El arqueólogo (Profesor Falcon)

El arqueólogo (Profesor Falcon)

1. EL ARQUEÓLOGO

En su sueño, yacía tumbado frente a frente con una mujer que sonreía. Por primera vez en mucho tiempo se sentía completo, a gusto, en paz. Por primera vez en mucho tiempo sentía esperanza. Y todo eso lo sentía al notar los dedos de ella entrelazarse con los suyos, estirados sus brazos por debajo de las almohadas.

No conocía a la mujer. No conocía aquella sonrisa. Solo recordaba del sueño que le había hecho sentir bien y ahora, al despertar, se sentía descorazonado, ahogado y perdido, como siempre.
Maldijo a la mujer. Maldijo el sueño y se maldijo a sí mismo por permitirse ese punto de esperanza en un estúpido sueño. Por perder tiempo siquiera en intentar recuperar aquella imagen, como si pudiera aportarle algo real retenerla.
No existía aquella mujer. No existía aquel momento idílico de paz y tranquilidad.
Solo existía el ahora y la necesidad acuciante de encontrar la maldita entrada a la ciudad subterránea, antes de que les suspendieran el proyecto por el conflicto armado que se acercaba.

Se levantó frotándose la cara con desesperación. Había investigado toda su vida, había puesto la ilusión de todos sus años infantiles, juveniles y de adulto en aquella maldita excavación y, como les había sucedido a todos los anteriores arqueólogos, cada día que pasaba en aquel laberinto de restos sin sentido, su expedición le conducía de forma cada vez más evidente al completo fracaso.

Una vez más se preguntó qué haría después. Cuando el gobierno prohibiera definitivamente el acceso a la colina, los guerrilleros invadieran los restos o, peor aún, los dinamitaran como habían hecho con las construcciones del sur y entonces el instituto cancelara definitivamente aquel proyecto… toda una vida dedicada a aquella estúpida ciudad subterránea. Toda una vida obsesionado con aquel estúpido propósito sin sentido… solo por concluir el trabajo de sus padres, solo por unos sueños infantiles que apenas era capaz de recordar.

Sus escasos amigos elogiaban su determinación y locura, la suerte de estar viviendo aquella vida de aventuras y significado, aquel sueño de niños que veían a sus héroes infantiles personados en él. Incluso le habían regalado un látigo y un sombrero, entre burlas y admiración subrepticia. En la expedición se había tenido que hacer, a regañadientes, con un arma de fuego. No le gustaban las armas de fuego. Sí las espadas y cuchillos de la antigüedad, aunque la realidad engañaba a esa proyección idílica que las películas de la infancia habían volcado sobre él: no sabía usar las armas de las que disponía.

No era un guerrero. Era un erudito.Un erudito con la mierda hasta el cuello. La financiación a punto de acabarse. Un piso que apenas pisaba en una ciudad a la que no tenía interés en volver y cuyo alquiler llevaba ya dos meses de retraso por haber derivado los fondos a negocios locales para obtener información allá donde la universidad se negaba a sufragar los gastos.

El conflicto armado se acercaba. No iba con ellos, pero igual que había sucedido con las aldeas y valiosos restos arqueológicos del sur, aquella gente destruiría cuanto encontrara a su paso, y los intentos del gobierno por mantener a raya la normalidad del país, los intereses extranjeros y la estabilidad, cada vez daban menos resultados.

En varias ocasiones el sargento a cargo de la seguridad del yacimiento le había informado del desperdicio que suponía mantener un destacamento protegiendo a un grupo de ladrones de tumbas extranjeros en una colina llena de piedras, mientras sus compatriotas perdían la vida en aquella miserable guerra civil que unos pocos tarados habían levantado desde las comarcas del este.

No podía culparle, pero no podía permitir que el yacimiento quedara desprotegido, porque todos los trabajadores se irían y la expedición habría sido en vano.
Estaba harto de luchar con militares, administrativos, delegados, periodistas y burócratas. Su única preocupación debía ser avanzar en las excavaciones, resolver los misterios de la ciudad subterránea y completar los descubrimientos de su linaje.

Estaba harto de las burlas de los que esperaban verle aparecer con grandes tesoros o, más probablemente, no verle nunca lograr ninguna recompensa a sus esfuerzos. Estaba harto de lidiar con todo el mundo. De la disyuntiva de compartir todos los conocimientos y secretos que le habían sido legados sobre aquel lugar, y de proteger día y noche los valiosos documentos de su familia, en los que se mostraban claves, algunas aún sin descifrar, sobre el contenido de las ruinas.

No creía en la magia que mentaban aquellos documentos. No creía en seres sobrenaturales. Si alguna vez había tenido alguna esperanza de que aquellas maravillas existieran, hacía tiempo que se habían consumido entre el barullo de preocupaciones y problemas de dirigir semejante expedición. Pero sí creía en la ruptura de paradigma que supondría encontrar aquellos restos. En la realización de ver completada una búsqueda de siglos y siglos de sus ancestros. En cerrar el maldito círculo que habían abierto por él, dejándole como legado una obsesión que no parecía llevar a ninguna parte.

En los últimos tres años apenas habían avanzado. El equipo asignado se había reducido al mínimo imprescindible, los fondos se acababan, la paciencia se acababa, las fuerzas también flaqueaban y la perspectiva de precipitarse al fracaso paralizaba cada decisión hasta que a pura rabia sacaba adelante el trabajo.

Estaba muy cansado de todo aquello. Pero el vacío posterior a aquella escabrosa fase le aterraba aún más que los problemas que se había acostumbrado a solventar, con mayor o menor carga.

Pensando en la mujer de su sueño trató de recordar la última vez que había estado con una mujer. Le entristeció pensar que ni siquiera recordaba su nombre. Demasiadas complicaciones. Siempre con prisa. Siempre con la mente puesta en otro lugar, en otro mundo. En un mundo enterrado que le había consumido años de vida, sin apenas recompensas.
Era cierto que había entregado al museo valiosos elementos: vasijas, utensilios y reflejos arquitectónicos que habían cambiado la concepción del pasado remoto de aquel valle inhóspito, justificando con los ingresos obtenidos la ampliación de su expedición. Pero apenas eran baratijas para él. Apenas habían arañado la superficie del yacimiento.

Lo que él buscaba ahí abajo no tenía nada que ver con cerámicas prehistóricas ni arquitecturas imposibles… aunque era una buena tapadera. Al menos mantenía la integridad de su reputación de arqueólogo serio. Contarle al mundo lo que su familia realmente creía que había ahí abajo no habría mejorado las cosas. A nadie le importaban los mundos de fantasía y las hipótesis absurdas de vida no humana en la tierra.

Vació las últimas gotas, llenas de polvo, de la cafetera de cristal parcheado que tenían en la tienda común. No quedaban reservas de café en ninguna caja. También habían empezado a racionar las provisiones.

Debían encontrar algo. Aunque fueran más vasijas y artilugios empolvados, para que la universidad o el instituto concedieran una última oportunidad al proyecto. Ni siquiera le quedaban fondos para volver por sus propios medios a la civilización si sus mecenas de repente le retiraran la subvención. Estaba miserablemente perdido en aquel infierno de polvo y roca.

Sonrió pesadamente al percatarse de que todos allí eran hombres. Algunos días las mujeres de una de las aldeas cercanas venían en un carro, tapadas hasta las cejas, con dulces y odres de agua… aunque hacía ya varias semanas que no habían vuelto a aparecer.

No creía que entre ellas pudiera estar la mujer de su sueño. Ni siquiera recordaba ya su rostro, o su sonrisa. Ni recordaba el tacto de su mano. Aunque durante el sueño le había parecido que era un tacto familiar.
Sacudió la cabeza chasqueando la lengua con fastidio. No tenía tiempo para eso. Se echó al bolsillo un par de cajitas al azar del cajón de provisiones y fue comiéndose un paquete de galletas que encontró sueltas, algo pulverulentas, tras llenar la cantimplora de bolsillo y una botella más para el zurrón.

Sonrió de medio lado al dejar atrás la destartalada tienda, con la totalidad de sus posesiones de valor encima y la mirada puesta en la que consideraban la entrada más probable al mundo subterráneo, en la que ya empezaban a trabajar algunos hombres con las primeras luces del alba. Aborrecía las implicaciones de todo aquello, pero la perspectiva de entrar una vez más en aquellos túneles despertaba una ínfima satisfacción en su interior. Chiquitita, pero suficiente para no decaer.

Recogió un casco con dos linternas y su chaqueta de excavación a la entrada del túnel. Saludó a los hombres y pico en mano, se internó en las profundidades, como uno más.

No vio llegar el todoterreno gris. No escuchó las llamadas de los soldados, retirando tropas y alertando a los trabajadores de su partida y los motivos de la misma. Ante él se extendía como un manto infinito la oscuridad de los túneles y el repiqueteo de los pocos trabajadores que hacían el turno de salida de sol. Nadie bajó a buscarlos.

– ¡Profesor! ¡Profesor Falcon!

El obrero corría por la galería, emocionado. Llegó junto al director de la excavación, que dejó caer el pico y enfocó con las dos linternas de su casco el artículo que traía el trabajador.

Parecía el embellecedor de una cerradura, una pieza romboidal con un hueco también romboidal más pequeño, entre un entramado de dibujos que recordaban al arte celta. Tenía marcas de haber estado embebido en una estructura mayor y huecos de los anclajes.

– ¿De dónde ha salido esto?

El obrero le condujo por el laberinto de túneles hasta una cavidad, apenas excavada, en la que se advertía un antiguo desprendimiento. Entre las rocas del suelo había algunos fragmentos de metal y madera petrificada.

El Profesor Falcon llamó al resto de operarios de la cuadrilla y enfocaron el trabajo en aquella sección, en busca de la puerta en la que estuviera embebida esa pieza o algún otro elemento diferenciador con el resto de bloques de piedra que estaban desenterrando.

En menos de una hora los obreros habían abierto un pasadizo hasta una galería diáfana con el suelo empedrado y una factura arquitectónica impensable para la datación del yacimiento.

Daniel Falcon se introdujo en el pasadizo, seguido de dos de los operarios y contempló fascinado los dibujos tallados en los frisos de las paredes. Boquiabierto y emocionado, el arqueólogo fue siguiendo los dibujos en busca de alguna escritura o símbolo que permitiera datar la factura de aquel intrincado arte.

Un descubrimiento sin parangón. El acceso definitivo a la ciudad perdida de Tyr, por una de las galerías mejor conservadas que la arqueología había hallado nunca desde las pirámides. Tallas policromadas iluminaban aquellas paredes, ocultas al paso del tiempo y al deterioro por el sellado casi hermético de la galería. Daniel Falcon, con un nudo en la garganta y el corazón latiendo a toda velocidad, iluminaba con los dos pequeños focos de su casco un lado y otro de la galería, extasiado.

Entonces empezaron las explosiones.

Primero tembló el suelo y se desprendieron algunos fragmentos de yeso y roca sobre ellos. El profesor Falcon, como responsable de la excavación, hizo un cálculo rápido de trayectorias de salida, hombres susceptibles de quedar atrapados en los túneles y opciones de escapatoria en caso de fallo de alguno de los puntales. Después escucharon un barullo de voces entremezcladas y un estruendo que tardaron en identificar como disparos dentro de las galerías. El Profesor se acercó a la entrada del pasadizo, indicando a los hombres que aguardaran tras él y vio caer fulminado a uno de los obreros que corría hacia el interior del yacimiento, con las manos en el pecho… en ese instante, el acceso y la misma galería comenzaron a derrumbarse sobre ellos, dejando como única opción la huida hacia el oscuro interior inexplorado.

Los tres hombres corrieron, huyendo de la lluvia de rocas, cegados por el polvo. Una parte del suelo se desprendió, haciéndoles caer otro nivel entre escombros y tierra.

Durante un instante todo se volvió negro. Daniel Falcon cayó y el mundo a su alrededor cayó con él. Logró rodar entre piedras y acurrucarse instintivamente, golpeándose los hombros y la espalda y lo último que sintió fue un fuerte golpe sobre la cabeza y un crujido que le hizo estremecer, convencido de que su cabeza se había abierto en dos.

Cuando volvió en sí el aire estaba caliente a su alrededor. Apenas podía abrir los ojos, llenos de polvo y sentía su rostro extremadamente cerca de una superficie de piedra, humedecida por su propia respiración y sudor.

No estaba muerto. Sentía un dolor lacerante en la coronilla y presión en brazos y piernas, por lo que entendió que tampoco se había roto la columna, a pesar de estar literalmente atrapado entre piedras. Trató de moverse, pero apenas tenía espacio para arrastrar las manos entre los cascotes.

Podía sentir el zurrón en su espalda, protegiendo su zona lumbar de algo puntiagudo que podría haber dañado seriamente sus huesos. Se dio cuenta al mover la cabeza de que el casco estaba partido en dos, pero su cabeza parecía entera. Suspiró aliviado. A pesar del terrible suceso, seguía vivo. Todas las protecciones habían surtido efecto.

Gritó pidiendo auxilio, tratando de averiguar si los otros dos hombres habían tenido la misma suerte. Durante unos instantes no obtuvo respuesta y el pánico hizo presa de él, pero después le llegó un alarido. Suficiente para hacerle recuperar el ánimo. La voz de Karim, uno de sus mejores excavadores, llegaba quejumbrosa desde muy cerca.

Se debatió con todas sus fuerzas tratando de salir del espacio en el que estaba encajado. La chaqueta de excavación le había protegido extraordinariamente bien. Aquel híbrido de chaqueta de moto y cazadora de cuero a lo Indiana Jones, regalada por su hermana seis años atrás, había demostrado su valía.

Logró sacar una mano por encima de su cabeza y con ella retirar algunas piedras pequeñas.

– ¡Aguanta, Karim! ¡Aguanta!
– ¿Profesor?
– Estoy aquí, Karim.
– Orhan ha muerto, Profesor.

Una mano embarrada agarró la suya y Daniel Falcon sonrió en su agujero. Entre los dos hombres lograron apartar suficientes piedras como para abrirle camino hacia el exterior. La cinta del zurrón les dificultó un instante, pero Daniel logró zafarse y, en última instancia, rescatar el zurrón antes de que el espacio que había dejado atrás colapsara.

Abrazó a su rescatador con verdadera alegría y el delgaducho individuo gimió dolorido, pero devolvió el abrazo. Quedaron los dos tirados sobre los cascotes, ensangrentados y exhaustos.

– ¿Qué ha pasado, Profesor? Oí disparos.
– Sí, yo también. No sé lo que ha podido pasar, la galería debía ser estable pero… ¿Orhan?

Karim señaló unas piernas ensangrentadas que salían de debajo de una enorme losa de piedra. Una de las linternas del casco se había destruido en el derrumbe, pero la otra aún funcionaba, astillado el cristal pero intactos los leds. La linterna de Karim tenía un estado parecido. Los titilantes haces de luz dibujaban una escena lúgubre contra la oscuridad de la galería.

