosas.

Cuando Daten-shi volvió al cuarto los dos estaban ya dormidos. Azami se acurrucaba entre los brazos del gigante tatuado, como una niña entre las poderosas extremidades de un gran oso.

Con las primeras luces que entraron por la rendija de la ventana entornada Hakkon comenzó a disolverse, como un jirón de niebla que se extingue con el viento. Abrió los ojos y su expresión fue de atroz desamparo. Ith´aru esperaba que la mujer siguiera dormida, pero al descomponerse el brazo sobre el que se apoyaba se despertó sobresaltada y se volvió a tiempo de ver difuminarse con la luz al hombre tatuado. Se incorporó y sus ojos asustados encontraron consuelo en la templada mirada de Daten-shi.

  • Y por eso no puede quedarse, tesoro. Hakkon no pertenece a este mundo.

 

…Tiene consecuencias

 

Después de aquella experiencia, Azami ya no pudo volver a ver el mundo de la misma manera. Ya no solo sospechaba que su marido era un dios y su amigo era un demonio, ahora lo sabía con absoluta certeza. Y ella había yacido con los dos.

 

La ausencia de Hakkon lo convirtió en una idea deseable, a pesar de la presencia más que satisfactoria y amada de Daten-shi. Pero el bocado ya había sido probado y con el patrón del retorno del nórdico al cabo de un año, Azami soñaba con otra noche de pasión desbocada como aquella. Aunque intentaba hacer ver a su marido que no había nada que temer del hombre pintado, él sabía que la noche compartida por los tres la había dejado una profunda marca.

 

Por su parte, Ith´aru se planteaba a menudo si había sido sabio ceder a los impulsos de los otros dos: su esposa y su, quisiera o no, mejor amigo, dada la obsesión mutua, acrecentada por la imposibilidad de reencontrarse hasta pasado un año.

 

El único beneficio real de todo aquello fue que, algunas veces, el fantasma se apartaba discreto y les dejaba verdadera intimidad. Aquello no era algo que Azami pudiera siquiera percibir, pero para el otro era un alivio poder prescindir del incorpóreo testigo, de vez en cuando.

 

Su segundo encuentro, al cabo de un año, no tuvo nada del pudor del primero. Los dos amantes se ansiaban de forma casi salvaje y aunque Daten-shi participó activamente, sentía que era una noche para los otros dos, en la que apenas era un recurso sexual complementario.

 

Habría podido conformarse creyendo que al menos Azami era suya el resto del año y solo cada trece lunas debía compartirla con el otro, pero, aunque seguían con las mismas rutinas, ella tan risueña y entregada a su vida marital, cuando se acercaba la fecha en que el fantasma volvía a la vida, la mujer se alteraba aunque intentara disimularlo.

 

Y así entraron en la inercia de las esperas entre visitas de Hakkon. Durante cinco años, Azami siguió perteneciendo a Daten-shi, salvo la noche en que el nórdico aparecía. Pero el hombre de las cicatrices ya no sentía la pureza y la entrega de antaño, ya no creía en las palabras de ella, ni en sus besos ni abrazos y cuando el fantasma llegó a su casa por sexta vez, dispuesto a su encuentro casi anual con la pareja, Ith´aru se marchó de la casa.

  • No puedes irte, viejo.
  • Esta noche sí. Esta noche no nos ata nada, Hakkon.

Sin su esposo, el pasional encuentro con el fantasma encarnado tuvo un sabor agridulce. Apenas se hubieron degustado el uno al otro, Azami salió al porche, oteando las montañas en busca de su amado. Hakkon quiso reconfortarla, pero decirle que él lo encontraría al día siguiente o en un par de ellos si tardaba en regresar, como a veces ocurría, no serviría de consuelo y revelaría detalles de su historia que Ith´aru no quería revelar.

 

El nórdico quería aprovechar aquella noche, pero la mujer estaba preocupada. Preocupada por haber desperdiciado la compañía de un dios por el anhelo de un diablo pasajero y preocupada por haber herido los sentimientos del hombre al que de verdad amaba, por el deseo exótico de su aventura con el gaijin tatuado.

  • ¿Quieres ir a buscarlo?
  • Querría que no se hubiera marchado. Querría que no se hubiera confundido.
  • ¿Confundido?
  • Él cree que le has sustituido y no es así.

La mueca de sorpresa fue toda la respuesta que pudo dar antes de que ella continuara hablando. 

  • Me gustas, Hakkon y no negaré que te quiero. Pero a él le amo. Le amo más que a mi vida y ahora le he perdido.
  • Volverá, no sufras. Nos ha dejado esta noche pero…
  • No lo entiendes…

 Había rabia en la mirada y en el tono de la pequeña y dulce Azami.

 

  • … da igual si vuelve o se marcha para siempre. Ya le he perdido.

 

 

 

Aquella noche Ith´aru solo buscaba soledad. Alejarse de ese hogar que llevaba ya tiempo perdiendo su esencia y de esa pareja que, con su consentimiento, le había ido apartando hasta convertirle en un mientrastanto entre sus encuentros. Sería fácil odiar a Hakkon, pero la culpa era suya por haber cedido a la curiosidad y al anhelo de su esposa, por haber creído que su propio encanto podía mantener a su lado a una criatura tan deliciosa como Azami frente al exótico y misterioso atractivo de un fantasma de presencia esporádica. Quizá se había acomodado. Había soñado con poder alargar aquellos años de entrañable felicidad, pero solo se engañaba a sí mismo.

