EL CAMINO EN TIERRA

 

LOS DANZANTES DEL AIRE

Todo comienza con una caída.

Al pie de un acantilado, una sanadora errante encuentra a un joven al borde de la muerte. Su cuerpo ha sido sometido a una violencia extrema: le han arrancado de la espalda una estructura íntimamente ligada a su identidad y a su lugar en el mundo. Contra todo pronóstico, sobrevive. Y, con él, sobrevive también algo que no debería haberlo hecho.

Albborendil decide salvarlo… y ocultarlo.

Durante su recuperación, el muchacho comprende que no puede volver a lo que era. No solo porque su cuerpo esté roto, sino porque todo lo que lo definía ha sido arrebatado. Renuncia a su nombre, a su pasado y a su origen, y empieza de nuevo con un nuevo nombre, en la superficie, lejos de todo lo que una vez conoció.

Pero no es un renacimiento limpio.

Convertido en ayudante de la sanadora y, más tarde, en acróbata dentro de una troupe ambulante, desarrolla una reputación peligrosa: la de alguien que no tolera la injusticia y actúa sin medir consecuencias. Esa impulsividad lo conduce a cruzarse con Sombra, una figura clandestina capaz de abrir grietas invisibles en la realidad y moverse entre ellas.

Juntos construyen una alianza marcada por la clandestinidad: sabotajes, infiltraciones y golpes contra una red de poder cuya verdadera dimensión aún desconocen. Mientras su influencia crece, también lo hace el alcance de aquello a lo que se enfrentan.

¡ AVISO A LECTORES !

Los libros de los Clanes Sumergidos, además de explorar seres fantásticos, magia y  las relaciones entre personajes, tienen un alto contenido de escenas eróticas y explícitas. (LGTBI+ friendly)

El camino en tierra

Una historia de superación y construccion de nuevos caminos, desde los orígenes más insospechados.

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El camino en tierra

1 La bruja

Cinco años atrás

Albborendil levantó la vista con preocupación. Gaije solo veía pájaros en el aire, pero era evidente que ella veía algo más.

  • ¿Qué oculta el velo esta vez? ¿Dragones? ¿Ángeles en caída libre?

La mujer echó a andar a toda velocidad hasta el borde mismo del acantilado. Gaije, con sus piernas contrahechas, la seguía a pequeños brincos por el abrupto terreno.

  • ¡Oye! ¡No corras tanto! ¿Quién se muere?

Cuando llegó junto a ella, Albborendil se había echado de rodillas al suelo, con medio cuerpo asomando por el precipicio. Se volvió hacia él con una sonrisa cómplice.

  • Había cuevas en este acantilado, ¿verdad?
  • Sí que las hay… supongo que es tu forma de decirme “llévame”. Sí, sí, ya nos vamos conociendo… Vamos… te las mostraré.

Gaije la condujo hacia la entrada de la cueva más grande, rezongando y maldiciendo a las brujas que te roban el corazón y luego se distraen con gaviotas. Albborendil bromeó con que había sido él quien la había rechazado en su juventud y él negó que tal cosa hubiera sido posible, aunque su juventud quedara tantos siglos atrás que nadie la pudiera recordar, ni siquiera él.

Lo que Gaije llamaba cueva era un sendero sinuoso entre rocas afiladas, con tramos relativamente horizontales y quiebros casi indetectables contra la luz mortecina, que les cegaba desde la oscuridad por la que avanzaban. Al salir a la plataforma horizontal de roca que daba al acantilado, el fauno la sujetó por el brazo, señalando una forma retorcida en el suelo, pero Albborendil sonrió misteriosa y se soltó, acudiendo al lado del muchacho que temblaba entre las rocas.

A ojos de Gaije era apenas un chiquillo, aunque debería rondar los veinte en términos humanos. Estaba en el suelo en posición fetal, con la nuca empapada en sangre y presa de violentos espasmos que le estaban haciendo golpearse con las rocas. Al fauno le resultó bien parecido, a pesar de la expresión de dolor de su rostro sudoroso y de la capa de bilis y arena salada que ensuciaba sus facciones. Le desagradó comprobar que no era el único fluido que había escapado de su cuerpo en medio de las convulsiones.

  • Hay que llevarle a casa. Ayúdame a levantarle.
  • ¿A casa? ¿Te has vuelto loca? ¿Quién o qué es este chaval? ¿Por qué…

La mirada de Albborendil le hizo cerrar la boca y agacharse junto a ella para recoger al chico. Era liviano, pero olía fatal y los espasmos hacían complicado su transporte.

  • Está bien. Está bien… pero luego, si resulta que está loco o es un señuelo de un kraken cabreado o un bastardo perseguido por las sirenas, no pienso luchar. Lo entregaré, aunque le hayas cogido cariño, ¿me oyes?
  • No te creerías lo que es, cascarrabias… o lo que era.

Albborendil miraba al muchacho con una expresión apenada y maternal que intrigó al fauno.