Los dos hombres se arrastraron montículo abajo con cierta dificultad y lograron sentarse en un conveniente saliente de la pared que en su día debió hacer las veces de banco y Daniel celebró haber podido rescatar su zurrón, ya que en su interior quedaba una botella de agua.

– Es toda la que nos queda. Tendremos que racionarla.
– ¿Vendrán a buscarnos? Saben que estamos aquí. Deben venir a buscarnos…

La voz de Karim sonaba apagada, costosa. El Profesor frunció el ceño. Habían oído disparos. Quizá los militares a cargo de la seguridad del campamento habían tenido que repeler algún ataque de guerrilleros. Quizá no habían sido disparos, sino detonaciones accidentales de alguna carga. Quizá había sido un derrumbe previo que sus mentes, estresadas por la vecindad del conflicto armado, habían interpretado como disparos… en cualquier caso, no era probable que buscarles fuera una prioridad si arriba había problemas. Y solo la cuadrilla con la que estaba trabajando a aquellas horas sabía de la existencia del pasadizo.

– Claro. Es cuestión de tiempo. Vamos a ver si encontramos alguna otra salida…

Karim asintió, recostándose contra el muro. Daniel advirtió que la pierna del hombre había dejado un buen reguero de sangre desde el montón de piedras al banco y le enfocó con la linterna, desmontada del medio casco al que había estado anclada. El hombre estaba pálido, demasiado pálido para su tez morena y curtida.

– Karim… ¡Karim! Hay que tapar esa herida…

Levantó el pantalón ajironado, pese a las protestas del excavador y descubrió una herida de considerables dimensiones. Era increíble que el hombre hubiera podido ayudar en el desescombro y arrastrarse hasta el asiento con la pierna así. Karim intentó agacharse para observarse la pierna, pero se llevó las manos al vientre, dolorido. No podía doblarse.

Daniel levantó sus ropas y enfocó con la linterna el vientre amoratado del otro hombre. Si la hemorragia externa no le mataba lo haría la interna. Chasqueó la lengua y tranquilizó al operario.

– Voy a ponerte un torniquete, ¿de acuerdo? Esperaremos aquí a que llegue la ayuda. No tardarán.
– Hemos encontrado la ciudad, Profesor. Nos dejarán excavar otro año, ¿no cree?
– ¿Otro año? Con este hallazgo seguro que nos dan cinco años más de subvención. Tu familia va a tener un palacio, Karim… ya lo verás…

El hombre sonrió. Daniel se mordió el labio angustiado. Le estaba perdiendo. Karim iba a morir y no sabía cómo ayudarle. Hizo un torniquete con un jirón del pantalón del excavador, pero sentía que lo hacía apenas por ocupar el tiempo, porque no había forma de cohibir el resto de hemorragias. Se sorprendió gratamente al palpar su propio cuerpo y no encontrar más que contusiones y heridas menores. Incluso la sangre que manaba de su cabeza se debía tan solo a una herida superficial. El ligero mareo que sentía podía deberse al golpe, pero aún le permitía pensar y darse cuenta de la gravedad de su situación.

Quiso empapar los labios de Karim con el agua de la botella, pero el hombre levantó la mano con esfuerzo, deteniéndole.

– No malgaste el agua, Profesor. Voy a reunirme con el creador… le hablaré de la ciudad que hemos encontrado… le hablaré de Yanira… le hablaré…

Las palabras se fueron apagando en su garganta y Daniel, con un nudo en el pecho sujetó la mano de aquel hombre que le había salvado la vida, mientras su aliento se extinguía lentamente.

Cuando se supo solo, en la oscuridad de la galería, Daniel Falcon gritó de rabia. No podía, ni quería, calcular cuántos hombres habían perecido en aquellas galerías. Toda la cuadrilla de operarios que, ilusionados, habían acudido a abrir con él el pasadizo hasta la galería y a saber cuántos más si realmente había habido un ataque al campamento. Respiró hondo y tosió, llevándose una mano al pecho con preocupación. Solo eran los golpes. La chaqueta y el bolso de cuero lleno de papeles y provisiones habían parado las aristas de roca, permitiéndole sobrevivir con mejores condiciones que aquellos entregados obreros que, con prendas finas, casi desnudos, se dejaban la piel en el yacimiento día tras día.

Se agachó sobre el pecho inerte de Karim y lloró desconsolado. Había matado a toda esa gente. Había matado a Karim, y a Orhan, a Mehmet… uno por uno fue repasando los nombres y rostros de todas las personas que trabajaban en el yacimiento, bajo su dirección, con los riesgos de la excavación y los riesgos de la zona de pre-guerra en la que se encontraban los accesos a la ciudad subterránea. Debía haberse contentado con Göbekli Tepe, aquel habría sido un trabajo fascinante en el sudeste de Turquía… o haber aceptado la plaza de profesor en alguna de las tres universidades que se lo habían ofrecido… y ninguno de aquellos hombres habría muerto. Después se consoló pensando que nadie había obligado a aquellos hombres a trabajar en la excavación, que muchos de ellos, como Karim, se sentían orgullosos de formar parte de ella… pasó por diversos estados de arrepentimiento, furia, rabia, dolor y desesperanza hasta que finalmente levantó la mirada hacia el rostro pálido del operario y la expresión satisfecha de su rostro le hizo espabilar.

Había un atisbo de sonrisa en aquel rostro maltrecho. Dio un trago al agua, a esa agua que el hombre generosamente había rechazado, conocedor de su destino y se puso en pie, volviendo a tomar consciencia de los muchos golpes y magulladuras de su cuerpo.
No era probable que se molestaran en buscarlos a través del derrumbe. Estaba convencido. Así que solo le quedaba, como ya había indicado a su difunto acompañante, seguir explorando.

Recogió la linterna de Karim, buscó entre los escombros cualquier herramienta o artículo que pudiera serle de utilidad y extendió sobre el saliente, junto al cadáver, todos los artículos que pudo reunir: un pico pequeño, varios cepillos de bolsillo, las dos linternas, las pilas de la segunda linterna de su casco y el zurrón con su contenido intacto pero la cincha rasgada.

La chaqueta le estaba dando un calor de mil demonios, pero no tenía ninguna intención de quitársela. Ató los extremos del asa del zurrón y guardó en él las pilas y la segunda linterna. Se guardó los cepillos y, pico en mano, con la linterna de Karim sobresaliendo del bolsillo frontal de la chaqueta, echó a andar hacia la oscuridad inexplorada. A su espalda, el montículo de piedras y los cadáveres de los operarios quedaron en un silencio sepulcral tras su partida.

2. LOS AUREIN

Maureain se desperezó, molesta por la interrupción de su siesta, cuando una de las piedras del altar sobre el que dormía empezó a vibrar. Bostezó revisando el entramado de avisadores y se rascó los ojos tratando de centrar la atención.

La piedra había vibrado y ahora emitía un ligero resplandor rojizo a través del bajorrelieve con forma de trisquel y de las tres líneas diagonales que quedaban bajo el sello.
Bourron saltó a su lado, ojeando con curiosidad las piedras.

– ¿Eso no es Tyr?
– Sí. No debería.
– ¿Qué lo ha activado?
– Ni idea.

Maureain se estiró, felina, dejando que las afiladas uñas sobresalieran de sus almohadilladas yemas y se relamió, planteándose la conveniencia de un buen baño antes de arrancar. Bourron arqueó una ceja, incrédulo.

– ¿Y no vamos a ir a verlo?
– ¿Qué prisa hay? Están en guerra por esa zona. Habrán reventado una mina o puesto una bomba cerca de los sensores… nadie sabe lo que hay ahí, no van a bajar a buscarlo.
– Voy a poner la tele.

El enorme gato se incorporó, transformando su cuerpo felino en el de un hombre a medida que se estiraba. Cruzó la habitación y cogió un mando, con el que accionó el televisor de cincuenta pulgadas que ocupaba una de las paredes de la octogonal estancia.

Hizo un repaso rápido por un sinfín de canales internacionales hasta que dio con uno concreto que emitía noticias en turco.

– Ahá.
– ¿Ahá?

El noticiario hablaba del asalto a una excavación arqueológica dirigida por un renombrado profesor europeo que había hecho saltar las alarmas internacionales sobre el conflicto armado en la zona. Algunos canales de Europa del este se hacían eco del tema, al tratarse de un proyecto financiado por Austria y encabezado por un arqueólogo suizo-checo.
Maureain suspiró.

– Ya lo has visto. Han volado el yacimiento. Por eso han saltado las alarmas…
– Hay que comprobarlo… y lo sabes.

La mujer-felina terminó de estirarse y se incorporó, tomando también forma humana. Se puso encima un batín ligero y se frotó contra su compañero, remolona.

– Está bien. Revisamos las salas importantes y volvemos. Ya has visto que están todos muy alarmados con el rollo ese de la bruja de Finlandia y sus estragos. Nadie va a estar pendiente de esto…
– Precisamente. Nadie va a estar pendiente de proteger el legado si no lo hacemos nosotros.

Maureain se burló imitando la forma de hablar tan medida y responsable de su siamés, pero se vistió, dispuesta a acompañarle.
Descendieron un nivel de la impenetrable fortaleza, camuflada entre las rocas de la cima de una de las muchas montañas de la cordillera limítrofe entre Rusia y Georgia, y eligieron una de las ocho arcadas que componían su designación como vigías de la Cámara.

Activaron la secuencia de runas y el portal se encendió, dibujando una estela de luz que dio paso a una imagen de oscuridad al otro lado.

– ¿Contento? No hay nadie ahí.
– Algo ha activado el sensor, Maur…
– Está bien…

Atravesaron los dos el portal, encendiendo a su paso los cristales de hadas dejados por la Cámara para la iluminación de aquellas estancias desatendidas.

Bajaron las escaleras empujándose y brincando, y abrieron entre bromas la puerta negra que daba al salón principal del recinto. Vacío. Los asientos de exquisita ebanistería, dedicados a cada uno de los dirigentes que habían formado en su momento el Cónclave de la Cámara, yacían silenciosos y cubiertos de polvo.

– Deberíamos limpiar alguna vez.
– Deberíamos.
– La próxima vez limpiamos ¿de acuerdo?
– Lo que tú digas.

Maureain tomó forma felina para brincar sobre las barandillas que separaban los niveles de la sala circular y después volvió a hacerse humana para abrir una de las puertas.

– El sensor que ha saltado está en una de esas alas. Habrá que recolocarlo y calibrarlo.

Bourron sonrió. Su siamesa al fin estaba activándose para el servicio. Le costaba arrancar, pero una vez se despertaba del todo era un ejemplar extraordinario entre los suyos.

Recorrieron una tras otra las salas, una y mil veces revisadas a lo largo de su guardia. Maureain insistía en que no tenían nada de lo que preocuparse, pero Bourron quería estar seguro de que nadie había descubierto las valiosas reliquias de la Cámara. Rieron, disfrutando del inesperado paseo por las hermosas estancias de aquel palacio abandonado, hasta que dieron con la galería derrumbada.

– Mira. Tus intrusos…

Revisaron el derrumbe y los cuerpos con alivio hasta que, simultáneamente, se miraron entre ellos con expresiones serias. Había alguien más en esas galerías y las huellas conducían hacia las estancias inferiores: a los archivos.

Bourron gruñó, transformándose de inmediato en un enorme felino. Maureain chasqueó la lengua con fastidio e imitó a su siamés, iniciando el rastreo con avidez. No tardaron en dar con su tambaleante presa, a las puertas de uno de los archivos secundarios.

3. EL ARCHIVO

Caminó abriéndose paso en la densa oscuridad de la galería con la intrépida luz de la linterna de Karim enfocando los detalles del asombroso corredor. El espacio diáfano, elegantemente decorado en paredes, suelo y cúpula, resultaba casi abrumador.

No dejaba de pensar que apenas un par de horas antes había estado preocupado por la financiación del proyecto, por el racionamiento de recursos y el pago de alquileres y sueldos… y ahora se hallaba perdido en el subsuelo menos accesible que pudiera imaginar, probablemente dado por muerto y mucho más probablemente destinado a morir allí abajo.

Apenas tenía agua y un par de raciones de campaña para sobrevivir el tiempo que tardara en encontrar algún pozo o fuente salubre. Sus hombres habían muerto y la excavación probablemente había sido dinamitada sobre su cabeza. No importaba ya la ausencia de cápsulas de café, ni las opciones de trabajo en la universidad o en el instituto arqueológico… todo aquello parecía de otro mundo.

Sonrió pesadamente al recordar su sueño. Ya no tendría ocasión de encontrar a la mujer. Ni a ninguna, salvo momificada en alguna de las estancias de enormes puertas de madera en inexplicable buen estado, que había ido dejando atrás.

Había perdido la pieza de metal que había encontrado Karim, pero por las otras puertas que había visto, no había errado en su sospecha de que se trataba de un embellecedor.

No era capaz de ubicar el arte de aquellas paredes. No era sirio, ni sumerio, ni acadio. Era imposible que fuera celta, a pesar de las intrincadas figuras geométricas y florales que recordaban vagamente la decoración de los calderos y armas de centro Europa. Los colores y figuras evocaban el arte babilónico, pero no reconocía las escenas que representaban. Había imágenes de seres antropomorfos, algunos con alas, otros con aspecto de animales feroces. Creyó distinguir dragones o serpientes aladas y una repetición de un símbolo o pictograma que se asemejaba a una puerta.

Aquel descubrimiento le mantenía extasiado y suficientemente enfocado como para no rendirse a la desesperación de saberse condenado a morir. Al menos moriría habiendo contemplado lo que, sin lugar a duda, era la ciudad perdida de Tyr en cuyo corazón se encontraban los salones de lo que en su familia conocían como “la Cámara”, una institución de origen sobrehumano encargada de velar por el equilibrio entre el mundo de lo sobrenatural y el mundo de los hombres, como si de naciones hegemónicas se tratara.

Las referencias a la Cámara jamás habían salido de su familia, por temor a ser tachados de sensacionalistas, fanáticos religiosos o crédulos de cuentos de fantasmas, pero desde su bisabuelo había existido aquella constancia, pasada de padres a hijos como un secreto a descifrar. No obstante, la importancia histórica de Tyr como uno de los primeros asentamientos de las sociedades agrícolas de oriente medio, había tenido suficiente peso arqueológico para interesar por sí misma a los inversores y al mundo académico.

Se imaginaba a magistrados humanos y a emisarios con cabezas de chacal, como los dioses egipcios, paseando por aquellas galerías discutiendo sobre la conveniencia de invadir el país vecino con ejércitos de hombres o de bestias. Sonrió. Era ridículo, aunque interesante, plantear esas opciones. Una de las premisas de la historia y la arqueología siempre eran considerar las figuras sobrehumanas como productos de la imaginación de los antiguos pobladores de la tierra, pero, ¿y si en aquellos tiempos realmente existían y caminaban sobre la tierra las criaturas que reflejaban los templos egipcios, los sumerios y los micénicos? La historia antigua estaba plagada de representaciones de lo que en la actualidad consideraban mitos y leyendas, pero en su familia existía la arraigada creencia, supuestamente demostrable, de que todos aquellos mitos y personajes del folklore eran reales y habían vivido junto a los hombres miles de años atrás.