 

Hizo recuento de las veces que se había casado tras salir de la Isla y de los años que había podido disfrutar de aquella ilusión de felicidad consumada. Tan solo a una de sus esposas la había llegado a ver envejecer y morir sin tener que enfrentarse a acusaciones de brujo y cosas peores. Azami habría envejecido con él sin temerle, ya que le consideraba una suerte de dios, un regalo del cielo… pero en un mundo de dioses y demonios, los demonios siempre resultaban más tentadores.

 

Había cabalgado un par de horas hacia el norte sin pensar siquiera en que hubiera en el mundo otro ser vivo más que su caballo y él, pero había otros seres vivos con sus propias preocupaciones en mente, mucho más prácticas y mundanas.

 

El primer mazazo lo derribó del caballo, dejándolo tendido en el suelo y falto de respiración. Después llegaron los rapiñeros rebuscando entre sus ropas y creyendo que encontrarían algo de valor. Cuando intentó apartarlos, aún confuso, uno de ellos clavó en su pecho un puñal, mientras se lamentaba tan solo por el desperdicio de la prenda que mancharían de sangre. Recuperaron el cuchillo y le dejaron allí tendido mientras rebuscaban también en la silla del caballo y discutían sobre el reparto de cuanto encontraron en su pesquisa.

 

Ninguno esperaba que se levantara. Ninguno esperaba que el pecho aplastado volviera a su hechura original y la herida en el pectoral izquierdo se cerrara como se cerró. Pero esa noche la templanza y habitual economía de golpes del inmortal se vio rebasada y los cinco ladrones pagaron por los crímenes de todas sus vidas con dolor.

 

Cuando, días después, encontraron los cuerpos, nadie supo explicar qué clase de bestia podría haber causado tal destrozo. La crueldad y el esmero con que se habían ensañado con los cinco desgraciados dio la vuelta a los estómagos de más de uno.

 

Mientras tanto, el hombre siguió vagando por los caminos, sin ninguna prisa por volver al valle. Hakkon volvió a su lado, como siempre, al tercer día de haberse hecho corpóreo y, tras su confusión habitual al volver a su estado fantasmal, intentó en vano hablar con él de la noche con Azami. El retorno del fantasma le devolvió un poco a la realidad y por fin puso rumbo de vuelta. Les sorprendió una hilera de aldeanos abandonando el valle y una columna de humo tras las colinas, en la dirección del hogar de Daten-shi, y el hombre de las cicatrices cabalgó a toda velocidad aquel camino que había evitado desganado los dos días anteriores.

 

Una horda procedente de los pueblos del mar había subido hasta allí, olvidada ya la derrota de veinte años atrás, y había encontrado la escasa resistencia de pastores y granjeros. Habían saqueado y quemado cuanto habían encontrado a su paso.

 

Daten-shi atravesó los escombros de su casa casi en trance, hasta dar con el cuerpo tendido de su esposa en el patio trasero. Se había quitado la vida antes de caer en manos de aquellos bárbaros y, con la sangre que brotaba de su herida abierta, había escrito en las losas del patio una breve misiva dirigida a su marido.

 

“Daten-shi: solo a ti te he amado siempre. Gracias por la vida que me has dado. Siempre tuya”

 

Ith´aru abrazó a su esposa y meció el cadáver durante tanto tiempo que la noche cayó sobre él. Su mirada se mantuvo perdida, sumido en sus más profundos y oscuros pensamientos. Sus ojos lloraron solo tras secarse con el humor que arrastraba el viento y aún así apenas parpadeó o se movió hasta que las quejas e improperios de su parca lograron sacarlo de su ensoñación.

 

A la luz de las últimas llamas de consumían su hogar, Ith´aru fijó la vista en el alicaído bárbaro que, sentado en los tablones ennegrecidos de la escalera, le contemplaba rabiando.

 

  • ¿Por qué te lamentas? Eso es lo que hacen los conquistadores, Hakkon. Destruyen aquello que desean poseer, creyendo que podrán alzarse sobre sus cenizas.

 

Hakkon el Conquistador, que había llevado un ejército de bárbaros a la Isla de Bekurianth dos mil años atrás haciendo exactamente lo mismo que aquella horda de rufianes, lloró largo y tendido ante la amarga y afilada acusación, con todas sus connotaciones.

 

Pasarían meses hasta que los dos, hombre y fantasma, volvieran a dirigirse la palabra. Meses durante los cuales Ith´aru, el asesino, hizo eco de su nombre eliminando hasta el último reducto de los hombres del mar.

 

Su furia borró de la historia a aquellos bárbaros y saqueadores, permitiendo que la historia de Japón evolucionara como se conoce hoy en día.