  • ¿Y qué es? ¿O qué era?
  • Veremos si nos lo cuenta al despertar…

Gaije soltó un gruñido decepcionado que hizo reír a Albborendil. Siguió rezongando hasta que tendieron al muchacho en la cama de invitados de su pequeña cabaña furtiva, un cómodo chalet nórdico camuflado como una simple casucha de aperos en un prado ganadero junto al acantilado. Antes de tumbarle, el fauno obligó a la bruja a esperar un minuto con el chico en brazos para arrojar sobre la colcha una cortina de ducha de tacto plástico. Albborendil sacudió la cabeza con paciencia, concentrándose de nuevo en su tarea.

  • Trae agua limpia y paños. Vamos a ver esas heridas…

El fauno obedeció presto, consciente de que la atención de la bruja no volvería sobre él mientras tuviera un herido al que atender. Albborendil desvistió al chico y limpió con delicadeza la nuca, dejando al descubierto una marca extraña llena de puntos sangrantes de aparente profundidad. Era evidente que la piel había estado protegida del sol y la intemperie por algún objeto adherido con forma de cruz apuntada, que ocupaba desde la base del cráneo hasta la mitad de la espalda, con dos pequeños brazos en la línea de los trapecios. El muchacho tenía contracturada toda la musculatura de la espalda, aunque las piernas parecían flácidas, y sollozaba en su inquieto sueño, víctima de nuevos y dolorosos espasmos.

  • ¿Qué diablos le ha pasado?

Albborendil cogió aire muy despacio, con los labios apretados y el ceño fruncido.

  • Algo terrible, Gaije… es un milagro que haya sobrevivido. Después de lo que ha pasado, no podemos dejarle morir ahora…

Gaije abrió los ojos como platos, sospechando las intenciones de la bruja. Solo otra vez, una eternidad atrás, la había visto utilizar ese poder.

  • Espera, espera, espera… ¿cómo sabes que lo merece? ¿Y si merecía precisamente lo que sea que le han hecho? Parece una tortura, sí, pero… Podría ser un asesino o un loco… ¡no sabemos nada de él!
  • Él quizá lo crea, pero yo veo su corazón, viejo amigo… no quiero que sufra aún más… es un buen hombre. Estoy segura.

El fauno miró el cuerpo tendido sobre su cortina de ducha, con el rostro sucio tapado por un brazo y la espalda desnuda exhibiendo esas marcas rosáceas que parecían dentelladas de una sanguijuela gigante. Advirtió también una serie de líneas casi imperceptibles dibujando una cenefa geométrica desde la nuca a la cintura.

  • ¿Has visto eso?

Albborendil asintió, deslizando un dedo por uno de ellos. Al hacerlo, las líneas se iluminaron, reflejando una luz pálida que emitían las yemas de la mujer.

  • Es un tatuaje de luna.
  • No había visto nunca cosa igual…

El fauno contempló fascinado los dibujos, casi invisibles a la vista hasta que reflejaban la luz de albedo, que Albborendil podía proyectar con sus propias y mágicas manos. No sabía cuál de las dos cosas le hipnotizaba más, si la luz de Albborendil o el reflejo en los intrincados dibujos de la piel del muchacho.

  • ¿Es un ángel?

Ella rió, sacudiendo la cabeza.

  • No es de la raza de los celestiales, no… pero sí viene de arriba.

Albborendil señaló hacia el techo con una sonrisa enigmática, que hizo estremecerse al fauno. Aquella mujer sabía demasiadas cosas. De pronto la historia del muchacho picaba más la curiosidad de su improvisado rescatador.

  • ¿Qué necesitas?
  • Necesito que le sujetes. Lo que voy a hacerle va a doler.
  • Pero vivirá para contarnos su historia… ¿no?
  • Sospecho que su historia no será algo que quiera compartir… pero vivirá.

Gaije sujetó al muchacho y la mujer se encaramó sobre él, a horcajadas sobre sus caderas. El fauno arrugó la nariz, advirtiendo la suciedad del pantalón, cubierto también de arena y restos varios.

Albborendil respiró hondo y apoyó las manos sobre las escápulas del yaciente. De pronto toda la maraña de líneas se iluminó y el chico abrió los ojos, tensándose hacia atrás como un arco con un terrible alarido.

Ante la mirada atónita del fauno, las manos de Albborendil parecieron meterse dentro de la espalda del joven, como si no hubiera materia que las detuviera, y allí manipuló su columna y su sistema nervioso, deshaciendo nudos y cerrando con sus dedos las pequeñas heridas hechas por las hebras del dispositivo arrancado de su cuello. Mientras la bruja actuaba, el chico gruñía y se retorcía, en una mezcla de lloro y aullido tembloroso, haciendo difícil al fauno sujetarle. Por suerte, el paciente se desmayó en medio de la operación, relajando la tensión de todo su cuerpo, pero Albborendil continuó su trabajo, aflojando la musculatura capa a capa, hasta terminar masajeando por encima de la piel, del cuello a los pies y a las manos.

(…)

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