Llevaba cerca de una hora arrastrando los pies por el laberinto de pasillos y puertas cuando dio con una puerta diferente a las demás. Su mente, habituada al mapeo de templos y edificaciones monumentales protohistóricas había dibujado el mapa de aquel recinto como una suerte de lugar de culto, por lo que imaginaba que tras aquella puerta se encontraría el santuario principal.

Con la excitación de un nuevo descubrimiento, recorrió la puerta, acercándose y alejándose para visualizarla desde distintas perspectivas. Sacó el cuaderno del interior del zurrón y a la luz de la linterna estuvo copiando las imágenes. Afortunadamente tenía buena mano para los bocetos y los detalles. Habría dado cualquier cosa por una cámara en condiciones o al menos un teléfono con cámara que no se hubiera destruido en la caída, pero al menos tenía sus dibujos.

Algunos de los glifos y pictogramas que sellaban la puerta se parecían a los símbolos reflejados en el cuaderno de su bisabuelo, extraídos de una sociedad secreta llamada, según las notas, Sildhala. Después de tantos años, aquellas notas, guardadas casi como una reliquia familiar entre los estudios pormenorizados del posible emplazamiento de la ciudad de Tyr, parecían contener más claves que todos los estudios arqueológicos posteriores realizados por todos sus descendientes.

Daniel sonrió extasiado, aquello era lo más fascinante que había descubierto en todos sus años de investigación y, no obstante, las lágrimas que rodaron por sus mejillas no fueron de regocijo sino de rabia, porque aquel magnífico descubrimiento quedaría oculto para siempre, junto a su cadáver, tarde o temprano.

Después de un largo rato dibujando y archivando detalles de aquella puerta, se rascó la cabeza y sin querer abrió la herida entre el pelo, cerrada por el polvo, soltando una maldición. Dejó caer el cuaderno y se llevó ambas manos a la cara. Aquello era inútil. No sabía ni calcular el tiempo que llevaba ya allí abajo, pero nada de aquello tenía sentido.

Los aurein le acechaban desde la oscuridad, estudiando cada movimiento con curiosidad. Maureain se había tumbado en el suelo y le observaba con la cabeza ladeada. El arqueólogo recorría la puerta, fascinado, tratando de registrar cada detalle, casi con ansia, y al rato se dejaba caer arrastrando la espalda por la pared, sollozando desconsolado. Se reponía, enfrentándose de nuevo a los misterios de la puerta, muy agitado y lo abandonaba resoplando, caminando por la galería como dispuesto a dejar atrás aquel lugar, pero volvía de inmediato.

Había intentado empujar la puerta y, al reparar en la existencia de una cerradura, había buscado en los alrededores, convencido poco después de lo inútil de su búsqueda. Después había probado diversas opciones, descartándolas todas y había vuelto a centrarse en los grabados de las puertas y el marco.

Bourron miraba a su siamesa en silencio, divertido al advertir la fascinación que le producía el polvoriento individuo, cubierto de sangre. No hacían falta palabras. Tampoco tenían prisa, una vez localizada la amenaza, así que podían dedicarse a contemplarle, como a un ratoncillo atareado, que se devanaba los sesos por intentar entrar en el archivo.

El aurein se preguntaba si dejarían que entrara, llegado el momento, o le detendrían antes de que profanara aquella sala con su presencia. Al fin y al cabo, no era más que un humano más, y aquella sala estaba terminantemente prohibida a su especie.

4. EL MÉDICO

– ¡Te recuerdo que ya no eres mi jefe, ni mi marido y que fuiste tú quien pidió venir a este campamento, sabiendo que estaba yo mando! ¡Si vas a discutir cada decisión que tome, al menos asegúrate de utilizar un criterio médico!
– El criterio de exclusión está fundamentado…
– Pero no con los recursos de que disponemos, Yurik. ¿Qué hacemos ahora con toda esa gente? ¿Quién les va a atender? No tenemos recursos, no tenemos personal…
– Algo se nos ocurrirá…
– ¡Ya se nos había ocurrido! ¿No te das cuenta? ¡Estás saboteando el campamento solo para llevarte el protagonismo de la misión y toda esa gente no tiene la culpa de tus problemas de Ego masculino!
– ¿De Ego? Otra vez vuelves con lo mismo…»mi ego o yo sobramos en esta relación»…
– No tengo por qué seguir aguantándote. Me vine al culo del mundo para no tener que discutir contigo nunca más…
– Pues márchate.
– ¡Es mi misión!
– Renuncia.
– ¿Qué?
– Renuncia si no eres capaz de capear el temporal. Ya veré yo como lo soluciono…
– ¿Sabes qué? Qué tienes razón.
El hombre cerró la boca. Sorprendido.
– Todo tuyo. Me vuelvo a Tromso. ¡Quédate la puta misión y resuelve tu mierda como puedas!

La mujer abandonó la tienda. Dejando a su estupefacto interlocutor con la palabra en la boca. El campamento estaba atestado de refugiados y militares. Caminó a toda prisa esquivando gente y se dirigió a los baños del almacén a refrescarse.

Seis mil kilómetros de distancia no habían sido suficientes para librarse de aquel cretino. Se dio cuenta de que había renunciado y no podía retractarse, pero en su furia le importó muy poco. No era un farol. No estaba dispuesta a recular y seguir compartiendo destino ni un día más con él. Avisaría al equipo médico y a la organización de la ONG y se despediría esa misma noche.

Se lavó la cara y maldijo una vez más mientras terminaba de asearse y la destartalada puerta se abría tras ella.

– ¡Déjame en paz, Yurik! Me importa una mierda que…

Lo último que vio al volverse fue una tela negra ceñirse sobre su cabeza.
Recibió un golpe en el estómago y dos pares de manos la levantaron en vilo, sacándola a la fuerza del barracón.

Gritó y trató de soltarse de sus captores, pero resultó vano. Sintió como la arrojaban al interior de un transporte, contra los cuerpos de otras personas y después el vehículo arrancaba. La habían atado fuerte antes de subirla a la camioneta, así que no pudo poner las manos y se golpeó la cabeza contra un saliente, quedando inconsciente.

La despertó un barullo de voces y las patadas de sus compañeros de secuestro justo antes del vuelco. Cayó en la oscuridad, envuelta en cuerdas y golpeándose de nuevo y sintió el suelo de tierra bajo su rostro. Intentó ponerse en pie, desesperada y alguien la pisó, tratando también de huir. Escuchó disparos y se agazapó contra el suelo, rezando por no ser el objetivo de los proyectiles.

Podía sentir las carreras a su alrededor. No tenía ni idea de dónde estaba, quiénes eran sus secuestradores o a qué otros médicos habían capturado también. No sabía calcular el tiempo que habían estado en marcha antes del vuelco. Apenas podía fijar su mente en nada.

Existía un protocolo de secuestros que les habían hecho repasar una y otra vez durante el primer mes de la misión. Después se había concentrado en el trabajo. Demasiados pacientes para pensar en secuestros. No era capaz de recordar las indicaciones. Solo sentía terror, pisotones y estruendo por todas partes.

Uno de aquellos estruendos resultó ser una bomba. Quizá una mina antipersona o algún proyectil… Pero el suelo tembló bajo sus pies y se abrió un socavón que empezó a tragar tierra y corredores por igual. Atada y sin posibilidad de maniobra, la jefe médico Edith Cassidy fue absorbida por la tierra, arrastrada al interior de una inmensa caverna que colapsó a su alrededor.

Despertó confundida. No entendía dónde estaba, por qué no podía moverse y por qué no podía ver nada. Le dolía la cara, le dolían los hombros, la espalda, las caderas y rodillas y tenía insensibles los brazos.

Se autochequeó rápidamente, tratando de controlar la respiración, que se había acelerado al recordar y entender su situación. Estaba viva. Y estúpidamente a salvo de sus secuestradores…o eso deseaba.
Sacudió la cabeza y la capucha negra terminó de escurrir, rasgada, hasta su cuello. La cara le sangraba y escocía tremendamente, pero poder mover el cuello la hizo muy feliz.

Tenía los brazos dormidos, atrapados a su espalda. Confiaba en no tener roturas que no sintiera por la inmovilización y poco a poco, trató de moverse.

Las cuerdas se habían aflojado, pero en la caída había quedado con ambos brazos pegados al cuerpo, a su espalda y eso hacía que los hombros le dolieran terriblemente y los brazos al ir despertando también. Buena señal. Si dolían, podía sentirlos. También le satisfizo poder mover las piernas, aunque el espacio para ello era exiguo y la tierra pesaba a su alrededor.

Tras darse un tiempo prudencial para activar los brazos y animarse a intentar incorporarse, empezó a reptar para salir del sepulcro de piedra y arena. No se atrevía a hacer ruido, por si aún estuvieran sus secuestradores cerca. A pesar de tener los ojos libres de la capucha, no podía ver nada. Confiaba en que sus ojos estuvieran intactos y solo estuviera oscuro su alrededor, pero no podía distinguirlo.

Angustiada, luchó por liberarse del todo y trepar por lo que parecía un derrumbe de piedras y cuerpos inertes. Las sensaciones táctiles no ayudaban, pero no tardó en darse cuenta de que no había nadie más vivo allí. En el silencio profundo y asfixiante de lo que parecía una caverna diáfana, solo escuchaba el eco de sus propios movimientos y respiración.

Tan pronto como se convenció de que estaba sola, se permitió llorar desconsolada. Había contemplado muchas veces morir en aquel país dejado de la mano de Dios, pero jamás había imaginado que moriría en la oscuridad, enterrada viva en una caverna.

5. REUNIÓN

Los dos aurein escucharon la detonación antes de que se produjera el derrumbe. Dejaron al arqueólogo delante de la infranqueable puerta y corrieron por las galerías en busca del nuevo colapso.
Un derrumbe ya había sido un evento molesto, pero el segundo resultaba mucho más preocupante.

– ¿Qué demonios está pasando ahí arriba?

Bourron brincaba de un lado a otro, cruzándose como siempre, y al llegar junto al nuevo derrumbe saltó por encima de los escombros, situándose en el punto más alejado del cono de tierra y piedras.

Había muchos cuerpos repartidos por el montículo pero, como en el caso anterior, las protecciones rúnicas del conjunto habían vuelto a cerrar el agujero, sellando por completo el espacio. Si alguien se molestaba en buscar los cadáveres tendrían que volver a dinamitar y darían tiempo a los guardianes a ocultar las galerías. Aquello había sido un tanto inesperado y activar el plan de contingencia para repentinos descubrimientos no era una perspectiva halagüeña, por lo que ambos coincidieron en la molestia de aquellos eventos.

El siamés chistó para llamar la atención de Maureain, que recorrió sigilosa los metros que les separaban y arqueó las cejas, sorprendida.

– Otro superviviente.

Contra todo pronóstico, en aquel derrumbe también había habido un superviviente. En este caso peor parado que el emocionado humano de la otra galería. Esta era una fémina difícilmente reconocible entre el barro y la sangre que la impregnaban. Carecía de luz y estaba claramente más asustada que el otro.

Bourron la husmeó en la oscuridad, advirtiendo divertido el terror que su presencia despertaba en la mujer.

– ¿Quién hay ahí?

Repitió la misma pregunta en diferentes idiomas, lo cual sorprendió a los aurein, aunque no por ello dejaron de acecharla.
Maureain esperó a que se dejara caer junto a una pared, tratando en vano de adaptar la vista a la profunda oscuridad que les envolvía y se sentó frente a ella, estudiándola.
No detectaba ninguna magia, ningún rasgo sobrehumano en ella y sin embargo había sobrevivido a la caída. Aquel hecho la intrigaba profundamente.

Bourron se reunió con ella, moviéndose sigiloso y aún así la mujer pareció percibirlo, porque se encogió temerosa en actitud defensiva.

– ¿A qué estamos esperando Mau?
– No podemos matarlos…
– ¿Por qué no?
– Porque han sobrevivido.
– Claro, si no, no habría que matarlos. Ya estarían muertos.
– No lo entiendes. Han sobrevivido. No podemos matarlos.
– No, no lo entiendo.
– ¿No te parece muy extraño?
– Inusual, pero podemos remediarlo.
– No. Los derrumbes no los han matado. Las protecciones no los han matado… así que no podemos matarles.
– ¿Insinúas que son inmortales?
– No. Afirmo que nosotros no vamos a ser quienes los maten. Por algún motivo deben vivir.
– No estás hablando en serio.
– Totalmente.

La Doctora Cassidy respiró hondo, exhausta de tanto terror acumulado y se incorporó despacio, palpando el espacio disponible para ello. No había un ápice de luz con el que acostumbrar a sus retinas y cerró los ojos, dispuesta a guiarse por el resto de sentidos.

Sabía que había algo vivo allí abajo, cerca de ella. Lo había sentido moverse y estaba casi segura de que había más de un ser vivo acechándola en la oscuridad, pero no llevaba encima ningún objeto útil como arma, solo el pijama de trabajo y una chaqueta ajironada. Ni siquiera las cuerdas que la habían atado o la capucha que se había arrancado del cuello, perdiéndola en la oscuridad.

Debía encontrar una salida. Respiró hondo y trató de centrar la atención fuera de su cuerpo y el ritmo frenético de su corazón, tratando de controlar la taquicardia.

Cuando logró escuchar más allá de su cuerpo y su entorno inmediato, le pareció escuchar golpes, golpes aparentemente intencionados en algún lugar del corredor. Dedicó un único instante a dudar si encaminarse a los golpes o no y en seguida comenzó a palpar suelo y pared en dirección al sonido.

Los aurein la escoltaban en la oscuridad, Maureain curiosa y Bourron aún desconcertado por la negativa de su compañera a matar a los intrusos, ambos sigilosos como sombras.

La Doctora Cassidy escuchó una voz humana, inidentificable el idioma, que parecía despotricar en voz baja, pero el eco de la galería le devolvía el sonido como si estuviera junto a ella. Siguió aquella voz hasta vislumbrar una luz amarillenta al doblar un recodo.

Cualquier peligro que pudiera imaginar era preferible a morir a oscuras en una caverna. Se adentró en el pasillo en el que se encontraba el hombre con la luz y levantó las manos, saludando primero en turco y luego en inglés.

Daniel Falcon se volvió sobresaltado hacia la voz que había escuchado, enfocando con la linterna a la vez que daba un paso atrás, plegándose contra la puerta. Era una voz de mujer, pero no encontraba sentido a que hubiera una mujer en aquellos túneles. Ni siquiera a que hubiera alguien vivo, más allá del derrumbe… salvo que los túneles tuvieran salida en algún otro lugar y por eso estuvieran tan bien conservados y limpios los espacios.

Pero su teoría se vio refutada en cuanto alumbró al ser marrón rojizo que avanzaba hacia él.

– ¡Quieto ahí!¡No te muevas!