 

 

 

 

Puertas a la Atlántida

(Oliver Leal)

OTROS TÍTULOS DE LOS CLANES SUMERGIDOS

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Familia Rochavella

Libro de momentos (Oliver Leal) – Han

Libro de momentos (Oliver Leal) – Han

 HISTORIA DE HAN – EL ORIGEN DE LA HERMANDAD DE ASESINOS

Los dos muchachos corrían por los tejados, sorteando obstáculos con gran agilidad. Los soldados que les perseguían estaban entrenados para la lucha cuerpo a cuerpo en tierra, pero no para el inesperado y gimnástico recorrido entre los edificios. El más ágil de los dos, de rasgos orientales y piel pálida, reía mientras brincaba de un lado a otro, deshaciéndose de sus perseguidores con golpes, empujones y pequeños cuchillos que arrojaba sin mirar, acertando en cada blanco aún en movimiento. El otro, siguiéndole el ritmo a duras penas, sonreía de medio lado, mientras esquivaba y derribaba a sus propios rivales.

Cuando lograron salir de la ciudad, ambos portaban más cortes que los que llevaban al entrar, pero reían alegres y victoriosos, cumplida su misión. Las sonrisas se borraron de sus rostros tan pronto como llegaron a la sede.

  • ¿Acaso estáis satisfechos con vuestra desastrosa actuación?

Los dos muchachos se miraron entre ellos, sabiendo lo que vendría a continuación. Eran conscientes de haber infringido una docena de normas de la Hermandad, dejándose perseguir y ver, pero aquella vez la paliza excedió todas las anteriores. Los dos eran irreverentes y contestones, pero cuando el instructor, encendido por sus insolencias, desenvainó el cuchillo, las sonrisas se borraron de sus rostros. La hoja voló sobre el pecho del más joven, pero el otro se interpuso, recibiendo un corte en la cara.

  • ¿Qué crees que estás haciendo? ¡No vuelvas a interponerte en mi camino, Ith´aru!

Aún hicieron falta dos cortes más para dar tiempo a Han a recomponerse de los golpes y saltar por encima de la espalda de Ith´aru, cayendo sobre el brazo que empuñaba el cuchillo y cambiando su trayectoria hacia el pecho del instructor.

Entre los dos, con movimientos perfectamente sincronizados, derribaron a su oponente, pese a su lucha enfurecida. La sangre de Ith´aru llovía sobre su rostro mientras se retorcía por el suelo, tratando de inmovilizar al instructor. Finalmente, tras desarmarle de todas las armas ocultas que fue empuñando, el muchacho hizo girar las dos últimas hojas, rebanándole el cuello justo a la altura de la barbilla. Han le miró horrorizado.

  • ¿Está muerto?

Ith´aru levantó la vista, sardónico.

  • ¿Crees que lo notarán?

Fue tal la calma con la que preguntó aquello que Han entendió, una vez más, el origen de su mote: Hoja de Hielo.

  • ¿Por qué has hecho eso?

Ith´aru se dejó caer a un lado, empujando el cadáver para apartarse de él.

  • Porque estoy harto de palos, Han. No creo que este sea un entrenamiento necesario…
  • Y no lo era, Ith´aru.

La voz sonó grave y autoritaria. Los dos muchachos se cuadraron casi instintivamente ante el regente, que atravesó la sala hasta detenerse junto al cadáver del instructor. Le dirigió una mirada despectiva y pasó sobre él para escrutar los rostros ensangrentados de los dos muchachos.

Tras el shock inicial de tener ante ellos a la máxima autoridad de la Hermandad, los dos recobraron las poses chulescas y se enfrentaron a él con osadía.

  • Si no era necesario, ¿por qué habéis permitido esto?

Ith´aru, desafiante, señaló el rostro magullado de su hermano de armas. El regente arqueó una ceja al comparar las heridas de ambos. Allí donde Han tenía moratones, el otro chico lucía feos cortes.

  • La disciplina es necesaria. Acostumbraros a la violencia forma parte del entrenamiento. Las cicatrices son útiles para la memoria… pero no podemos permitirnos perder miembros. A partir de este momento pasaréis a formar parte de mi escuadrón y yo personalmente supervisaré vuestro entrenamiento.
  • Nada de eso responde a mi pregunta… regente.

Si el rostro cubierto de sangre no resultaba suficientemente hostil, el tono sí resultó amenazador. Han esperaba que el regente desenvainara una de las espadas que pendían de su cinto y degollara ahí mismo a su compañero, pero el tipo sonrió misterioso, como si la actitud pendenciera de Ith´aru no resultara ser la ofensa que les habían enseñado que era.

  • Sois un binomio interesante. Estoy seguro de que podremos lograr grandes cosas con vosotros. Id a curaros y descansad esta noche. Al amanecer quiero veros en el Árbol Roto.

El regente dio media vuelta. Ith´aru iba a imprecarle una vez más, pero la mano de Han le detuvo, sujetando su muñeca mientras negaba con la cabeza. No hicieron falta palabras. Los dos sabían que les había perdonado la vida, lo que no alcanzaban a comprender era el motivo.

Había llegado a oídos de la Regia Cabeza la extraordinaria destreza de los dos pupilos y, con ella, el trato deleznable que sufrían a manos del instructor asignado a su entrenamiento. El regente había tardado más de la cuenta en prestar atención a aquel asunto, ya que al consejo no le parecía un hecho que atañera a su nivel, y cuando al fin los dos chiquillos fueron presentados bajo el Árbol Roto, los dos parecían salidos de una batalla.

Los cinco miembros de la Regia Cabeza estudiaron con desprecio el aspecto desvalido de los muchachos. A pesar de sus intentos por caminar erguidos y parecer más duros, los dos lucían magulladuras, inflamaciones y rozaduras visiblemente molestas. Uno de ellos, además, feos cortes a medio cerrar en el rostro.

La despiadada consejera hitita se levantó con gracia y se paseó entre ellos, como evaluando una mercancía. Se detuvo frente al más joven y le levantó la barbilla.

  • ¿Esto es lo mejor que tiene la escuela?

La mirada furibunda del otro muchacho llamó su atención. Tenía los ojos grises y expresión desafiante, sin importarle las brechas que adornaban su juvenil rostro. Se volvió hacia él, sonriendo con malicia.

  • ¿Te he ofendido? ¿Crees que tienes algún derecho aquí, muchacho?

Ith´aru no respondió, pero tampoco apartó la mirada. La hitita le arreó un bofetón que hizo que se le abrieran las heridas de la cara. El muchacho continuó en silencio, aunque sus ojos hervían de rabia.

  • Ya me parecía a mí…

Se volvió hacia el regente. Saltaba a la vista que no compartía su parecer con respecto a aquellos dos.

  • ¿Cuál de ellos mató a Krazyak?
  • Ith´aru.
  • Vaya… el chico enfadado, ¿eh? ¿Crees que ahora vas a ocupar su puesto? ¿Que vas a ganarte un trato especial por haber defendido a tu nenita?

La expresión furibunda del chico se tornó sardónica y sus labios dibujaron una sonrisa extraña que confundió a todos los testigos.

  • ¿Y ahora de qué te ríes?
  • De tu estupidez.

No solo la hitita abrió los ojos como platos ante semejante respuesta. También el resto de miembros de la Regia Cabeza se adelantaron en sus asientos, estupefactos. Más aún cuando, al abalanzarse la consejera a golpear al insolente muchacho, éste esquivó el golpe, retorciéndola el brazo y con un golpe seco en la base de la nariz la dejó k.o, apartándola a un lado como un fardo.

Han reaccionó rápido, colocándose a la espalda de su compañero tras recoger ágilmente las armas del cinto de la consejera. Su mano buscó la de Ith´aru para entregarle un puñal y ambos se pusieron en guardia.

El barullo que se había levantado ante la inesperada escena se vio amortiguado por un sonido de palmas entrechocadas, muy lentas, muy altas.

Los tres consejeros se volvieron hacia el regente, cuya sonrisa satisfecha no hizo bajar la guardia a los dos muchachos.

  • Vuestra fama os hace justicia, muchachos.
  • ¿Qué significa esto, Hekmet?

Los atónitos consejeros esperaban una respuesta que no se hizo esperar.

  • Significa que va a haber cambios en la escuela.

(…)

Horas más tarde, en la penumbra de la celda, Han trataba de aplicar una cura sobre el rostro hinchado y dolorido de su amigo.

  • Eso tiene mala pinta. Podías haber perdido un ojo por ponerte en medio.
  • Bah, te la debía por la del gordo de Priene.
  • Un antebrazo no vale lo mismo que la cara, hermano. Esas marcas no se borrarán fácilmente.
  • Las cicatrices son historia y enseñanza, ¿No atiendes en la instrucción?

El tono burlón de Ith’aru no daba opción a respuesta seria, así que Han le siguió el rollo bravucón largo rato. Hasta que, ya medio dormido, le asaltó de nuevo con otra duda existencial.

  • ¿Crees eso que dicen de que cada vez que matas a alguien pierdes un pedazo de tu alma?
  • Dímelo tú, ¿Te ha quitado algún pedazo alguno de los trabajos que hemos hecho?
  • Creo que no. Creo que se lo merecían y que el mundo está mejor sin esa gente… ¿Crees que pensarán eso de nosotros cuando nos maten?
  • Creo que le das demasiadas vueltas. Duérmete, Han.

A la mañana siguiente, en una de las pausas entre sus entrenamientos, Han encontró otro hueco para conversar con su amigo.

  • ¿Has oído hablar de la Cuna de Dragones? Dicen que sus aguas te hacen inmortal.
  • Pues no encontraremos trabajo allí.

Han rió ante la ocurrencia despreocupada del otro.

  • ¿Te imaginas vivir para siempre?

Ith’aru no respondió, seguía afilando sus armas, metódico y ensimismado. Han continuó.

  • Lo que hacemos cambia el curso de la historia. Hacemos que los poderosos caigan, que los ejércitos ganen o pierdan batallas… Pero cada intervención es una apuesta a vida o muerte. Lo que hacemos es importante porque nos permite vivir un día más para ver mejorar el mundo… Imagina no tener que preocuparte por sobrevivir a la siguiente batalla…
  • La vida eterna y la inmortalidad no son lo mismo, Han. Lo que dicen de la Cuna es que todos viven cientos de años, no dicen que no se les pueda matar…
  • Aguafiestas.
  • Idealista.
  • Mejor hacer esto por creer en algo que hacerlo por inercia, como un puto autómata… ¿Por qué lo haces tú, Hoja de Hielo?
  • Se me da bien.
  • También navegar y no te veo de capitán de barco.
  • Quizá algún día me veas… Navegar es relajante. Pero matar es más rentable.
  • Eso es muy cierto.