Lo dijo en turco y en inglés, en respuesta al saludo que había proferido aquel amasijo de tierra y pelo revuelto. Enfocándola bien sí que parecía una mujer, una mujer de aspecto andrajoso y cubierta de sangre, digna de una película de terror.

– ¡No dispare! Mi nombre es Edith Cassidy, soy médico.
– ¿Médico? ¿Qué diablos hace aquí? ¿Qué…de dónde ha salido?

Mientras interrogaba a la mujer, se dio cuenta de que ella había empezado la conversación pidiéndole que no disparara, pero no le dio más vueltas, lo importante era saber de dónde había venido, por si pudiera encontrar una salida.

– Hubo una bomba. Creo que me ha tragado la tierra… ¿quién es usted?
– ¿Una bomba? ¿De dónde viene, doctora?
– Del campamento de refugiados… ¿puedo saber quién demonios es usted?

El profesor Falcon bajó la linterna disculpándose y se enfocó a sí mismo un instante. Se preguntaba si tendría el mismo aspecto desastrado que la mujer.
– Mi nombre es Daniel Falcon, dirigía la excavación de las ruinas de Tyr…
– Sé quién es usted.

Daniel Falcon se quedó mudo un instante, sin saber qué responder. La mujer continuó.
– ¿Qué está haciendo aquí? ¿Podemos salir a la superficie? Tengo que llamar a mi organización, estarán preocupados y…
– No hay salida.
– ¿Qué?
– Será mejor que se siente… ¿esa sangre es suya?

La doctora Cassidy se tocó la cara. El barrillo se estaba secando y sacudió la mano, restándole importancia.

– Ha dicho que no hay salida, ¿qué está haciendo aquí entonces?
– Buscar una salida.
– ¿Cómo dice?
– Mi excavación fue atacada, supongo que por la milicia local. Yo estaba explorando unos túneles con algunos de mis mejores hombres y hubo un tiroteo y después un derrumbamiento que selló completamente el acceso a estas galerías.
– ¿Y sus hombres?
– Muertos… lo que me recuerda…

El doctor Falcon rebuscó en su bolsa y extrajo la otra linterna.

– …tome, se sentirá mejor si al menos ve por dónde anda.

Se arrepintió momentáneamente de ceder una de sus dos fuentes de luz a una perfecta desconocida, pero ahí estaban los dos, atrapados en el inframundo, y poco importaba cuándo llegara la oscuridad, porque sin duda acabaría llegando.

– Gracias.
– ¿Cuál es su historia? ¿Cómo ha acabado aquí? El campamento de refugiados está al otro lado de las colinas, ha recorrido un largo trecho ¿todo bajo tierra?
– Lo cierto es que no sé cuánto he recorrido bajo tierra y cuánto sobre ella… me secuestraron.
– ¿Cómo dice?
– Me secuestraron de mi campamento. Me pusieron una bolsa en la cabeza y me metieron en un camión… creo que el camión fue interceptado por una mina o algo que produjo un socavón.
– ¿El camión está aquí abajo?
– No… ya me habían sacado del camión…

La doctora estaba confusa. Daniel Falcon sonrió condescendiente, preguntándose cuánto de aquello era verdad. Decía ser médico, pero podía ser cualquier cosa. Aunque su acento era más europeo que de la zona.

– ¿De dónde es usted, doctora? No parece de por aquí…

La mujer sonrió de medio lado y de inmediato puso una mueca de dolor, al abrir el corte en el lado derecho de su rostro.

– Mi familia es irlandesa, pero yo he vivido toda mi vida en Noruega.
– ¿Qué hace una doctora noruega en este rincón del desierto, si puedo preguntar?
– Reforzar el equipo médico de las naciones unidas y huir de un mal matrimonio, ya de paso.
– Vaya. Sí que tenía que ser malo para preferir un campamento de refugiados en pleno conflicto armado.

La mujer volvió a sonreír y volvió a chasquear la lengua, molesta.

– Por favor, no me haga reír.
– Déjeme ver eso… ¿tiene algún botiquín? ¿alguna tirita en el bolsillo?
– La mayor parte de los pacientes que tratamos son infecciosos. A diario llevo puesta la bata y de quita y pon, para evitar esparcir el patógeno. No suelo llevar nada en los bolsillos que no aguante una descontaminación en un momento dado.
– Entonces casi mejor no tocar.
– Se lo agradezco igualmente… y dígame, ¿tiene usted algún plano del yacimiento? Supongo que estamos en su famoso yacimiento subterráneo, ¿no es así?
– Estamos sin duda en Tyr, pero no se parece a nada de lo que esperaba encontrar aquí abajo… sin el instrumental adecuado sería infructuoso datar las pinturas y grabados, pero es imposible que sean de la época en la que se fecha la ciudad perdida…
– No se deje emocionar por este lugar, profesor, nos va a matar igual, lo admire o no.
– ¡Cuánto pesimismo! Si hemos de morir, que sea disfrutando ¿no cree?

La mujer arqueó una ceja, volviendo a chasquear la lengua dolorida.

– No puedo ofrecerle ningún entretenimiento médico, pero puedo contarle mis conclusiones preliminares sobre el espacio en el que nos hallamos y quizá su enfoque arroje alguna pista sobre cómo encontrar una salida lógica…

Edith contemplaba con extrañeza a aquel hombre, convencida de que había perdido la cabeza. Había confesado que le habían tiroteado, que sus hombres habían muerto y que no creía que hubiera salida de aquel infierno de oscuridad subterránea y no obstante le brillaban los ojos mientras enfocaba las pinturas de las paredes y soltaba datos y comentarios ilusionados sobre las posibilidades de aquel descubrimiento. No le pareció uno de esos hombres que persiguen imposibles por puro ego, sino más bien un espíritu infantil, ilusionado por la mera existencia de todo aquello. Le caía bien aquel hombre que, en medio de una explicación sobre la enigmática configuración de las bóvedas y los suelos de aquel pasillo, rompió a toser, creando una nube de polvo con cada espasmo y llevándose una mano al pecho.

– Eso no suena muy bien…
– No se puede engañar a un médico, ¿verdad?
– ¿Asma?
– No que yo sepa, será alergia al polvo de este lugar…
– ¿Le duele el pecho?
– ¿Va a hacerme un chequeo? Me duele hasta el alma. Me ha caído media montaña encima, doctora, igual que a usted.
– Sí, supongo que cada uno tendrá lo suyo…

Edith miró hacia la oscuridad de repente, apuntando con la linterna la galería por la que había venido. Su acompañante tardó un instante en interpretar que había sido un giro asustado y no mera curiosidad por los relieves y le tocó el brazo, tranquilizador.

– ¿Se encuentra bien?
– ¿No ha oído eso?
– No he oído nada. Pero no hay huellas de animales vivos aquí debajo, creo que estamos solos, usted y yo.
– No, no estamos solos. Había algo vivo en la oscuridad cuando he salido de los escombros.
– ¿Algo vivo?
– Sí, lo he sentido, yo…
– Vayamos a ver. Ahora tiene una linterna, echemos un vistazo.

Daniel Falcon echó a andar con toda naturalidad, tirando de ella. Edith tardó unos pasos en entender que el arqueólogo buscaba una excusa para seguir explorando, ajeno, en su locura, a las peligrosas circunstancias en que se hallaban. Su simpatía mermó mientras caminaba tras él, enfocando a un lado y a otro con recelo. Al menos ahora tenía una linterna.

El arqueólogo se movía con decisión por los túneles, dejándose guiar por las torpes indicaciones de la doctora que trataba de recordar, sin mucho entusiasmo, el camino recorrido. Encontraron el derrumbe y enfocaron desesperanzados la parte superior de la montaña de escombros. Parecía como si la tierra hubiera cicatrizado sobre las rocas y cuerpos destrozados.

Daniel Falcon trepó por los escombros, haciendo caso omiso a los brazos y piernas que asomaban entre las rocas y bloques de tierra y al llegar arriba palpó la pared extrañado.

– Curioso.
– ¿Qué es curioso?
– La bóveda está intacta. Podría decirse que nunca se ha abierto, pero está claro que todo esto ha venido de algún sitio, igual que usted.

Por toda respuesta Edith alumbró el agujero del que había salido. Sintió un escalofrío al identificar la capucha y las cuerdas, pero no dijo nada. El arqueólogo examinó todo, oteándola después con rostro serio.

– Debe haber pasado un infierno, doctora. Lamento que nos hayamos conocido en estas aciagas circunstancias.

Le llamó la atención su forma de expresarse. No lamentaba que hubiera pasado un infierno, sino haberse conocido en aquellas circunstancias. Antes de replicar con una respuesta airada sopesó si aquello era algún tipo de forma torpe de tirarle los trastos y después se reprendió a sí misma por su estúpida forma de juzgar, dadas las circunstancias. El hombre tenía razón. No era un buen contexto para conocer a nadie.

Estuvieron callados largo rato, mientras exploraban el montón de escombros y la galería. Después, el arqueólogo echó a andar por un estrecho pasadizo y soltó una exclamación que hizo que la doctora acudiera corriendo a su lado.

Estaban en una sala abierta de descomunales dimensiones, rodeada de gradas talladas en piedra. Entre los sectores, perfectamente definidos y ordenados, había esculturas antropomorfas de extraordinaria factura. Parecía una sala pensada para un tribunal y ambos dos habían llegado a su base, como a la arena de un circo romano, y contemplaban maravillados el alrededor, incapaces de explicar su origen, uso y misterioso buen estado. Parecía que la hubieran estado usando hasta el día anterior. Todo estaba pulcramente despejado y limpio. Ni telarañas, ni restos animales, ni polvo de largas eras.

Dirigieron sus linternas a todo el alrededor, pasando por encima de los dos aurein sin percibir diferencias entre sus pelajes grises y las piedras talladas del entorno.

– ¿Qué lugar es este?

El arqueólogo no respondió de inmediato. Rebuscó en el zurrón mientras continuaba recorriendo la sala con la ilusión de un niño en una feria y extrajo un pequeño cuaderno de cuero con las tapas machacadas y lleno de papeles y cintas y tras un instante de observación devota del entorno, se volcó en la búsqueda de referencias en su pequeño diario.
Edith, por su parte, investigó el alrededor, intentando entender lo que veía.

– Es una cámara de audiencias.
– Sí, eso parece.
– De hecho, es la sala de audiencias de La Cámara. Este lugar ha visto cosas que no creería, doctora.
– A estas alturas puedo creer cualquier cosa… ¿ha visto eso?

La mujer enfocó con su linterna a un punto en lo alto en el que un instante antes juraría haber visto una estatua. Dirigió el haz de luz desesperada por todo el alrededor, buscando aquello que antes estaba y ya no, sin saber con certeza qué buscaba.

Por su parte, los dos aurein tras escuchar la referencia del arqueólogo sobre la Cámara, habían decidido agazaparse a conversar.

– No están aquí por casualidad.
– No, ya lo he oído… ¿nos los cargamos ya?
– No.
– ¿No?
– No.
– ¿Por qué no? Son humanos. Están aquí…
– ¡Pero han sobrevivido!
– ¿Y qué?
– ¿Qué prisa tienes? No tienen a dónde escapar. Acabarán muriendo tarde o temprano. No hay comida y no creo que encuentren la fuente, ni que sean capaces de sacar nada de agua de ella…
– Si van a morir igual, ¿por qué no ahorrarles la agonía?
– Quiero ver qué hacen…

Bourron se encogió de hombros, rendido ante la testarudez de su compañera. Varios niveles más abajo los dos extranjeros discutían sobre las posibilidades de la doctora de haber alucinado por el estrés, el miedo y el golpe en la cabeza.

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Mago Marlan (Una historia de Madrid)

Mago Marlan (Una historia de Madrid)

MARLAN

El hombre dejó la novela gráfica que estaba ojeando en la estantería y llevó los otros dos libros a la caja. La muchacha le sonrió, como siempre, y le recomendó un par de novedades.

– …también podrías venir esta tarde a ver la Sesión de Brujería y Hechizos del Mago Marlan, será abajo, en la sala de juegos.
– ¿Brujería y Hechizos?- el hombre rió divertido, sacudiendo la cabeza.
– ¿Algún problema con eso?

La voz surgió a su derecha, procedía de un muchacho arrogante de unos veinte años, con una perilla perfectamente afeitada y la media melena repeinada con gomina.

– ¿Eres tú ese Mago Marlan?
– El mismo.
– ¿Y haces magia, brujería o hechicería?
– Son la misma cosa.
– Claro, disculpa mi ignorancia. Gracias, preciosa. Nos vemos.

El Mago Marlan no parecía conforme con su respuesta y se interpuso en su camino, temerario.

– ¿Por qué no vienes y lo descubres por ti mismo? Es una sesión gratuita, podrías aprender mucho si te interesa la magia – dijo aquello señalando los libros de ilustraciones de hechicería y magia rúnica que llevaba en la bolsa. El hombre suspiró, sin perder la sonrisa y puso una mano condescendiente en el hombro del joven.
– Uar Na Dhun Ubar.
– ¿Qué significa?
– Aprende los caminos de la verdadera magia, chico.

Antes de que el muchacho pudiera responder, su alrededor cambió completamente. Ya no estaban en la tienda, sino en una especie de mazmorra con paredes de madera oscura y húmeda y el tipo que le sujetaba por el hombro no era un treintañero vestido de negro y con chaqueta de cuero, sino un sujeto enmascarado ataviado con una túnica cubierta de runas. Seguía llevando una bolsa de plástico con libros en la mano, que desentonaba completamente en aquel espacio.

– Hechicería, Brujería y Magia son disciplinas distintas. En ésta época tuya lo confundís y degradáis todo. Vuestra fantasía es hermosa y rica en nostálgicos e imaginarios personajes de la magia. Me fascina, pero la difusión de la falsa cultura de la magia que pretendes me ofende. Si quieres aprender los caminos de la magia, busca un maestro que te enseñe su verdadera naturaleza, y el mundo que hay detrás de ese cristal de pecera que os envuelve. Si quieres ser ilusionista no hay pega, pero un verdadero mago es otra cosa distinta.

Cuando parpadeó, el hombre bajaba la escalera y salía de la tienda sin mirar atrás. Le había dejado en la mano un canto rodado, frío y pesado, con un dibujo grabado. Respiró hondo, recobrándose de aquella visión extraña y miró a Paty, la dependienta de por las mañanas, que le observaba fijamente diciendo algo.

– Uar Na Dhun Ubar?
– ¿Cómo dices?
– Que si te ha dicho que vendría. Es tan… misterioso, ese hombre. Viene todas las semanas y compra libros de ilustraciones y de fantasía. Siempre sonríe y paga en efectivo. Nunca he podido sonsacarle nada… pero es guapo. ¿Crees que tendrá novia?

El Mago Marlan bajó al piso inferior, aunque sabía que ya era tarde para seguir al tipo de la chaqueta de cuero, atravesó la sala de juegos y la portezuela que daba al almacén y a la calle de atrás. Dio un par de vueltas a la manzana, tratando de encontrar al hombre, pero había desaparecido. Subió hasta el mostrador donde Paty ojeaba distraída un catálogo y le instó a quitar los carteles y a retrasar la función.