La campana que anunciaba la próxima formación les sacó de la reflexión.

(…)

En los siguientes años, la que había sido una modesta agrupación de asesinos a sueldo con aspiraciones de grandeza, al servicio de señores de la guerra y adinerados mercaderes, se acabó convirtiendo en una afamada institución, conocida y respetada como centro de entrenamiento de guerreros y sicarios de gran destreza.

Los grandes señores entregaban a sus niños para ser entrenados por la Hermandad, deseando obtener ventajas estratégicas sobre sus competidores, pero solo unos pocos sobrevivían a las duras condiciones de entrenamiento. Brutales técnicas de disciplina que serían emuladas por sociedades posteriores, como la joven Esparta, garantizaban la impecable respuesta de sus miembros.

Tras la remodelación del primer consejo, llamado la Regia Cabeza y fracasado por la falta de escrúpulos y visión, un rector único, visionario y con grandes influencias en su tiempo, diseñó el futuro de la orden con un espíritu monacal de servicio vitalicio y prestigiosa exclusividad corporativa. Y su diseño cobró forma a velocidad vertiginosa, asentando las raíces y cimientos de la futura Hermandad de Asesinos.

Los asesinos entrenados por la Hermandad no eran soldados, ni guerreros al uso, sino verdaderos artistas del subterfugio, la discreción y la diplomacia, capaces de infiltrarse en cualquier estamento de cualquier sociedad para llevar a cabo encargos cada vez más refinados y complejos. Se les enseñaban lenguas, anatomía, estrategia militar, relaciones políticas, armamentos de cualquier nación y cómo emplearlos. El entrenamiento era severo y el estudio exhaustivo, dando lugar a miembros excepcionales tan temidos como respetados.

Siendo su presencia cada vez más extendida en todas las naciones y países del mundo humano, lograron sin embargo desaparecer de los libros de historia y convertirse en apenas leyenda, en fantasmas… una certeza susurrada por aquellos con poder y oro suficiente como para acceder a sus exclusivos servicios. Muchos han sido los asesinos a lo largo de la historia que han formado agrupaciones, clanes y empresas conjuntas… pero ninguno ha alcanzado jamás el prestigio, habilidad y experiencia cosechados por la Hermandad desde sus primeros días.

En los inicios de esta institución se cometieron algunas atrocidades que dieron como resultado la toma de medidas firmes y categóricas sobre el entrenamiento y el trato entre sus miembros, así como la clasificación de los acólitos, miembros de derecho y representantes, simpatizantes, mecenas, clientes y contratistas. A pesar de las duras condiciones de entrenamiento y trabajo, comenzó a ser un destino deseable para aquellos que conocían de su existencia, que habría dado lugar a un remarcable incremento de miembros y a la posible disgregación y deterioro esencial de la orden, de no haberse tomado como norma la no-adhesión de miembros, cuales fueran sus orígenes y dotes aportadas, sin haber superado antes una serie de pruebas titánicas de acceso.

Para profesionales independientes que no hubieran sido criados en el seno de la Hermandad era casi imposible formar parte de tan exclusivo círculo, sin embargo, en aras de una política absorbente y potenciadora, se organizó un tipo de adhesión simbiótica que permitía a los asesinos independientes beneficiarse de las redes y servicios asociados a la Hermandad y encontrar encargos y recursos para su mejora profesional. Por supuesto, los estrategas de la Hermandad también contemplaron el lucro de estos intercambios, elevando las tarifas y ganancias de sus miembros y haciendo crecer su cartera de servicios asociados para una mejor y más compleja interrelación, tanto con profesionales como con clientes.

La Hermandad ofrecía asesinatos perfectos: sin sangre o con lluvia de ésta; a cielo abierto o en habitaciones cerradas e inexpugnables; con desaparición del cuerpo o con exposición pública de los restos; daba igual si el objetivo era de alta cuna, sacerdote, señor de la guerra o campesino; mientras el cliente pudiera costearse los servicios, cualquier objetivo era posible para los entrenados miembros de la Hermandad.

Y pronto empezaron a multiplicarse. La clave residió en seguir bajo las órdenes de un mando único, como un pequeño imperio nacido y extendido en las sombras, sin fronteras ni sujeto a intereses políticos de unos u otros. La neutralidad e imparcialidad de la Hermandad granjeó enemigos y desconfianzas, pero todo ataque contra sus órganos de poder a lo largo de la historia ha sido repelido con éxito.

 En una época de reinos enfrentados, vasallajes cambiantes, batallas continuas y profunda inestabilidad política, la actividad de la Hermandad pasó desapercibida como entidad responsable, si bien sus actos acometidos condujeron el curso de la historia como se conoce. Actuaron al servicio de asirios, hititas, griegos y otros pueblos de Oriente Próximo en la desestabilización de reinados, derribo de señores de la guerra y conquistadores. Participaron en la sucesión de los reyes egipcios desde el final de Imperio Nuevo en adelante y en la ruptura de las coaliciones de los pueblos asirios.

(…)

Desde el patio vieron al babilonio sentarse junto al regente, mirando en su dirección. Los chicos habrían pagado por saber de lo que hablaban los dos. Cada vez que el babilonio recurría a los servicios de la Hermandad cambiaba la composición dinástica de la poderosa Babilonia y los jefes tribales que amenazaban con conquistarla se frotaban las manos.

  • Necesito a uno de tus chicos. Al mejor que tengas.
  • Tengo dos especialmente buenos.
  • ¿Esos dos? Me quedo al pálido, el otro tiene más marcas que la espalda de un esclavo, ¿Qué hace tan bueno a uno tan torpe?
  • Sus cicatrices no son tanto por torpeza como por osadía, amigo. Arriesga más, así que se lleva más tajos… ¿Para qué lo quieres?
  • Hay un caudillo en Kish que inquieta a mi rey, algunos dicen que es un semidiós, que es intocable. Le siguen multitudes y no queremos que eclipse la expansión de mi rey en esas tierras.
  • ¿Y qué gano yo?
  • Formación militar. Si tu chico sobrevive le daré acceso a mis estrategas y dejaré que vuelva y enseñe lo aprendido al resto de tus chicos.
  • ¿Y ya está?
  • Vamos. No finjas que no te interesa. Sé que tienes aspiraciones con esta Hermandad tuya. No sois simples asesinos, sé lo de la instrucción, que les haces estudiar disciplinas inalcanzables para la mayoría de sabios de la corte, no solo luchan… No sé para qué quiere un asesino saber tantas cosas, pero si eso mejora la calidad del servicio no me opongo.
  • Estrategia militar, ¿eh? Desde Nabucodonosor no habéis llevado a cabo grandes conquistas, no sé por qué debería interesarme…
  • Seguimos a la cabeza de todos estos principados, ¿no? Será que algo estamos haciendo bien…
  • Está bien, llévate a Ith’aru, pero cuando tenga éxito quiero que sean tus hombres quienes vengan a formar a mis muchachos. Que estén instruidos no les hace buenos oradores. La especialización tiene un coste.
  • Está bien. Como prefieras… Pero que vaya oculto. Esa cara destrozada es difícil de olvidar, no quiero que me relacionen con él.
  • También su discreción está entrenada, amigo. Descuida.

(…)

UN PARÉNTESIS DE BUENOS TIEMPOS

Los cinco asesinos se reunieron en el comedor de la escuela, acomodándose en torno a una mesa con bancos corridos.

  • ¿Venís esta noche a la ciudad? Uno de los principitos negociantes ha traído un séquito de lo más interesante…
  • Si hay chicas y va Ith’aru paso, siempre se las hace él…

Los cuatro miraron sorprendidos al apuesto Han, que dio un largo trago a su vaso de vino de dátiles. Ur-mazhi señaló incrédulo el rostro inexpresivo del mentado compañero.

  • ¿Cómo es eso?
  • Yo tampoco lo entiendo, yo soy más guapo. Les puedo dar todo lo que puedan desear, pero se quedan con el cararajada.

Fue el mismo Ith´aru quien respondió, templado y sardónico.

  • Les das lo que puedan desear, no lo que quieren. Si una mujer quiere sexo, dale sexo, no busques darla amor… Y si lo que quiere es amor, analiza tus salidas.

Los cinco rieron. Ibbi siguió ahondando en la llaga.

  • Vaya, Han… y yo que te hacía un seductor misterioso…
  • Y lo soy. Pero al parecer este cabrón lo es más. Debe tener algún hechizo que le hace atractivo a todas las mujeres…

Ith’aru se estiró hacia atrás, sonriendo complacido y Nanna, la única mujer entre ellos, a menudo confundida con un hombre por sus rasgos andróginos y su forma de pelear, fingió luchar contra una fuerza invisible, hasta sentarse sobre las piernas de él.

  • ¡Es cierto! ¡No puedo resistirme! ¡Debe ser magia!

Ith´aru hizo amago de aprovechar la situación, rodeando a la mujer con los brazos, pero ella le inmovilizó con una ágil pirueta y le dejó retorcido contra la mesa. Todos rieron.

Aquellos fueron buenos tiempos. La Hermandad prosperaba y sus miembros, hermanos de sangre y de armas, llevaban vidas acomodadas y prestigiosas. El grupo formado por Ur-mazhi, Nanna, Ibbi, Han e Ith´aru contaba entre sus éxitos con la mayor parte de los encargos de los últimos años realizados a la institución.

El primero en morir sería Ur-mazhi, en el intento de asesinato del gran sacerdote tebano Pinedjem I. Después caería Nanna, también en Egipto, llevándose consigo a un aspirante al trono cuyo nombre desaparecería de las estelas. Y tras él, Ibbi, asesinado por una tabernera que le reclamaba la paternidad de uno de sus muchos hijos.

(…)

LA CUNA DE DRAGONES

La primera vez que Ith´aru estuvo en la Cuna de Dragones lo hizo para cobrar un encargo de Han en el que él apenas había participado. Estando convaleciente por un dardo envenenado, su amigo le pidió ir en su nombre, bromeando con la posibilidad de que el pago fuera hacerle inmortal. Al volver de la isla, Ith´aru no era inmortal, pero había descubierto la existencia de una casa de sanación de extraordinaria fama que, a su modo de ver, explicaba las leyendas. Han ya estaba recuperado y no vio necesidad de solicitar tal servicio, más aún al conocer el coste que supondría.