– Pero Mario, ¡ha confirmado mucha gente que vendría!
– Di que me he puesto enfermo.
– ¿Estás enfermo?
– No, sí, tú dilo. Mira, me ha surgido algo, no puedo hacer la función de esta tarde…
– ¿Qué mosca te ha picado? Llevamos dos semanas con la promoción… ¡me he comprado un disfraz de bruja para venir esta tarde!
– Lo haremos el viernes próximo, ¿vale? Te lo prometo… tengo que arreglar unas cosas y… te lo contaré más tarde. ¡Me tengo que ir!

Mario López Antigua, Marius o Marlan para los amigos del rol y en un futuro para los clientes de sus sesiones de hipnosis e ilusionismo, salió disparado de la tienda camino del piso que compartía con un estudiante de medicina que nunca estaba en casa. Era una buhardilla en el centro de Madrid, en un cuarto piso sin ascensor en la que a menudo se colaban los gatos de la vecina y en la que apenas entraba nadie más que él y su compañero de piso, que entre clases, prácticas y sesiones de estudio, no pasaba allí casi ni las 6h al día que dormía, porque a menudo dormía en casa de la novia, así que Marlan disponía de los 45m2 de buhardilla casi para su entero uso y los tenía llenos de pósteres y hojas pegadas con bluetack o clavadas con chinchetas en el yeso repintado de azul ultramarine en el techo y en la pared frontal de su cuarto.

Se sentó en la cómoda colchoneta de yoga que su hermana le había regalado la navidad pasada y se dispuso a rememorar lo sucedido. No lo había soñado, estaba convencido de que lo había vivido. Lo había sentido con una intensidad que rayaba en el dolor. ¿Qué demonios había sido eso?

Tenía prevista una charla sobre brujería y hechicería, perfectamente documentada con los libros que tenía por casa y preciosas imágenes sacadas de internet, como preludio sobre la necesidad de la mente de creer y ser engañada y de ahí saltar al ilusionismo y la hipnosis, que eran sus ámbitos de estudio y aquel tipo le había desmontado por completo. ¿Verdadera naturaleza del mundo? ¿Magia auténtica? Intentaba recordar detalles de la máscara, parecía una máscara de bunraku o de cuervo, blanca y con dibujos negros, pero solo había podido ver claramente la barbilla, alucinado como estaba por la capa de runas tejidas. ¡Como le gustaría tener una túnica así! Sacó del bolsillo la piedra con el símbolo tallado. No había visto aquella runa en su vida. Le llamó la atención que tras largo rato manipulándola, la piedra seguía fría. Aquello por sí mismo era emocionante. ¿Y las palabras? ¿Luarna dunbar? “Aprende la verdadera magia”

Puso música en el ordenador, suficientemente alta para que le envolviera mientras buscaba documentación para rehacer su ponencia. Música épica de 2stepsfromhell, que siempre le inspiraba y le transportaba a mundos de fantasía. En cada acorde de música en su mente resonaban las palabras del desconocido “Luarna dunbar – Uarna dun bar – Uar na dhun bar…”

– Hola.

Marius dio un respingo, no esperaba a su compañero de piso tan pronto, pero en la habitación no había nadie. Se volvió y vio a uno de los gatos de la loca de enfrente sentado en la mesa de la cocina. Debía haber dejado el tragaluz del baño abierto y se habría colado.

Cuando se levantó para espantarlo le pareció que el gato sonreía y se detuvo un instante. Pero en seguida reparó en que era una mueca creada por las sombras entre las rayas de su cara y levantó los brazos, dispuesto a chistarle.

– Veo que por fin estás progresando. Me ha sugerido un amigo común que venga a charlar contigo.

Marius bajó los brazos, estupefacto, al tiempo que se le descolgaba la mandíbula y contenía el aliento. El gato le había hablado. No era una ilusión, había abierto la boca y lo que debía ser un maullido había articulado palabras concretas y perfectamente comprensibles.

– ¿Qué te pasa? ¿Se te ha comido la lengua el gato?

El gato, un ejemplar de bosque de Noruega de largo pelaje gris rayado volvió a sonreír y se estiró, sacando las uñas sobre el mostrador. Después saltó al suelo y se acercó a él.

– ¡Quieto! ¡No te acerques!
– ¿Hoy no me vas a coger en brazos y a devolverme con mi dueña? Te noto un poco hostil, hechicerillo.
– ¿Qué?
– Siéntate.

Ni siquiera se dio cuenta de que lo hacía, pero Marius se sentó en la esterilla, adoptando una postura de meditación con las piernas recogidas y la espalda muy recta. El gato se sentó frente a él y le miró fijamente a los ojos.

– Llevamos tiempo observándote. Tienes potencial, chico, pero lo estabas malgastando. Si no me han informado mal, ya te han abierto los ojos. Prueba de ello es que me entiendes, claro… Porque me entiendes, ¿verdad?

Marius tragó saliva y asintió repetidamente con la cabeza. Estaba demasiado estupefacto para hablar. Se pasó la lengua por los labios, pero no logró articular ni una palabra. Así que el gato continuó.

– Las cosas van a cambiar un poco para ti. Cuando las sombras perciben que hay un novato como tú salen a cazarlo y muchos acaban demenciados por verlas. Tú vas a ser más fuerte, ¿no? Tienes dos caminos ahora: hacerte más fuerte y salir de tu mundo humano o rajarte y tratar de permanecer en él, pero nunca dejarán de perseguirte y no siempre estaremos en el piso de al lado para protegerte…

El gato había empezado a lamerse la pata y dejó de hablar. Al fin Marius logró pronunciarse.

– ¿Por qué puedes hablar?

La mirada del gato parecía de todo menos gatuna.

– ¿En serio eso es todo lo que te preocupa?
– Nno, no, claro, pero…
– Puedo hablar tu idioma porque soy un aurein, no un gato común. Mi compañera humana me llama Hugin, como el cuervo de Odín y a mi hermano, que es quien suele venir a verte por las noches, le llama Munin. Es una chica creativa, por eso nos gusta y por eso vivimos con ella. Sus gatos anteriores eran todos gatos, pero ella no lo sabe, aunque algo percibe. No podemos despertarla si no lo hace uno de su especie, no funciona así, ¿sabes?
– ¿Despertarla?
– Como a ti. No sé qué le has hecho al viejo, pero estaba muy interesado en que conozcas el camino al mundo sumergido. No sé si le gustas o le has molestado. Eso nunca se sabe cuando nos piden que iniciemos a un novato como tú…
– ¿Habéis iniciado a más gente?

El gato volvió a sonreír, esta vez de medio lado nada más y se dejó caer en el suelo, tumbándose cómodamente. Marius creía que los gatos eran siempre elegantes, pero aquel enorme gato de pelo largo carecía de la sutileza felina de su especie.

– La gente como tú, que ve más allá, es rara de encontrar, pero no eres el único. Si lo fueras el mundo humano sería tremendamente aburrido.

Le sacó de su ensoñación un golpe en la puerta. El gato apenas se inmutó, miró hacia la puerta con resignación y pareció que arqueaba una ceja.

– ¿Piensas abrir?
– Sí, claro. – Marius se levantó de un brinco y fue hacia la puerta, ni siquiera miró por la mirilla. Su vecina, Anneli, buscaba al gato.
– Siento muchísimo que haya vuelto a colarse en tu casa. Puse una red en la ventana, pero la rompe todas las veces.
– Tranquila, no… no es molestia.
– Ven aquí, Hugin.

El gato acudió a los brazos de la chica, que volvió a disculparse azorada y se lo llevó corriendo a la puerta de enfrente. Marius se fijó en que llevaba las manos llenas de pintura y se preocupó por el pelaje del gato, que luego se lamería, comiéndose la pintura… descartó aquella idea. Si el gato podía hablar hallaría el modo de quitarse la pintura sin intoxicarse.

Cerró la puerta, respirando hondo. Aquello había sido… raro. Bastante increíble. De hecho, no había nadie a quien pudiera contárselo, porque nadie le creería. Hacía unos meses había estado escribiendo un blog con sus aprendizajes de magia, pero además de haber sufrido el boicot por parte de otros estudiantes de hipnosis e ilusionismo, no había sido suficientemente perseverante y tampoco había llegado a tener muchos seguidores. No había nadie con quien compartir aquello. Pensó en su hermana, de erasmus en Finlandia. Le había contado que su vecina amante de los gatos era finlandesa y se había reído mucho por la coincidencia, pero no se reiría igual si le contaba que sus gatos hablaban.

Se pasó la mano por la cabeza y el tacto de la gomina le molestó. Se había estado preparando con esmero, a pesar de que aborrecía el fijador de pelo, para dar un aspecto de mago profesional, incluso se había hecho con un traje y una camisa roja. Pero ahora todo aquello parecía no tener sentido.

Se metió en la ducha para quitarse aquella porquería del pelo y pensó en las palabras de Hugin. Era irónico que el significado del nombre fuera “pensamiento”, porque no podía sacárselo de la cabeza. Aquel gato se había colado en su piso unas siete u ocho veces desde que se había mudado allí ¿le habría hablado todas ellas y él no había sido consciente? ¿Qué le habría contado? ¿Existía realmente ese otro mundo sumergido? ¿Sumergido en qué? ¿Quién diablos era el tipo de la librería y qué le había hecho? ¿Le habría drogado?

El agua empezó a salir demasiado caliente y no era capaz de regularla, descolgó la alcachofa de la ducha y trató de cerrar el grifo, sin lograrlo. La ducha se llenó de denso vapor de agua y el grifo ardía demasiado como para tocarlo y cerrarlo. Marius maldijo la fontanería de aquella vieja buhardilla y palpó fuera de la mampara hasta coger la toalla y con ella intentar cerrar el grifo mientras con la otra mano apartaba el chorro de agua ardiente de sus pies. Una mano blanca como los azulejos salió de la pared y le detuvo. Marius ahogó un grito y se echó hacia atrás, notando como otras dos o tres manos frías, de azulejo empapado, le sujetaban. Levantó el chorro de la ducha para tratar de quemar a aquella mano hostil que salía de la pared, pero no parecía hacerle daño. De los azulejos salió un rostro de azulejo blanco, sin ojos, que abrió una boca enorme de azulejo curvo por la que resbalaba el agua ardiente y el vapor condensado.

– Saludos, aprendiz.

La voz sonaba hueca entre el vapor de agua y Marius, aterrado y sujeto por blancas manos de azulejo, no podía ni moverse. Se empezó a quemar los pies.

– ¿Qué bando elegirás? ¿Qué magia elegirás?¿Clamarás por nosotros? ¿Lo harás? ¿Lo harás?

ARTAX

 

Aquello resultaba muy incómodo, el cristal mágico le había llevado hasta la azotea y luego los gritos le habían conducido hasta aquel cuarto de baño oscuro e infestado de alimañas de brujo.
Golpeó con su vara a los dos esperpentos con aspecto de pared de azulejo deformada y astilló las baldosas, haciendo saltar esquirlas por doquier. Había alguien pegado a la pared, pero ya estaba cubierto de sangre cuando le percibió, así que corte arriba, corte abajo, tampoco le supondría una gran diferencia. Cuando las criaturas se unieron para enfrentarse a su oponente, hizo girar la vara con gran habilidad, en el reducido espacio entre las paredes del baño y con mano experta dibujó en el vapor la runa que los recogió en el aire y los hizo encogerse y retorcerse hasta caber por las rendijas del brazalete que extendió ante ellos. La luz se disipó en cuanto encerró a las alimañas.
La luz del baño estaba fundida, pero en los otros cuartos funcionaba bien. Cuando hubo comprobado las otras habitaciones volvió al cuarto de baño, donde el muchacho yacía encogido y ensangrentado contra la esquina de la pequeña bañera y lo contempló de arriba abajo con la lúgubre luz que entraba desde el salón. Empapado, herido y cubierto de esquirlas y polvo, el aspecto que ofrecía era patético. Sin embargo, la forma en la que observaba la escena y a su salvador, como tratando de descifrar lo sucedido, más curioso que dolorido, le hicieron verle de otra forma.
– Bueno, ¿y quién eres tú? No esperaba tener que pagar peaje por alojarme. ¿Hugn o Munn?
– ¿Cómo dices?
El chico se incorporó y al hacerlo las heridas que sujetaban los fragmentos de baldosa se abrieron y comenzaron a sangrar aún más.
– ¡Joder!
-¿Estás bien? ¿Puedes moverte?
– Duele…
El recién llegado chasqueó la lengua molesto. Se mancharía de sangre y aquello sería un contratiempo, había viajado ligero aposta. Resopló y le ayudó a salir de la bañera, llevándolo hasta el futón que ocupaba el centro del salón, donde lo tumbó para poder observar sus heridas a la luz.
Solo un par de ellas eran profundas como para precisar de alguna sutura, pero estaba lleno de pequeños cortes en casi cada centímetro de su piel. Aquello era engorroso. El joven tenía un cuerpo atlético, casi vigoroso y su joven rostro, contraído en una mueca de dolor, tenía cierto encanto, pero no era momento para reparar en esos detalles.
– Voy a tener que sacar mucha metralla de todas esas heridas, amigo. ¿Tienes algún sedante? ¿Algún hechizo de sanación o algo que nos sirva? ¿Dónde está el otro? Nos vendría bien la ayuda de tu compañero…
– ¿Compañero?
Marius pensó en Fran, el estudiante de medicina. ¿Quién diablos era ese tipo y qué sabía de ellos?
– Oye, esto no se me da muy bien, creo que tendría que echarte algún potingue o algo que te limpie un poco esto… Creo que he reventado la ducha, así que…
– ¿Qué ha pasado aquí?
Los dos se volvieron hacia la voz que entraba por la ventana. Hugin había saltado al piso y un gato negro le seguía. El recién llegado clavó una mirada confusa en el muchacho tendido en la colchoneta, desnudo, con los pies escaldados y el cuerpo cubierto de heridas y después en los gatos, que le escrutaban inquisidores. El gato negro se adelantó.
– Tú debes ser Artax, te esperábamos… En la puerta de arriba.
– Eso explica muchas cosas… ¿y el chaval?
– Es un neófito. Lamento las molestias, nos distrajimos… Si eres tan amable de acompañarme al piso, Hugin se encargará de arreglar este desastre.
– Claro.
Artax miró una última vez al muchacho y se incorporó aliviado. El aurein le explicaría lo sucedido. Mientras tanto, en la colchoneta tendido, Marius trataba de ordenar lo sucedido: los demonios de la pared, el estallido de las lámparas y las paredes, el torbellino que había disipado la niebla y la luz violácea que había sido absorbida por la silueta de sombras, que había resultado ser un joven de larga melena recogida y con la cara marcada por una gruesa cicatriz, como una lágrima rosada. El gato negro se lo había llevado y el tipo había brincado por la ventana del techo como un yamakasi… Las cosas cada vez tenían menos sentido.
– Debes descansar, muchacho. Lamento el despiste, estábamos preparando la estancia de Artax y no nos fijamos en los carroñeros. No ha sido la mejor de las entradas en el mundo sumergido, ¿verdad?
– Mi baño está destrozado…
– ¿El baño? ¿No te has visto, ¿verdad? Mejor. Oye, ¿ves el penacho blanco de mi cola? míralo fijamente… Sígue el penacho blanco… Sí, no apartes la vista… Sígue el punto blanco… Sigue el blanco… Sigue el camino blanco… Así, muy bien…
El chico cerró los ojos, hipnotizado, y el gato se puso a dos patas, estirándose y creciendo después hasta tomar una forma semi humana. Buscó por la casa hasta encontrar un bote de aceite esencial de lavanda, que le había visto usar en los humidificadores y colocó una gota sobre cada ojo, pronunciando unas palabras. Después dedicó lo que quedaba de noche a revisar, extraer el material, limpiar y desinfectar cada herida. Para la frente y la cadera trajo de casa de su dueña humana puntos de aproximación y para el resto del cuerpo un bote de clorexidina en spray. Repitió el proceso por la espalda y le dejó tumbado boca abajo. Le echó una manta suave por encima y esperó. Tendría que explicarle al mago que habían descuidado su vigilancia y que de no haber sido por la llegada de Artax, el chico probablemente estaría muerto o desquiciado…

Artax se acomodó en uno de los enormes sillones de orejas que ocupaban el Salón del Fuego en el corazón de la invisible posada llamada “La Pensión del Gato”, era un lugar formidable y acogedor, suspendido sobre varias cubiertas del casco antiguo de la capital hispana. Se conocía aquel recinto en todo el submundo como un oasis sin bandos, un lugar de comercio, encuentro y reunión donde estaban prohibidas las peleas y las armas. Los cambiantes se encargaban de custodiar las posesiones de todos los huéspedes, sujetos a un juramento rúnico y a una maldición dolorosa en caso de desobedecer las normas de la casa.
Frente a él se sentaba una muchacha delgada y de aspecto frágil, vestida con unas mallas de rayas negras y moradas y un vestido asimétrico de algodón verde con una gran capucha. Llevaba los brazos cubiertos de pulseras de cuero y cuentas, un collar rojo de perro en su delgado cuello y el pelo suelto adornado con trenzas, rastas e hilos de colores. Con las manos tan llenas de anillos y los cascabeles en la ropa, Artax se preguntaba dónde estaba la discreción que pretendían preservar con el encargo.
Le había contratado aquella muchacha, a través de la Pensión del Gato, para un trabajo de limpieza, porque el objetivo estaba llamando demasiado la atención entre los humanos. Quizá había estado mucho tiempo fuera de la capital, pero su aspecto no le parecía precisamente discreto.
– Háblame del Solitario.
– Es un vampiro. Caza en la calle y llevamos semanas intentando ocultar sus huellas. La policía ya está sospechando y han reforzado la vigilancia…
– ¿Desde cuándo eso tiene algún peso para vosotras?
– Se aproxima una luna especial para mi gente. Necesitamos alejar toda mirada inapropiada de nuestro territorio.
– ¿Seguro que es Solitario?
– Completamente. He hablado con los clanes de los hijos de la noche y no está con ellos, tampoco con sus coetáneos de los alrededores. He hecho que preguntaran en todas las redes e incluso a la Sildhala. No está con nadie. Puedes proceder.
– La responsabilidad en este caso es del cliente, ¿lo sabías? Yo ejecuto, pero tú pagas. Habrá un contrato de sangre.
– Lo sabemos.
Artax bebió de la taza de barro que humeaba ante él, estudiando desapasionadamente a su cliente.
– ¿Qué tiene de especial esa luna vuestra?
– Estará en su perigeo. La luna más cercana a la tierra en largos años.
– Eso es un dato científico. ¿Qué tiene de especial?
– Somos hijas de la Luna. Que se acerque ya es especial.
El chico sonrió. La muchacha era esquiva y decidida. Decidió dejarlo estar. Le pagarían lo mismo conociera los motivos del cliente o no.
– ¿Cuándo tendrás concluido el trabajo?
– Antes de tu perigeo lunar. No te preocupes.
– Deberá ser al menos una semana antes. Tenemos muchos preparativos. ¿No puedes ser más concreto?
– No.
La muchacha frunció el ceño y al entrecerrar los ojos una oscuridad inhumana los coloreó, dejando sólo dos puntos brillantes, como dos lunas llenas, donde debían estar sus iris. Parpadeó y la ilusión desapareció, pero Artax ya la había visto. Sonrió con malicia.
– El trabajo estará hecho en tiempo y forma… ¿Quieres unas alimañas? Las he encontrado por esta zona, igual se os han escapado de algún rito.
– No me interesan. – la muchacha se levantó, haciendo tintinear los cascabeles y adornos de sus brazos y pelo – Tu estancia corre por nuestra cuenta, como un extra por tus servicios. El pago se hará cuando nos traigas las cenizas del chupasangre.
Artax asintió. No se levantó para acompañar a la muchacha. Se arrebujó en el mullido sillón y sacó el contrato de papel rúnico para revisar los pormenores. Una sensación incómoda le hizo mirar por encima del documento. En el sillón había alguien, pero no era ya la joven de ojos negros.
– ¿Tú eres Artax?
– Así es.
– He oído que has tenido un pequeño altercado al llegar.
– Nada importante.
– Te agradezco la intervención.
El muchacho clavó sus ojos grises y profundos en el desconocido, no sin sorpresa. Era un tipo bastante insulso, vestido de negro, con vaqueros y chaqueta de cuero fina. Sus rasgos eran tan absolutamente normales que al apartar la vista apenas recordabas nada de él, sonrió al advertir el hechizo, no era capaz de retener ninguna información de él.
– ¿Y tú eres?
– Mi nombre es Arabael.
– ¿Y qué relación tienes con el neófito?
– Una vinculante, me temo. Yo le abrí los ojos.
– Uffff.
Artax respondió solo con una mueca indulgente, ladeando levemente la cabeza mientras suspiraba. Arabael asintió con la cabeza.
– ¿Va a ser iniciado?
– Es posible. Primero debe ser probado.
Artax trató de rememorar la escena. Recordaba con absoluta nitidez la mirada del neófito cuando había vuelto a por él tras inspeccionar la casa, por lo demás, era un joven enclenque y lleno de heridas al que habría sido un engorro tener que atender. Suerte que los gatos habían aparecido en su auxilio.
– Sí, Hugin y Munin. Son buenos tipos, aunque han sido algo descuidados… ha sido un placer.
El hombre se levantó e hizo amago de irse, mientras Artax reaccionaba al hecho de que le había leído la mente. No le gustaba que nadie hiciera eso.
– Eh, Arabael.
– ¿Sí?
– No vuelvas a hacerlo.
Arabael le escrutó un instante y después sonrió, asintiendo, con esa cara insípida que no dejaba recuerdo. Pero Artax sentía en la piel una presencia mucho más llamativa detrás de aquella imagen diseñada para el olvido. No le había satisfecho tanto como a él el encuentro.

LAURA E IENE

– Bueno, ¿cómo ha ido? ¿Tenemos asesino?
– Eso parece – Laura terminó de recoger las tazas y platos absorta en pensamientos que no parecían agradables. Su hermana se interpuso, con la sonrisa ingenua y animada de siempre en su cara triangular y bonita.
– ¿Cómo es?
– Un engreído. Más le vale hacer lo que dicen que puede hacer.
Iene rompió a reír, divertida.
– ¡Uala! ¿Qué te ha hecho?
– Mirarme a los ojos y verme. No ha dado plazos, dice que lo tendrá hecho “en tiempo y forma”, como si eso sirviera de mucho.
Iene abrió mucho los ojos, llevándose las manos a la boca como queriendo tapar una risa que no se molestaba en ocultar. El tono burlón de su hermana cuando imitaba al asesino revelaba que le había causado sensación. Tenía que haberla acompañado a la reunión.
– ¿Tan guapo era?
– ¡Iene!
– ¿Qué? Estás molesta. Solo te molestan los tíos cuando son guapos. Al resto los desprecias sin más, dime ¿cómo era?
– Pues nada guapo, en realidad. Además tiene la cara cortada y eso…
– ¡Eso da morbo!
– Eres una enferma.
– ¿Rubio? ¿Moreno?… ¿Pelirrojo?
– ¿Qué más te da?
– Bueno, si le veo quiero saber quien es.
– Si le ves le reconocerás por sus maneras de “aquí estoy yo, temblad ante mi presencia”.
La joven no paraba de reír, sentada de un brinco sobre el mostrador de la cafetería mientras su hermana refunfuñaba sobre el individuo.

 

ARTAX

 

Cogió el metro casi por pura nostalgia. Recordaba aquellos pasillos cuando eran lúgubres y forrados de pequeños baldosines, cada estación con su propia personalidad. Ahora todo en el subsuelo era luz, sonido y gente, gente por todas partes.

Artax caminaba sin prisa y sin poder evitar una expresión alegre en su rostro. Siempre le había gustado la vida urbanita. Su retiro al campo, primero tras los pasos de su maestro y después por propia voluntad de cambio había durado demasiado. Le había satisfecho recibir aquel encargo y ahora se sentía pletórico, pudiendo cazar de nuevo en sus dominios.

Observaba a la gente a su alrededor, estudiando las modas y nuevos estilos de jóvenes y no tan jóvenes. En un trayecto corto del tren que va a Villaverde, escuchó una melodía triste y se sintió estúpidamente reconfortado, como en casa. El violinista recorría los vagones sin prisa, como parte de una jornada laboral como otra cualquiera, pero Artax podía ver en su mirada perdida que ni siquiera estaba allí. Transportado por la música, el tipo podía estar en cualquier parte. Le fascinaban los músicos, incluso los humanos.

Recorrió algunas callejuelas del casco antiguo de la ciudad antes de dirigirse al barrio concreto donde le habían encargado buscar a su presa. Madrid era una ciudad compleja, con capas y capas de realidades convergiendo y millones de historias que se cruzaban y viajaban paralelas, la mayoría sin tocarse jamás entre sí. Adoraba la afluencia cosmopolita y variopinta del centro, los viejos comercios, la iluminación de las farolas, los mimos callejeros, los turistas, los paisanos estresados camino de trabajos insulsos, los grupos de jóvenes extasiados descubriendo la tardenoche y ese suma y sigue incesante de vidas y vidas amontonadas… y como en un mundo paralelo a todo aquello, o en sus propios submundos, para ser más exactos, la otra cara de la ciudad, la cara invisible, la cara protegida por el filtro de percepción que las brujas llamaban glamour y los hijos de la noche ceguera mundana. En ciudades como aquella, más que en cualquier otra parte, pertenecer o no a aquel otro mundo era un privilegio de gran valor.

 

MARLAN

 

Despertó entumecido y realmente confuso, tumbado desnudo en la colchoneta de yoga de su hermana. No recordaba cómo había llegado allí y al frotarse los ojos sintió tirante la piel de cara y brazos y se sobresaltó. Estaba lleno de heridas, curadas todas ellas, pero tenía todo el cuerpo cubierto de marcas y líneas rojas, algunas más gruesas que otras. Corrió hasta el baño y retrocedió al pincharse los pies con los fragmentos de azulejo y ladrillo esparcidos por el suelo. Le ardían los pies y los tenía enrojecidos.

Trajo una escoba y un recogedor y apartó cuanto pudo para llegar al inodoro y dejarse caer en él, exhausto. Su ducha estaba llena de cascotes y azulejos rotos, la ventana abierta y el suelo empapado. Aquello era un verdadero desastre.

Entonces recordó al muchacho cazador de demonios y a los gatos parlantes y el baño destrozado se convirtió en un escenario de fondo, sin importancia. Quizá la magia pudiera recolocarlo todo, como en las películas… aunque aquello era el mundo real y llegado el momento tendría que explicarlo y pagarlo todo… descartó aquellas ideas. Se contempló en el espejo y casi sonrió al verse tan demacrado. Le daba un aspecto heroico, como si volviera victorioso de una batalla.

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[AVISO LEGAL:

Todo el contenido está registrado y protegido de plagio. Por favor, no te busques un lío legal]

Luna Souza (Una historia de investigación dentro de la Sildhala)

Luna Souza (Una historia de investigación dentro de la Sildhala)

JUEVES

 19:45 – Despacho de Marilia. Matriz principal de la Sildhala. Madrid

En el despacho había otras personas, tomando fotos y buscando huellas y pistas de lo sucedido, pero él no vio a ninguna. Sus ojos se posaron incrédulos sobre el cadáver de su esposa, apoyado sobre la mesa como si se hubiera quedado dormida leyendo, sobre un charco de sangre.

No escuchó la voz de su compañero, ni las indicaciones de los otros. Solo podía chequear con ojo clínico la postura, la dirección y extensión de las salpicaduras de sangre, el recuadro limpio casi bajo su cabeza, como si hubieran retirado un objeto rectangular después de exanguinarla sin piedad.

El rostro de Marilia estaba vuelto hacia la mesa, pero podía imaginar su expresión de sorpresa. Si el corte había sido limpio apenas habría sentido escapar la vida a borbotones… esperaba que hubiera sido un corte limpio. Casi indoloro.

Se imaginó a su mujer bromeando con todo aquel análisis desordenado y después recordó que no habían bromeado en su última conversación. No precisamente. Y sintió como un mazazo en el pecho la afirmación de que no volverían a bromear.

Se movió ligeramente cuando alguien pasó por su lado, rozándole. O quizá le habían zarandeado. Pero no podía apartar los ojos de ella. En su mente había un silencio sepulcral, aplastante, que dejaba tras una niebla difusa el resto de conversaciones de la habitación.

Solo la melodía del móvil, con el tono característico de las llamadas de Luna, le hizo reaccionar como un autómata, descolgó y respondió con voz neutra.

  • Hola, tesoro, ¿qué tal va el viaje?

La voz al otro lado del auricular sonaba alegre, entusiasmada por los planes de la última noche en aquella excursión de fin de curso tan deseada. Los ojos de Javier Souza seguían fijos en el cadáver ensangrentado de su esposa, pero su voz sonaba como la de otro.

  • Me alegro, cariño. Aprovecha la última noche, pero sin locuras… sí, mándame los datos del vuelo y os recojo a las dos, claro… pásalo muy bien. Te queremos, tesoro.

Cortó la llamada y deslizó el móvil en el bolsillo de su chaqueta, aún en trance. A su lado, Petrus Kumru, presenciaba ojiplático la escena.