La segunda vez que el hombre de las cicatrices pisó la isla fue precisamente para hacer uso de la mentada casa de sanación. Fue Han quien le dejó en manos de los sanadores, malherido y luchando por su vida con tal anhelo que aceptó cualquier trato que le permitiera no sucumbir. El oriental sospechaba que aquel episodio cambiaría su vida, pero no imaginaba hasta qué punto le afectaría aquella estancia en la isla.

Después de curadas sus heridas, el asesino alargó algunos meses su estancia de forma inexplicable, ofreciendo el servicio de instructor a sus guerreros, hasta que la Hermandad lo reclamó de vuelta. Cuando Han lo vio aparecer de nuevo en la sede supo que algo atormentaba a su amigo, algo que se había quedado atrás al partir de la Cuna de Dragones.

Durante los dos años siguientes, Ith´aru aprovechaba cualquier excusa para merodear por la Cuna. En dos ocasiones sus pasos le llevaron a la Ciudadela. De la primera volvió frustrado y de la segunda ansioso. Han se burlaba de él y de su estupidez, incapaz de creer que un flechazo pudiera trastornar tanto a su amigo.

Pero lo cierto es que Ith´aru el asesino no volvió a ser el mismo tras su paso por la casa de sanación de la Cuna, donde contrajo una deuda de sangre con la isla de Bekurianth que parecía alegrarle más que pesarle, pues ofrecía la excusa perfecta para volver allí.

  • Para volver a morir, amigo. Cuidado con lo que anhelas, porque puedes encontrarlo donde menos te lo esperas…
  • ¿Alguna vez has estado enamorado, Han?
  • Muchas veces.
  • Enamorado de verdad.
  • ¡No digas sandeces, Ith´aru! Tú no estás enamorado. Y aunque lo estuvieras, no tendría ningún sentido… ¿una bekur? ¡No te hagas eso, amigo! Jamás podrías cortejarla. Eso te matará antes que la deuda de sangre que has contraído…
  • Lo prefiero a seguir vagando sin sentido.
  • ¿Pero tú te has oído? ¿Quién eres tú y qué has hecho con mi compañero, el hombre sin sentimientos?
  • Mañana parto hacia la Cuna. ¿Vienes conmigo?
  • ¿Estás loco? Tengo un encargo en el sur, cuanto antes vaya, antes podré liberarme. Me vendría bien tu ayuda…
  • Debo intentarlo, Han.
  • Intentar morir siempre se te ha dado bien. Pero por suerte se te da mejor no conseguirlo… te deseo sexo desenfrenado y montañas de oro.

Allí se separaron sus caminos por el periodo más largo de sus inesperadamente largas vidas. Han partió a Egipto, donde todos sus amigos habían muerto, y retornó victorioso, pero Ith´aru no había regresado todavía cuando le buscó para celebrar su éxito con él. Casi había pasado un año cuando fue a buscarlo a Bekurianth y descubrió, para su sorpresa, que el asesino lo había conseguido. Vivía en la costa, entre pescadores, y se veía en secreto con la famosa sacerdotisa, pero su pequeña aventura estaba empezando a levantar suspicacias.

Han pasó allí un par de meses, sirviendo de tapadera a los dos en alguna ocasión, hasta que por prudencia ambos abandonaron aquella vida, antes de que la corte destapara la verdad tras las sospechas que algunos tenían.

Ith´aru no quiso volver a la sede después de su estancia en Bekurianth, así que Han le acompañó hasta que sus caminos se separaron de nuevo, reclamados cada cual por sus propias deudas, cada uno en un extremo del mundo conocido.

El hombre de las cicatrices respondió afirmativamente y con ánimo renovado al emisario de la Ciudadela que le buscó para embarcarle en el que, a todas luces, sería su último encargo, su última batalla. Han habría deseado acompañarle, pero también a él le habían reclamado en otra parte y sus caminos se separaron en la costa. Ith´aru embarcó sonriente y se despidió de su amigo con la alegría confiada de quien se siente dueño de su destino.

  • Si acabas tu encargo rápido, vente conmigo. ¡Seguro que esos bekures agradecen cada espada y cada saeta que podamos aportar a su causa!
  • Lo mismo te digo, hermano. Aunque seré yo y no una muchacha bonita la que lo agradezca, ¿podré competir?

Rieron y se burlaron pero, como en cada misión, y en aquella más que en ninguna otra, eran conscientes de que podría ser la última vez que se vieran. Se abrazaron y despidieron antes de que Ith´aru subiera al trasbordador.

Seis meses después llegaría a la Hermandad la noticia de la épica muerte de Ith´aru y apenas un año después de su partida, nadie recordaría la existencia de Bekurianth, ni de sus dragones ni de sus misteriosos y longevos moradores.

Solo Han, al recordar a su amigo, tenía la sensación de que su muerte respondía a una causa concreta y durante meses se obligó a recordar, a indagar y a reunir pruebas de que sus recuerdos, efectivamente, habían sido alterados por alguna fuerza que escapaba a su control.