  • Luna tiene derecho a saberlo…

Souza negó con la cabeza. Las palabras aceleradas y alegres de su hija rebotaban en su cerebro, eclipsando como un analgésico entumecedor el dolor paralizante que casi le impedía respirar. Su mente voló a Venecia, imaginándola con su grupo de amigas, riendo y disfrutando del viaje. No podía destruir eso con una noticia tan atroz. La niña no podía hacer nada por cambiar las cosas y le arruinaría la última noche de su viaje; la última noche de su vida en que las cosas estaban como debían estar. A partir del día siguiente todo cambiaría para los dos y la sensación de vacío le revolvió el estómago y le aflojó las piernas. Petrus le sostuvo y le acercó a una silla. El hombre se dejó llevar, sin apartar la mirada de su esposa. Su compañero siguió hablando, pero la información no caló en su mente hasta que otro hombre entró en la habitación e insistió en que salieran de allí. Solo entonces Souza volvió en sí, tragó saliva con dificultad y se volvió hacia Petrus.

  • Se han llevado el libro.
  • ¿El libro?
  • El libro verde. El libro en el que estaba trabajando Marilia.
  • ¿Era un libro de sangre?

Souza asintió distraído y después frunció el ceño y volvió a la conversación.

  • No estábamos seguros. No, en principio no. Ni de sangre, ni de eras… no era un limap (*libro mágico peligroso).
  • ¿Qué contenía?

La voz del encargado del caso cayó sobre él como un jarro de agua fría. Su mente analítica le recordó que sí importaba el contenido del libro y a regañadientes se obligó a apartar los pensamientos más privados y rotundos que se sucedían en su mente y a recordar el trabajo que llevaba a cabo Marilia… cuando la mataron. Porque alguien había matado a su esposa. Aquella gente estaba allí para ayudar, no para molestarle.

  • Genealogías y referencias históricas… 
  • ¿Sobre qué clan?
  • No estaba claro… hay notas de esa investigación. Puedo reunirlas…
  • ¿Pueden haberla matado por ese libro?

Souza luchaba por ordenar los pensamientos y aportar respuestas útiles para el caso, pero las palabras salían arrastras de sus labios y su velocidad de reacción parecía incomodar al investigador. Un atisbo de furia le hizo levantar la mirada burlón y responder con sequedad.

  • Eso parece, ¿no?

Fue Petrus quien intervino, apartando al encargado y tirando de Souza fuera de la habitación. Se disculpó con el equipo y convenció a su todavía turbio amigo para abandonar el despacho.

  • No he podido despedirme…
  • Tranquilo, luego volvemos. Vamos a darnos un paseo, a tomar un poco el aire y dejemos que terminen de procesar el despacho. Les diré que no la muevan…

Petrus Kumru condujo al autómata hasta uno de los claustros del edificio y lo sentó en un banco. La tarde era clara y aún refrescaba, a pesar de las temperaturas tan elevadas del día.

Hacía ya muchos años que trabajaban juntos y nunca lo había visto en ese estado de shock tan evidente. Esperaba que el hombre rompiera a llorar o expresara de alguna forma su dolor, pero Souza tan solo parecía ensimismado. Eso era lo más desconcertante. Aquella falta de reacción hacía difícil encontrar palabras de consuelo.

Souza exhaló un largo suspiro y se volvió hacia su amigo, sentado junto a él en el banco.

  • Mañana a medio día tengo que recoger a Luna en el aeropuerto. El forense ya habrá acabado con Marilia y la llevaré a ver a su madre. No tenemos familia a la que llevar cenizas ni restos varios, así que se puede quedar en la cripta, como corresponde a su rango. 
  • No pienses en eso ahora, Souza…
  • No queda otra, amigo. Tengo que ver qué contarle a Luna de todo esto…
  • Podría ser un buen momento para iniciarla…

La mirada de Souza fulminó a su compañero. Por vez primera reflejaba una emoción: ira.

  • Eso no va a pasar.

Petrus decidió no insistir. En vista de que ya parecía de vuelta al mundo, lo condujo de nuevo al despacho.

Su segunda entrada en el lugar del crimen fue aséptica y profesional. Respondió de forma fría pero cordial a todas las preguntas que le hicieron y agradeció cortésmente que le dejaran a solas un par de minutos con el cuerpo, para sacar sus propias conclusiones y despedirse de ella.

Al fin y al cabo, no era una escena policial al uso, no habría juez que levantara el cadáver, no habría un expediente relacionado con aquel caso en ninguna comisaría, ni sería la justicia humana la que procesara las pruebas y buscara al culpable. Era un asunto interno de la Sildhala y él un Investigador de la Biblioteca.

No hizo falta tirar de galones para que le permitieran enderezarla y contemplar de cerca su rostro, tan amado, cubierto de sangre.

 

 

VIERNES

  • Por supuesto que voy a participar en la investigación, Ionut. O participo en la oficial, o llevo a cabo la mía propia, pero si hay alguien que quiera y pueda esclarecer quién y por qué han asesinado a Marilia, creéme que soy yo.
  • Estás vinculado emocionalmente al caso, Souza…
  • ¿En serio me vas a venir con esas? ¿Te crees comisario de un distrito cualquiera del mundo de fuera? Esto es la Sildhala, no un organismo gubernamental que tenga que regirse por las cortesías legales del mundo humano.

Ionut levantó los brazos, rindiéndose.

  • ¿Y si lo que encuentras te pone en peligro a ti también? Piensa en Luna.
  • ¿Que piense en Luna? ¿En quién crees que pienso queriendo resolver esto?
  • Está bien… pero hazte un favor a ti mismo. No lleves el caso tú. Deja que lo siga llevando López, es buen investigador y ya ha empezado con el papeleo. Le diré que te tenga al día y tú haz lo propio…

Souza recogió su abrigo y salió del despacho con paso enérgico. Cuando llegó al coche, Petrus estaba colgando el teléfono. Le esperaba apoyado en su propio vehículo, indicándole con mueca evidente que se acercara.

  • ¿Vas a hacer de niñera?
  • ¿Te parece mal?
  • No voy a estamparme de camino al aeropuerto, Petrus, tengo demasiadas cosas que hacer.
  • Tómame como tu secretaria particular por unos días.
  • ¿No lo eras ya?

La mueca sarcástica de Petrus le hizo sonreír ligeramente. No tenía ganas de discutir. Se metió en el coche de su compañero y se puso a buscar los datos del vuelo en el teléfono móvil.

  • ¿Has pensado cómo decírselo a Luna?
  • Primero hay que dejar en su casa a una compañera… después hablaré con ella.
  • Como quieras…
  • Llevo toda la noche dando vueltas a cómo decírselo.
  • Llevas toda la noche investigando en el despacho de Marilia, ¿te has vuelto mujer, que puedes hacer varias tareas a la vez?

Petrus trataba de mantener su habitual humor, pero ante la mirada despectiva de su amigo puso una mueca burlona y volvió a la seriedad.

  • ¿Vas a hablarle de La Orden?
  • No lo sé…
  • ¿Y qué vas a decirle? A mamá la han degollado, pero tranquila, es lo que pasa siempre en las bibliotecas, no te hagas preguntas raras al respecto…
  • Obviamente no.
  • Querrá saber y tendrás que explicarle la naturaleza de nuestra investigación.

Souza respondió con un gruñido.

 

 

Luna y su amiga saludaron efusivamente y no pararon de relatar cosas, emocionadas. El viaje había contado con todos los elementos propios de una fantástica aventura escolar: con fallos de organización, chismorreos, romances fugaces, espectáculos inolvidables y demás. Su frescura juvenil hizo sonreír a los dos hombres, que interactuaron con las niñas como si todo estuviera en orden.

Solo cuando la amiga se bajó del coche y enfilaron camino de casa, Luna se adelantó entre los asientos para preguntar, muy seria.

  • ¿Qué pasa, Papá?

Petrus miró de reojo a su compañero que emitió un largo suspiro mientras pensaba a toda velocidad cómo responder a esa pregunta. Su hija era demasiado intuitiva como para no advertir que algo fallaba.

  • Es largo de contar, tesoro…

Luna estudió a los dos hombres. Parecían compartir algún siniestro secreto. El tío Petrus miraba fijamente a la carretera, evitando dar ninguna respuesta y su padre miraba por la ventanilla, apoyado en el borde del dedo índice, como solía cuando estaba enfrascado en profundos pensamientos.

  • Entonces mejor pizza, si va a ser un buen sermón, se pasa mejor con pizza.
  • Claro, cariño. Petrus… ¿nos dejas en la pizzería del parque?

Luna frunció el ceño. Demasiado rápido había accedido su padre. Justo antes de bajarse del coche, Petrus la cogió la mano, reteniéndola un instante para despedirse.

  • Cuida de tu padre, Lunita. Va a necesitarlo…

Con aquellas palabras tan lóbregas, su tío les dejó en el parque, a pocos metros de su pizzería favorita. Su padre caminaba con aire ausente y se detuvo junto a un banco, antes de continuar hasta el restaurante.

  • Siéntate, cariño.

Intrigada, la joven obedeció sin rechistar. ¿Qué era aquello tan siniestro que tenía su padre que contarla? ¿Un despido? ¿Una enfermedad repentina? ¿Alguna desgracia mundial que le impidiera pasar el verano en la playa?

  • Mamá ha muerto, Luna.

La muchacha abrió los ojos de forma inconsciente. Y prestó toda su atención a su padre, convencida de no haber oído bien.

  • ¿Estás de coña?
  • No, cariño. Mamá ha muerto. Anoche, en su trabajo…
  • ¿Estás seguro?
  • Me temo que sí, tesoro…

Prueba de ello fue que se sentó en el banco junto a ella, atrayéndola hacia su pecho protector. Pero había muchas preguntas como para solo acurrucarse a llorar en los brazos de su padre, le apartó confusa y enfrentó su mirada castaña e impetuosa en los ojos verdes y tristes de su padre.

  • ¿Cómo ha muerto? ¿De qué? ¿Tenía alguna enfermedad? Llevo sin hablar con ella… toda la semana. Ni siquiera recuerdo qué fue lo último que la dije… si es una broma no tiene gracia, papá…
  • No es una broma, tesoro. Esta tarde podremos despedirnos de ella… ahora quiero que sepas que, pase lo que pase, vas a poder contar conmigo siempre.
  • Lo sé, papá… y tú conmigo, ¿lo sabes también?…

Souza contempló con orgullo el rostro firme y determinado de su hija. Era evidente que aún no había procesado la pérdida. Demasiado entera. Demasiado madura para su edad.

  • … ahora nos toca cuidarnos el uno al otro. Eso sabemos hacerlo.

Parecía que fuera ella la que fuera a consolarlo a él, la que fuera a sostener el peso de la familia a partir de entonces. No fue hasta que realmente vio el cadáver de su madre, ya lavado y preparado para el funeral, que la idea de su pérdida caló realmente.

 

 

 

SÁBADO

Encontró a su padre en el despacho del piso superior, como cada día que no tenía turno de trabajo y continuaba trasteando en casa con los papeles y libros con los que investigaba.

El despacho ocupaba toda la buhardilla de la casa y tenía dos mesas enfrentadas en ángulo. Sus padres solían trabajar allí juntos los fines de semana que coincidían librando.

Marilia trabajaba de lunes a viernes en un despacho de su centro de trabajo y Souza en el mismo edificio, pero con turnos rotativos de mañana, tarde y noche. Habían acordado aquel horario para compatibilizar mejor el cuidado de su hija, muchos años atrás y para la niña era perfectamente normal que aún en casa siguieran trabajando en sus cosas.

Nunca le habían interesado las profesiones de sus padres. Ella era bibliotecaria y él investigador privado, para la misma compañía, cuyo nombre ni siquiera había retenido nunca.

Pero ahora, su madre había muerto en su puesto de trabajo y aunque había recibido respuestas vagas, sobre si no estaba claro el motivo de su muerte, era evidente que no había sido una muerte natural.

La tarde anterior habían celebrado una extraña ceremonia en un vetusto edificio con aires eclesiásticos y centenarios, pero reformado de una forma muy vanguardista y laica y la joven había descubierto muchas cosas inquietantes.

Luna nunca había prestado especial atención al edificio donde trabajaban sus padres, ni a su emplazamiento, ni a su contenido. Era el trabajo de sus padres y no tenía más interés, pero cuando los muchos compañeros que habían acudido a presentar sus respetos la dejaron a solas con el féretro abierto, Luna se sentó en el borde que sobresalía del extraño altar y contempló su alrededor con ojos nuevos.

  • Así que este era tu mundo… es curioso que nunca hayamos hablado más de él, con todo el tiempo que te ocupaba. Incluso en casa, pasabas más horas en tu despacho que con papá y conmigo. Tenías muchos amigos aquí, ya lo he visto. Todos me dicen que me parezco a ti, que podría llegar donde tú has llegado… y lo dicen como si fueras una eminencia. ¿Eras algún tipo de una eminencia, Mamá? Y yo que creía que eras bibliotecaria… Como la de la biblioteca del barrio, como los de la biblioteca nacional… pero lo cierto es que todo es un poco raro aquí… Papá está especialmente nervioso y protector. No quiere que me acerque mucho a la gente, como si tuvieran algo contagioso. ¿Sois una especie de tapadera de la CÍA o algo así? ¿Guardáis en los sótanos experimentos de Umbrella? ¿Hay espías al otro lado de la pared en algún centro secreto del gobierno?

Luna se encaramó al féretro, contemplando el cuerpo sin vida de su madre. Parecía dormida. La habían vestido con uno de sus jerseys de cuello vuelto, con las manos cruzadas sobre el pecho y una expresión apacible. Parecía que en cualquier momento fuera a despertarse para darla un susto. Se quedó un rato así apoyada, contemplando el rostro exánime de su madre.

No se planteó si era habitual en los funerales poder tocar el cuerpo. Si era habitual que la dejaran sola tanto rato, mientras al otro lado de las puertas varias voces parecían discutir.

Su padre la sacó de su ensoñación y de su silenciosa conversación con su madre, atravesando la sala con paso rápido.

Cerraron el féretro y cuatro hombres encapuchados con largas levitas negras lo alzaron en volandas y se lo llevaron. Solo Luna y su padre los siguieron, a través de corredores y pasillos que parecían demasiado espaciosos y profundos como para ser albergados en el humilde edificio donde estaba la biblioteca.

La sorprendió aún más salir a una especie de pozo circular por el que descendieron tres o cuatro pisos por una rampa perimetral. Luna miraba hacia el centro del pozo, iluminado por la luz del sol, preguntándose si los habían teletransportado a Portugal, a la Quinta de la Regaleira que justo el año anterior había visitado con sus padres.

Su padre sonrió de medio lado, apretándola la mano para evitar que se distrajera y continuaron en silencio hasta la cripta en la que reposaría el cuerpo de su madre dentro de un sarcófago de piedra en el que, según le explicó su padre, esculpirían una talla con su figura, como en las tumbas de alrededor.

Luna observó su alrededor, atónita.

Su padre dijo algo sobre la morada final de los bibliotecarios y de que, por la noche, sería honrada por sus colegas, pero para Luna no tenía sentido nada de aquello.

Esa noche se preguntó si había soñado todo aquel disparate o si su madre realmente estaba enterrada en una cripta subterránea a la que se accedía por un pozo secreto.