Así entró en los círculos de magos de Asiria. Así logró encontrar a quien aseguraba que existía una isla mágicamente ocultada al mundo llamada Bekurianth, y el contrato que le llevaría, a través de portales secretos y esotéricos acuerdos, al lugar antes conocido como Cuna del Tiempo.

Solo al pisar sus ocultas costas recordó su anterior visita, a su amigo, su relación prohibida y su épica muerte, conmemorada por una estatua de piedra en la plaza principal de la Ciudadela.

Allí, estupefacto y confuso, fue reclutado para el que sería también su último trabajo… con su cuerpo al menos.

Puertas a la Atlántida

(Oliver Leal)

OTROS TÍTULOS DE LOS CLANES SUMERGIDOS

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Familia Rochavella

Escena perdida (Orión en la Isla del Tiempo)

Escena perdida (Orión en la Isla del Tiempo)

La sacerdotisa recorría el frío metal de aquella burda hacha de guerra con la delicadeza con la que se acaricia a un bebé o a un amante dormido. Era lo único que conservaba de él. El arma que le había quitado la vida.

Cuando el navegante despertó y caminó hasta su lado, Ayra estaba mirando al infinito, muy por encima de la repisa sobre la que descansaban el hacha y una espada.

  • ¿Algún día me contarás la historia de esas armas?
  • Sirvieron para matar, como todas las armas.
  • Pero estas las tienes en un altar.

Se volvió hacia él, con esa sonrisa seductora en la mirada que le había conquistado en la recepción, solo que sus labios no sonreían.

  • Debes irte, Orión.
  • ¿Tan pronto?
  • Creo que lo hemos prolongado demasiado.
  • Bueno, yo creo que podríamos prolongarlo un poco más…

Sus ojos dejaron de sonreír, convirtiéndose en frío hielo.

  • Vete, Orión. No me hagas repetirlo.

El navegante suspiró. Era la tercera vez que se repetía aquella escena. Un encuentro pasional, una noche de buen sexo y por la mañana, antes del amanecer, ella se volvía hermética y le echaba a patadas. No le toleraría a hombre o mujer semejante trato, pero ella era tan extraordinaria que prefería soportar su desdén y poder disfrutar de su compañía, que discutirle su proceder.

 

Se levantó de la cama, estirándose como un gato antes de abandonar el lecho y se vistió despacio, de esa forma deliberadamente sexy que sabía que ponía cachondos a hombres y mujeres al verle, pero Ayra ni siquiera le estaba mirando. Seguía mirando al infinito, más allá del arma que conservaba en un altar en su propio dormitorio.

Aquello sí resultaba frustrante, podrían pasar meses o incluso años hasta que los acuerdos le permitieran volver a la Isla y no quería dejarla, no quería separarse de ella.

Cuando ya iba a abandonar la habitación, resignado a no recibir ni una triste despedida, Ayra le cogió del brazo.

  • Orión, tú recorres los mares del mundo entero… puedes ir a cualquier parte, abrir puertas a todos los rincones del mundo.
  • Sí, ¿estás pensando en hacer una escapada conmigo?
  • Pensaba en que quizá podrías encontrar a alguien para mí.
  • ¿Tiene algo que ver con esa espada?
  • Olvídalo, ha sido una estupidez.
  • Ayra, por ti secuestraría a los hijos bebés de los peores tiranos de la tierra.
  • ¿Eso debe sonar romántico?

La sacerdotisa volvió a sonreír y el navegante se deshizo por dentro, extasiado.

  • Pídeme lo que quieras. ¿A quién debo buscar?
  • Su nombre es Ith´aru

Pudo sentir cómo la estudiada coraza de la sacerdotisa se resquebrajaba al pronunciar aquel nombre. Le siguió una pausa sutil, como si paladeara cada sílaba y Orión sintió celos inmediata y dolorosamente de aquel nombre extraño, fuera quien fuera su portador y se apresuró a romper ese silencio incómodo.

  • ¿Qué aspecto tiene?
  • Le reconocerás por las cicatrices de su rostro… – Ayra se acercó a él y con sus dedos delicados le fue señalando en el rostro, en el cuello, en las manos, un sinfín de líneas y áreas de lo que describió como cicatrices, más gruesas, más rosadas, como si pudiera verlas con nitidez. Orión frunció el ceño confuso. La persona que describía no podía lucir muy buen aspecto con todas las marcas que le achacaba y sin embargo, la mirada perdida de Ayra reflejaba algo que no veía en sus ojos cuando le miraba a él, ni a nadie al que hubiera visto en todos sus encuentros previos. La mano derecha de la sacerdotisa se detuvo en su cuello y se fue deslizando por el pecho y el vientre, hasta la ingle. Orión sonrió con picardía, dispuesto a devolver la caricia pero la mano de ella detuvo la suya –… si le encuentras, en tu largo caminar por el mundo, debes…
  • ¿Traerlo aquí?
  • Decírmelo.
  • ¿No querrías que le trajera aquí?
  • No.
  • De acuerdo.
  • ¿Le buscarás por mí?
  • Haría cualquier cosa por ti, Ayra.
  • Entonces búscale por mí, Navegante.

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