Seguía confusa cuando llegó junto a su padre, que escribía absorto en uno de sus diarios, desgreñado y en pijama.

  • ¿Has desayunado, Papá?

Souza alzó la vista, sonriendo a su hija.

  • No, tesoro. Esperaba poder desayunar con mi niña bonita.

Luna sonrió de medio lado, y le dio un beso en la mejilla, echando un vistazo a las notas con las que trabajaba. Nunca se había interesado en su profesión. Pero la tarde anterior había descubierto que el trabajo de sus padres no se parecía a como creía que eran los trabajos de la gente normal.

Descubrió entre las notas un esbozo de lo que parecía un escritorio, con una lámpara, pilas de papeles o libros y objetos pequeños anotados con rayas y pequeños bocadillos. No tardaría en entender que aquello era un croquis del despacho de su madre y de la escena en la que la habían encontrado, pero aún debía hilar muchas cosas en su cabeza, para siquiera sospechar la investigación que llevaba a cabo su padre.

 

 

Tras el desayuno, su padre recibió una llamada que le tensó bastante. No quería dejarla sola y no quería que fuera con él a su centro de trabajo, pero debía acudir a una cita ineludible y estuvo un rato dando vueltas a cómo proceder. Luna, consciente de su lucha, resolvió la situación, asegurándole que prefería quedarse en casa y que su amiga Susana, que había perdido a su madre por un cáncer el verano anterior, la acompañara en aquellos momentos tan duros. Juntas se entenderían y podía ayudarla a superar la pena. La madurez de la joven seguía admirándole cuando, agradecido, se despidió de ella en la puerta de casa y emprendió con desgana el camino a su trabajo.

Luna aseguró que su amiga llegaría enseguida, como horas después aseguraría que se había marchado poco antes de la llegada de su padre y él, necesitado del alivio que aquello suponía, se dejó engañar para poder hacer frente a la investigación que tenía entre manos.

Pero en cuanto se hubo marchado, Luna volvió al despacho de sus padres.

No cerraban nunca la puerta porque la niña no tenía ningún interés en subir allí.

Mamá siempre decía que no había que cerrar las puertas porque no había secretos en la familia, pero Luna empezaba a sospechar que aquello no era cierto. Sus sospechas se vieron confirmadas en cuanto empezó a husmear entre los libros y descubrió, por vez primera, que no eran simples libros de cuentas ni de historia al uso…

 

El despacho en la buhardilla

Luna recorrió de un vistazo los libros y las mesas del despacho, antes de sentarse en la silla de su madre.

Muchas veces se había sentado allí, con sus deberes del colegio, con pinturas y papeles, mientras Papá trabajaba y esperaban los dos a que llegara su madre… y sin embargo, nunca había visto aquel escritorio. Había pasado su vista por encima mil veces, sin fijarse nunca en nada.

Por primera vez observó que había notas en lenguajes que no podía descifrar. Signos en las tapas de los libros que no entendía y objetos que había tomado por simples souvenirs de sus viajes, que parecían tener algún otro significado.

 

En las bandejas de rejilla metálica en las que su madre organizaba las tareas pendientes había papeles y cuadernos, perfectamente colocados y ordenados. Cogió el contenido de una de ellas y empezó a ojearlo. La letra pulcra y estilizada de su madre llenaba páginas y páginas de textos y esquemas. Había un dibujo de un árbol con muchas ramas que se unían a palabras rocambolescas y signos asociados a cada uno de ellos. Le llamó  la atención una nota entre paréntesis que decía «¿Hadas o cambiantes? Enviar agentes» y su curiosidad se disparó exponencialmente.

En otra de las bandejas, dentro de una carpetilla con un símbolo parecido a una interrogación inacabada, encontró más árboles genealógicos, con fotos en blanco y negro de algunas personas. Se detuvo fascinada ante la fotografía de un hombre llamado Balder Rochavella y sonrió ante la anotación que indicaba como cualidades contrastadas «encanto feérico».

Llegó a la conclusión, con el valioso contenido de aquella fracción de estudio genealógico, de que su madre estudiaba familias de hadas. Lo cual no tenía ningún sentido, pero le parecía una cosa fascinante.

En otra de las bandejas había más carpetillas, con distintos símbolos desconocidos, y todas ellas tenían listados, fotografías y esquemas de familias. Sus ojos devoraron palabras como licántropo, duende, cambiante, mago, vampiro o longevo, preguntándose si tal vez su madre estaba reuniendo un archivo de libros de fantasía para algún escritor o guionista necesitado de inspiración.

El concepto de «aburrida bibliotecaria» se tambaleaba a medida que advertía notas al azar que parecían señalar la convicción de su madre sobre la existencia de todas aquellas criaturas.

El ambiente del funeral y la cripta donde la habían enterrado, tenían un cierto aire sobrenatural, de eso no cabía duda, pero de ahí a creer en criaturas fantásticas había un abismo, pero ¿por qué si no iba su madre a dedicar tantas horas y tanto esfuerzo a escribir páginas y páginas al respecto?

¿Qué clase de bibliotecaria era su madre?

Volvió a colocar las carpetillas como estaban y tomó asiento en la silla de su padre. Si trabajaban juntos, él tendría que saber algo de toda aquella locura.

Su padre era mucho más críptico en sus anotaciones. Usaba siglas y frases sin sentido, pero también empleaba aquellos símbolos extraños.

Encontró una libreta llena de postales, tickets y páginas dobladas entre las hojas, en la que había bocetados algunos planos de ciudades y caminos. Allí también había símbolos como los de las carpetillas de su madre. ¿Qué idioma era ese?

En los cajones de su padre había muchas otras cosas interesantes: cuchillos ceremoniales, piedras encapsuladas en sus propias vitrinas diminutas, un muestrario de hierbas en pequeños frascos de cristal tapados con corchos -algunos de los cuales lucían sellos de lacre-… todas aquellas cosas parecían dignas de exposición, pero su padre las guardaba en cajones, como si quisiera ocultarlas de la vista.

Luna se dejó caer en la mullida silla giratoria, consciente de que nunca había prestado atención a nada de lo que tuviera que ver con el trabajo de sus padres y que de pronto le parecía de lo más interesante.

 

Escuchó el motor del coche en el exterior y se apresuró a cerrar todos los cajones y recolocar todo como estaba. Bajó corriendo las escaleras y esperó a su padre en la cocina, sin saber muy bien por qué no quería, todavía, preguntar por nada de aquello. Resultaba mucho más excitante y divertido investigar por su propia cuenta.

Su padre entró disculpándose por haberlas dejado solas tanto rato y se sorprendió de no ver a la amiga de su hija. Luna le explicó que había tenido que irse por una comida familiar y él lamentó no haberla acercado a casa.

  • ¿Has resuelto lo que fuera que tenías que resolver del curro?
  • No todavía. Pero espero que me dejen tranquilo un par de días. Sé que no va a devolvérnosla el que yo me quede aquí este finde, pero preferiría pasar estos días contigo, organizar las cosas en casa y estar juntos. Siento de veras haber tenido que salir…
  • No te preocupes, Papá. Me ha venido bien también…

Una idea pasó por la mente de Luna.

  • Oye, Papá… ¿en qué trabajaba Mamá exactamente?

Aquel «exactamente» puso los pelos de punta a Souza. Luna rápidamente corrigió el temerario lanzamiento.

  • Susi me ha preguntado por el curro de Mamá y yo le he dicho lo de siempre, que era bibliotecaria y que pasaba muchas horas metida en un archivo y tal. Pero con lo de que había muerto en su despacho, me ha dicho que los bibliotecarios no tienen despacho propio, que trabajan detrás de un mostrador…
  • Eso es una generalización un poco falaz, ¿no te parece? Es como decir que todos los policías comen donuts o que todos los médicos trabajan en hospitales…
  • Ya, pero me ha hecho darme cuenta de que, en realidad, no tengo nada claro a qué se dedicaba Mamá… o tú, ya puestos. Sé que eres investigador, pero ¿qué investigas?

Souza se rascó la cabeza, disimulando la inquietud que le producía, no la pregunta en sí, sino el hecho de que se la hubiera hecho. Había una serie de llaves mágicas y conductuales preparadas en la casa, en la ropa, incluso en los perfumes y jabones que utilizaba la familia, que impedían a cualquiera no iniciado sentir la más mínima curiosidad por sus actividades.

Feromonas, señales repetitivas, incluso algún encantamiento, habían mantenido a salvo su pertenencia a la Sildhala y la naturaleza de la misma, incluso cuando Mariela o él mismo llevaban a la niña a su despacho, siendo más pequeña. Ni sus escasas relaciones sociales fuera de la Sildhala, ni Luna en todos sus años, habían tenido curiosidad ni una sola vez en las actividades concretas… quizá el impacto del asesinato de Mariela había roto alguno de esos cierres. Quizá Petrus tenía razón y tarde o temprano tendría que contarle algunas cosas… pero ahora, con toda la vorágine en la que se encontraba, no se sentía con fuerzas para decidir algo tan relevante.

  • Investigo lo que me encargan, tesoro. Soy un mandao…
  • ¿Y ahora qué estás investigando?

Iba a contar alguna patraña, desviar el tema con los encargos menores que había aparcado, pero suspiró profundamente y respondió.

  • La muerte de tu madre, Luna.

 

 

  • ¿No debería ocuparse de eso la policía?

Javier Souza chasqueó la lengua con fastidio.

  • La organización para la que trabajamos es muy hermética, Luna. Los cauces de investigación internos son mucho más fluidos y la tónica general es no… dejar que trasciendan los problemas internos a las organizaciones externas.
  • Pero Papá, todos creéis que no ha sido una muerte natural… creéis que alguien ha matado a Mamá. Deliberadamente. Eso debería investigarlo la policía…
  • Tesoro… yo soy la policía. Dentro de la organización, yo me encargo de los trabajos de investigación y de resolver misterios.
  • Sí, pero dentro de la empresa. Para cosas internas. No para resolver asesinatos… ¿no?

Era un terreno delicado. No quería mentir a su hija. No más. Pero tampoco quería que la idea de la Sildhala la sedujera hasta el punto de querer formar parte de todo eso… conocía el poder de atracción que podía tener para un humano corriente descubrir todo el mundo que rodeaba a La Biblioteca. Si tan solo las barreras hubieran resistido un poco más, hasta que concluyera su búsqueda del asesino de Mariela…

  • Bueno, nadie mejor que quien mejor la conocía para descubrir qué la pasó, ¿no crees?
  • ¿Cómo murió Mamá? Parecía tan tranquila, dormida en el ataúd…

La imagen de su esposa sobre el escritorio, empapada en su propia sangre atravesó la mente de Souza.

  • Sin dolor. Creo. Eso es lo importante.

Luna quería saber más, pero las evasivas de su padre reflejaban amargura, más allá del simple deseo de querer mantener sus secretos, y la joven consideró que quizá era muy pronto para rascar aquella herida.

Tarde o temprano tendría que contarle todo. Pero no todavía. No era el momento. La niña había aceptado con inusitada templanza la muerte de Marilia, pero él no se sentía capaz de hacer frente a la vida sin ella, con la inquietante presencia de un asesino en la Sildhala, cuya actividad se había comprometido a descubrir y detener, mientras la curiosidad adolescente de Luna le distraía de su cometido.

Su hija debió advertir su estupor. Le dio un beso en la mejilla y se levantó para preparar la comida.

  • Espero que lo resuelvas pronto, papá.

Parecía tan entera, tan… normal. Daba la impresión de que en cualquier momento Marilia fuera a aparecer a terminar de cocinar con su hija. No era una imagen inusual del fin de semana, pero por más que esperó y vigiló la puerta de la cocina con ojos anhelantes, solo la vivaz jovencita salió de allí con una bandeja llena de cosas al cabo de pocos minutos.

  • Qué veloz.
  • Tiene poco mérito. Es la lasaña del jueves… la hizo mamá.

La voz de Luna se apagó de pronto, como si acabara de darse cuenta de que aquella comida sería la última que probara preparada por su madre. Se quedó mirando fijamente la fuente de cristal y después, con aire ausente, sirvió lo que quedaba de la exquisita lasaña en los dos platos.

Souza quería consolarla, decirle cualquier cosa, pero comieron en silencio, conscientes ambos del aplastante vacío de la tercera silla. El hombre tan solo pudo coger la mano de su hija, asintiendo en silencio. Ninguno de los dos había llorado aún lo suficiente y, probablemente, ninguno de los dos lo haría aún. Los Souza eran duros, incluso en la intimidad del hogar.

Por su parte, Luna observaba con preocupación a su padre. Parecía desvalido y frágil tras su máscara de hombre entero. Temía que cualquier alusión a su madre terminara de romperle, así que se abstuvo de comentar nada más, a la espera de que la angustia fuera remitiendo.

 

Aquella tarde Souza propuso a su hija alguna actividad compartida, pero la joven insistió en que no se desviara de su investigación.

  • Para resolver un asesinato, las primeras horas son cruciales. Lo he visto en CSI. Así que haz lo que tengas que hacer para encontrar al que nos ha hecho esto y, cuando lo hayas hecho, ya veremos cualquier película o haremos cualquier plan.

Esa era su hija. Dura, terca y dolorosamente intuitiva. Llevarle la contraria con respecto a si Mariela había sido asesina o no sería insultar su astuta inteligencia, así que no pudo sino agradecer el gesto y corrió a encerrarse en la analgésica ocupación de investigar los hechos, para así no llevar la cuenta atrás de las horas que quedaban para volver a enfrentarse al lecho conyugal vacío.

 

Luna dudaba si acompañarle en el despacho o no y finalmente decidió investigar por su cuenta. No tenía forma de descubrir nada sobre lo sucedido sin entender primero las extrañas anotaciones de su madre, así que encendió su ordenador y se dispuso a averiguar algo más de la empresa a la que pertenecían sus padres: La Sildhala.

 

LA SILDHALA

Esperaba que la búsqueda le devolviera la típica web corporativa de cualquier empresa u organismo, pero lo que encontró la fascinó sobremanera.

Estuvo navegando largo rato en las secciones virtuales de la biblioteca, emocionada y frustrada a la par, puesto que todo lo que encontraba de interés carecía de continuidad a un más amplio repertorio de información.

Atando cabos, entendió que su madre pertenecía a la rama de Estudios Genealógicos de la Biblioteca de la Sildhala, que tenía otras ramas de títulos fascinantes como «Estudios de las Magias» o «Criaturas y bestiarios». ¿Realmente su madre estudiaba hadas y criaturas mitológicas? ¿Y la pagaban por ello?

La casa en la que vivían, los coches en los que se movían y el nivel del colegio al que asistía Luna evidenciaban buenos sueldos. Su padre siempre bromeaba con estar por debajo del estatus de su madre ¿y tenía ese estatus por estudiar criaturas de fantasía?

Aquello no cuadraba. Aunque a la vez encendía una pequeña bombilla en la mente hiperactiva e intuitiva de la muchacha.

 

 

(…)

La continuación de esta historia está encuadrada en el libro:

El Equipo – Orígenes

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